Otro día más sentado en este banco de la estación viendo pasar trenes sin saber su destino. Son las cinco y cuarto de la tarde. La gente viene y va mientras me pongo a pensar en el estúpido de mi jefe. Lleva unas semanas insoportable por culpa de la llegada de los nuevos empresarios para comprar nuestra empresa, no nos deja pasar por alto nada. Se pasa las ocho horas de trabajo llenando nuestros oídos de insultos y de amenazas. Ya sólo me queda pensar en que en una semana estaré en Londres, libre y sin nada en mi cabeza. Sólo descansar.
Ya se oye mi tren a lo lejos. Las cinco y media, el maquinista siempre tan puntual. Me levanto sin pensar y me pongo en camino hacia la puerta del vagón con el deseo de que mi asiento de siempre esté disponible. Pero no, alguien lo ha ocupado antes que yo, así que tengo que cambiar de vagón porque el mio está repleto de gente.
Logro sentarme en un asiento junto a una esplendida ventana. Es mi momento de desconectar por completo. Adiós a mi estúpido jefe, adiós a mi casero tan mandón, adiós a las regañinas de mis padres por querer irme a vivir al extranjero, adiós a todo el mundo. Es hora de ponerme los auriculares para que la música me lleve por dentro hasta llegar a un estado de paz total.
Pero como siempre, alguien tiene que cortar mi paz. Empiezo a escuchar voces en el vagón, por lo que decido abrir los ojos. Ante mí veo que una chica discute acaloradamente con el revisor.
-Por favor, debe dejarme llegar hasta mi destino. Mi madre está enferma y si no le llevo sus pastillas puede ocurrirle lo peor.
-Señorita, debo invitarla a que salga del tren en la próxima estación. Si no tiene dinero suficiente para pagar el ticket, no puedo hacer nada por usted.
-Por favor, señor, solo llevo dos euros. Le daré el resto mañana, se lo prometo.
-No, de ninguna manera. Pague ahora o márchese.
-Se lo suplico, señor -dice la chica de rodillas mientras veo que sus lágrimas empiezan a caer.
¿Qué puedo hacer yo? No conozco a esa chica de nada. Aunque, me gustaría conocerla.
(Continuará)