miércoles, 15 de abril de 2015

Agua de mar


Me encuentro sentado en lo alto de un acantilado mientras a lo lejos veo como el sol se va perdiendo en el horizonte. Bajo mis pies se hallan monstruos en forma de olas rompiendo la superficie de la que una vez asistió a una historia finita.

Tiempo atrás encontré a la dama de las damas en ese mismo acantilado. Su sola presencia hacía de mí la persona más frágil del mundo. Yo temía no estar a la altura de su poderosa aura. Pero pese al miedo, todo de ella me intrigaba, me atraía más y más con cada paso que daba.

Cuando abrió su boca la primera vez, habló del deseo que le había llevado hasta allí. La dama deseaba que yo saltara al mar. Me contó también que el agua era especial porque ella misma la había traído del lugar más cristalino del planeta, su corazón. Me rogaba con sus brazos que confiara en ella y que no dudara ni un segundo porque en ese salto ella estaría a mi lado en todo momento. La sonrisa radiante de su rostro me enviaba un mensaje: Saltemos juntos.

Pero... ¿Y si estaba fría el agua y no soportaba su temperatura? ¿Y si mi cuerpo no aguantaba el dolor del salto? ¿Y si no sabía nadar y me perdía en las profundidades del mar? Eran dudas que paralizaban mi corazón, impidiendo así que mis piernas dieran siquiera un paso para llegar al borde del acantilado. Estaba claro: no estaba preparado.

Decidí alejarme del lugar y estar solo por un tiempo. Cada día mi corazón era preparado para un juicio que llegaría cuando el sol se ocultara, momento en el que la oscuridad brotaba a mi alrededor. Se trataba de un juicio orquestado por el peor de mis enemigos: yo mismo. ¿Para qué hacer ese juicio si mi cabeza ya conocía la sentencia? ¿Y cómo es posible que mi cabeza estuviera tan segura? Años más tarde lo supe. Había sido sometida por el miedo, el villano más peligroso de mi pobre historia.

Día tras día ejercitaba mi cuerpo para hacer de él lo más fuerte que la dama de las damas hubiera conocido en vida. Pero, ¿de qué serviría aquella fuerza si no era capaz de bañarme en aquel mar?

Al contar siete días, volví al lugar del salto. Allí me esperaba ella de nuevo con su sonrisa.

-¿Por qué no saltas? -me preguntó.
-No lo sé, no puedo mover mis piernas...

Me volvió a abrazar como la última vez. Su aroma emanaba de todos sus poros e inundaba mis fosas nasales. Sentía el aroma del mar.

-¿Te gusta mi aroma? -me preguntó.
-Me encanta -contesté.
-El mar que yo te regalo tiene la misma esencia.

Sus dedos acariciaron mi cuello. Me sentía a bordo de una nube.

-¿Te gusta mi piel? - me preguntó.
-Me apasiona-contesté.
-El mar que yo te regalo tiene el mismo tacto.

Sus labios los acercó a mi oído y me susurró palabras que, aun a día de hoy, no las he compartido a nadie, ni pienso hacerlo.

-¿Te gusta mi voz? -me preguntó.
-Me embelesa -contesté.
-El mar que yo te regalo tiene la misma melodía.

Apartó su cuerpo del mío levemente y mantuvo su mirada y sus labios a pocos centímetros. Casi podía sentir su aliento en mi boca.

-Mi mar sería tuyo, ¿por qué no saltas?-me preguntó.
-No lo sé -contesté.

Tras aquella conversación, ella se alejó de mí con una cálida sonrisa y con el único mensaje de volvernos a ver cada siete días.

Las semanas pasaban y con ellas los juicios nocturnos, la pregunta sin respuesta afirmativa y unos saltos que nunca fueron.

Sin embargo, un día todo cambió. Me hizo las preguntas de siempre. Las acompañó de su piel, de su aroma y de su voz. Pero aquella vez decidió añadir una nota más a aquella sinfonía infinita, una nota en forma de beso en mi mejilla.

Aquel beso venció a mi cabeza y su sentencia maligna.
Aquel beso venció al miedo.
Aquel beso conquistó mi corazón.
Aquel beso arrancó las esposas de mis pies.
Deseaba ser bañado por aquel mar.

Miré al frente y corrí sin mirar atrás, pero el destino tenía preparado un nefasto regalo: el mar ya no tenía agua. Habían pasado tantos años que el mar se había secado. Miré tras de mí y descubría que ella había desaparecido.

Aquel beso que consideraba una nota de una sinfonía de la cual no deseaba ver el fin...Aquel beso fue la nota final. Y no, no hubo ovación final. Solo un silencio infinito.

Ya casi he olvidado el tiempo que ha pasado desde ese encuentro...

Esta carta la escribo desde el lugar donde un salto fue anhelado. Ahora el mar vuelve a tener agua. Mis lágrimas tuvieron mucho trabajo, pero cada gota que compone ese mar, cada lágrima que da forma a ese mar es un "te quiero" que mis labios nunca supieron decir al amor.