Era un campesino jubilado que
vivía con su amada esposa en una pequeña granja con una gran estepa a sus pies.
Su mujer respondía al nombre de Estela y pasaba todo el día postrada a una cama
que antaño portó a su madre. Una enfermedad terrorífica visitó a Estela hace
años y la llevó a un calvario que hasta ese día, aun le acompañaba.
Cierto día, el viejo campesino
salió al atardecer con su gran amigo canino Bero. La tristeza pesaba en el
lento caminar del que un día fue abuelo. Y es que sus hijos y sus nietos
murieron en un incendio que arrasó su casa. Solo Estela y él lograron
sobrevivir y desde entonces su amada cayó rendida a los pies de la enferma
muerte. Las páginas de su libro comenzaban a escasear, su último capítulo
estaba a punto de acabar. Habían sido decenas de semanas en las que colas de
doctores rodeaban su casa para poder averiguar el mal de Estela. Todos
coincidieron en lo mismo: ella moriría pronto. Solo le quedaba dos días de
vida. Pero Estela lo ignoraba, dada la vergüenza que sentía su marido de que
sus lágrimas cayeran arrojadas sobre la boca de la anciana.
Al final del camino, el
campesino quería encontrar las fuerzas necesarias para poder, al menos, mirar
el rostro de su bello amor. Pero solo pudo encontrar una roca de gran tamaño
que le permitió sentarse ante un inmenso atardecer. El Sol pintaba el cielo
apasionado mientras bandadas de pájaros apremiaban en busca de un refugio que
le aguardara de la luz de la luna. Los lobos acechaban una vez la estrella
madre ponía punto final al día. Sin embargo, a aquel anciano, que quedó embobado
al ver como la mar bailaba ante sus ojos, poco le importaba ya las fieras que
pudieran rondar. Pero alguien cortó el silencio: