-Famiglia
di Alejandra?- dijo la enfermera nada mas salir de la habitación.
La voz de la
enfermera italiana resonó a lo largo de todo el pasillo. A través de las
ventanas se plantaba una luna llena que acechaba en la madrugada. Una
madrugada que Alberto sentía en un asiento con la mente ida. El
chico reaccionó al llegar la enfermera hasta él. Asintió con la
cabeza y emprendió su lento caminar hasta la habitación de
Alejandra.
El silencio de la
sala se veía entrecortado por unos pitidos de la máquina que hacía
respirar a Alejandra. Su cama se encontraba en el centro de la
habitación. Sus ojos cerrados no hacían presagiar nada bueno a
Alberto, que caminaba lentamente. Al llegar hasta su chica, cogió su
mano y acarició levemente su pelo sin tocar la herida que tenía en
la frente. Alberto acercó su cabeza y le dio un beso en lo alto de
su cabeza mientras una lágrima caía sobre su boca:
-Recuerdo el día
que te conocí. Mi madre nos había dejado a mi padre y a mí pero tu
llegada al colegio me hizo renacer. Me sentía
muy solo y pensé que no saldría del abismo- dijo Alberto mientras
se retiraba de la cama y se dirigía a un gran ventanal.
La luna alumbraba
el paisaje que se presentaba ante él. La torre del duomo presidia en
lo alto mientras los coches correteaban sin parar debajo de sus pies:
-Pero, ¿sabes
qué?- preguntó en alto mirando al horizonte- Tu sonrisa me salvó
la vida. Cada día me regalabas una sonrisa o una mirada que
atravesaba mi corazón. Y lo que más me gusta es que hasta el día
de hoy, sigues atravesándome el corazón y haciéndome sonreír como
el primer día.
Alberto se giró y
volvió a dirigirse hacia la cama de Alejandra:
-Y ahora te veo
yacer aquí mientras la inconsciencia te envuelve sin saber cuando te veré
despertar- dijo limpiándose las lágrimas- Por eso te pido una cosa:
por favor, no me dejes caer de nuevo. Por favor, vuelve a atravesarme
el corazón.
Varios golpes
sonaron en la puerta...