No me gusta bailar. Es fácil de escribir; más fácil que bailar.
A ella le encanta bailar y a mí me encanta ella.
La primera noche que la conocí fue en un bar de estos en los que no suena la típica música que escuchas en la radio. Las teclas de un piano y la voz cálida de una chica invadían la sala. Pero no, la protagonista de esta historia no es ella. La protagonista estaba sentada ante mi junto a una amiga.
-Alberto, ¿te gusta bailar? -. Esa fue una de las primeras preguntas que me hizo.
-No, soy algo patoso con mis piernas -contesté rápidamente fruto del ritmo acelerado de mi corazón. En realidad sabía lo básico para no quedar en ridículo, pero no lo suficiente con una chica así.
-Nadie puede ser patoso al bailar. Solo hay que sentir la música -me dijo cogiéndome de la mano, con una cara tan sonriente, como siempre-. Ven, te enseño.
-No, quizá otro día.
Tardé dos minutos en arrepentirme.
Ella bailando con su amiga era algo mágico. Ese momento el que se unieron sus movimientos con la música. Eran movimientos limpios y cristalinos acompañados de una belleza desbordante. Mi cuerpo entró en una paz inmensa, los latidos quedaban inmersos en aquel ambiente donde solo existía ella. Creo que ese fue el momento en el que me enamoré de ella.
Afortunadamente, mis estudios no iban muy bien. Es lo que tiene la ingeniería.
Ah, si, has leído afortunadamente porque aquella chica, además de buena bailarina, era una estudiante excelente y accedió a ayudarme. Días más tarde me enteré de que yo le gustaba desde aquel día en el bar, pero eso no es lo importante (bueno, si, es importante), pero lo más importante pasó el día que me ayudó.
Cuando terminamos de estudiar, nos quedamos un rato charlando. Me contó acerca de la muerte de su abuela; lo duro que fue trabajar en la tienda de su padre...
Por anhelos del destino (o cuestiones de la casualidad), mi madre puso música en el salón, que se propagó por toda la casa, incluida mi habitación. A aquella chica se le iluminaron los ojos y su cuerpo se levantó de la silla enseguida.
-¡Me debes un baile! -dijo acelerada y tan feliz, como siempre
-Pero, ¿por qué quieres bailar? -pregunté...al viento.
-Nada, nada. Tú sigue mis instrucciones -contestó, levantándome de la silla. Sentí como se entrecruzaban nuestras manos; sentí algo...
Apartó todo lo que había en el centro de la habitación y empezó a darme las premisas: que si un brazo por aquí, que si un paso a la derecha cuando ella lo diera a la derecha...
No me enteré de nada porque toda mi atención estaba puesta en el aroma que irradiaba. Aun a día de hoy soy incapaz de describirlo. Juntamos nuestros cuerpos y, en ese momento, te juro que todo desapareció. Me sentía volando en el cielo escuchando a lo lejos un hilo musical y las instrucciones de ella. Dada mi incompetencia para recordar lo que me había encomendado, ella llevaba todo el peso del baile durante un largo tiempo que se me pasó volando.
De repente, "caímos" del cielo.
-No, este no es un buen sitio para bailar -dijo ella-. Esta noche te llevo a un sitio más preparado para bailar.
Así es ella de impulsiva. Le encanta vivir la vida segundo a segundo.
En aquel momento no fui consciente de que iba a ser nuestra primera cita. Estaba algo perdido por aquel aroma. Creo que se me acaba de ocurrir la descripción más acorde. Imagina que los mejores aromas del planeta se fusionaran y naciera un aroma a partir de ellos. Pues...eso, que toda la tarde la dediqué en pensar en ella por culpa del mejor aroma del mundo.
Me llevó al ático de un hotel donde había una pista de baile. No había mucha gente, así que teníamos el espacio suficiente. Al verla con aquel vestido... Te mentiría si dijera que el vestido azul que llevaba era horrible. Era igual que el cielo que había alcanzado esa misma tarde.
Y como otras prendas permanentes estaban su mirada y su sonrisa, invitándome a que la llevara al centro de la pista. Ya me había adaptado a su fragancia, razón del comienzo del despegue rumbo al cielo. Pusimos en práctica todo lo trabajado, pero esta vez, mi atención se centró en el contacto de su cuerpo con el mío. Volvía a sentirme en el cielo, esta vez a bordo de una nube y la magia que percibí el día que la conocí estaba brotando de nuevo. No solo su cuerpo se unió a las notas de la música, el mío se fundió con el suyo logrando que solo fuéramos uno. Sentía sus latidos, sentía su aliento, sentía su cariño con cada tacto de sus brazos, sentía su amor en cada caricia de sus manos.
Marchas más ligeras, marchas más lentas; marchas, en definitiva, de todos los ritmos posibles pero, a pesar de todo, el mejor de los bailes no lo danzamos hasta el final
Quedábamos ella y yo en la pista. Los camareros recogían las mesas y los músicos dejaron de tocar, pero en nuestro interior nos movía una melodía que nos mantuvo mirándonos fijamente un largo tiempo. Ni cielo, ni paraíso, ni nada. El ser humano no había definido aún el estado o lugar en el que me encontraba. Era un lugar presidido por su sonrisa, habitado por su mirada, el aire de su fragancia, la tierra de su piel y los rayos soleados de sus cabellos.
Quería sentir ese lugar al máximo, así que dí el primer paso para el más bello baile, donde los únicos protagonistas serían nuestros labios. Parecía como si la música volviera a sonar porque nuestros labios bailaban con más intensidad y más cariño de lo que había hecho el resto de nuestras partes del cuerpo en toda la noche.
Era, es y será nuestro baile.
Como te había dicho, a ella le encanta bailar y a mí me encanta ella.
Como te había dicho, no me gusta bailar. Amo bailar.