miércoles, 26 de enero de 2022

La sala de cine


Llueve… O eso dicen en la tele. Hace días que no levanto las persianas del lugar en el que vivo. ¿Sabes qué? Iba a escribir la palabra “hogar”, pero no se acerca para nada a la realidad.

Los únicos seres con los que convivo son mosquitos que revolotean cerca de mis oídos. Me pregunto qué estarán tratando de decirme. Sea lo que sea prefiero que guarden silencio cuando intento alcanzar el escalón de Morfeo.

Ah, me olvidaba. Hay otros seres que conviven conmigo, pero no de manera presencial. Sus voces llenan de sentimientos el dormitorio, lugar en el que suelo ocupar gran parte del tiempo. Son voces que me entienden. Vale, sí, soy yo el que las entiende. Me cuentan sus problemas, sus inquietudes y sus miedos. Cada una se convierte en el himno de mi vida por unos instantes. Viajamos juntos por mi vida, acudimos a momentos que creía olvidados, momentos que quisiera cambiar para siempre.

Durante cuatro o cinco minutos asisto a una película que no quiero que se detenga. Quiero quedarme en ella. No quiero regresar. Sin embargo, el señor del proyector detiene la cinta y queda fijado un solo fotograma. En él aparezco feliz y decidido. La banda hace tiempo que dejó de tocar la melodía. Las luces de la sala se encienden y el acomodador me invita a que me vaya.

“¡NO! No, por favor”, suplico de rodillas. “Quiero quedarme”.

No obtengo respuesta por parte del acomodador, sólo encoge los hombros. El fotograma que había en la pantalla ha desaparecido.

Abro los ojos. Sigo solo en mi habitación y lloro.

Alcanzo a escuchar a lo lejos otra melodía…

 ¿Qué película estrenarán esta vez?