viernes, 9 de mayo de 2014

Ella viaja en tren II

Si me paro a pensar, son cinco euros los que necesita la pobre chica. Eso es demasiado para mí porque aún le debo dinero a mi casero. Pero como siempre, viene mi abuela a mi cabeza. Ella siempre ha sido una gran referencia en mi vida y siempre me dice que haga lo que a mí me gustaría que hicieran por mí. En este caso, es cierto que sería de ayuda que alguien me prestara el dinero para ver a un familiar enfermo

Venga, va, ya voy. Me levanto de mi asiento sin pensarlo, pero conforme voy avanzando, siento los pasos más lentos. Veo a la chica aún más guapa. Su camisa de pana naranja, sus vaqueros azules, los pendientes enormes que se les entreve entre los cabellos marrones, su sonrisa...

Para, Lucas, para. Solo tengo que darle el dinero y ya está, así de fácil. Una, dos y...

-Perdona, no he podido evitar escuchar tu problema -digo intentando mirar a cualquier sitio menos a su cara-. Toma, aquí tienes cinco euros para visitar a tu madre.

¡Ay va! Vaya hoyuelos cuando sonríe, que guapa, joder. Bueno, lo mejor será volver a mi asiento y respirar un poco. El trabajo y esta chica me están destrozando.

Pero no, ella me abraza con tanta fuerza que casi me deja sin respiración. Su pelo huele a un aroma que no alcanzo a identificar. Me gustaría saber cuánto tiempo llevamos abrazados, parece que el tiempo se ha detenido.

-Muchas, muchísimas gracias -dice ella sin ninguna intención de eliminar su sonrisa. ¿Por qué lo hará?

-De nada, las personas debemos ayudarnos siempre -vaya tontería acabo de decirle, quiero irme ya.

-¿Cómo puedo agradecértelo? -me pregunta-. ¿Vas a Murcia?

-No, lo siento. Soy de Alhama de Murcia. No hace falta que me des nada a cambio. Con un gracias me sobra -contesto muy nervioso.

El revisor le devuelve el billete. Ya es hora de despedirse así que le doy dos besos y me doy la vuelta. No es momento ahora de enamorarse de una desconocida y menos ahora que me voy a Londres.

A mi espalda creo oír aún al revisor hablando con la chica.

-Disculpe, trate de buscar un asiento. Hay muy pocos libres pero encuentre uno rápido, por favor.

Al escuchar esa frase recuerdo que el asiento que acompaña al mío está vacío así que mi boca se abre sola...

-¿Quieres sentarte a mi lado?

Dichosa boca la mía...

(Continuará)