A lo lejos suena el tan tarareado “su su su su suspenso”, su mantra de la suerte que había permanecido silenciado hasta ese momento.
Él respira profundo en el palco que le ofrece aquella privilegiada terraza y se dispone a viajar por sus recuerdos. En el primer fragmento del diario de su memoria aparece un niño que ríe al caer. Qué paradoja, ¿verdad? Ahora sólo le caen lágrimas y apenas regala sonrisas. Ese retazo del diario parece estar envuelto por una canción de cuna que anochece la ciudad.
El reloj de la torre de la iglesia canta la medianoche y la luna pinta de plata el mar.
Los ojos se cierran y un viejo conocido aparece en escena con la clara intención de retomar su tenaz persecución. Le conocen por muchos nombres, a cada cual más sombrío. Merodeaba impaciente en duermevelas otrora, ahora es implacable en sus asaltos.
En cada encuentro, el visitante arrebata un pedacito de un mapa del tesoro que una vez dibujó nuestro protagonista en su memoria. En esta ocasión no quedan rastros ni huellas, solo un vacío. El combate ha concluido con un claro vencedor. No hay vítores ni aclamaciones, solo un respirar acelerado y unas mejillas humedecidas.
La apertura de los ojos llega con el primer rayo de sol. Tira la toalla a la papelera. No quiere esperar al siguiente asalto. Es entonces cuando nuestro protagonista sale por las calles del pueblo con el deterioro todavía de la contienda.
Es el centro de atención. Los lugareños se quedan absortos al ver el comportamiento de su vecino. Va de acá para allá mirando hacia el cielo, hacia el mar, hacia el verde de los árboles, hacia el arcoíris de las flores de los jardines, hacia el ir y venir de la gente… Parece escudriñar cada elemento que le rodea con el fin de resolver un misterio como si fuera un personaje de la mente de sir Arthur.
Lo que nadie sabe es que en cada indicio de vida, de tranquilidad y de alegría, espera encontrar el reflejo del mapa del tesoro que una vez pintó.
Escena exterior 237.
Apareces tú.
Sonríes.
Él busca en su paleta de colores otra vez y se pone a pintar.
Él respira profundo en el palco que le ofrece aquella privilegiada terraza y se dispone a viajar por sus recuerdos. En el primer fragmento del diario de su memoria aparece un niño que ríe al caer. Qué paradoja, ¿verdad? Ahora sólo le caen lágrimas y apenas regala sonrisas. Ese retazo del diario parece estar envuelto por una canción de cuna que anochece la ciudad.
El reloj de la torre de la iglesia canta la medianoche y la luna pinta de plata el mar.
Los ojos se cierran y un viejo conocido aparece en escena con la clara intención de retomar su tenaz persecución. Le conocen por muchos nombres, a cada cual más sombrío. Merodeaba impaciente en duermevelas otrora, ahora es implacable en sus asaltos.
En cada encuentro, el visitante arrebata un pedacito de un mapa del tesoro que una vez dibujó nuestro protagonista en su memoria. En esta ocasión no quedan rastros ni huellas, solo un vacío. El combate ha concluido con un claro vencedor. No hay vítores ni aclamaciones, solo un respirar acelerado y unas mejillas humedecidas.
La apertura de los ojos llega con el primer rayo de sol. Tira la toalla a la papelera. No quiere esperar al siguiente asalto. Es entonces cuando nuestro protagonista sale por las calles del pueblo con el deterioro todavía de la contienda.
Es el centro de atención. Los lugareños se quedan absortos al ver el comportamiento de su vecino. Va de acá para allá mirando hacia el cielo, hacia el mar, hacia el verde de los árboles, hacia el arcoíris de las flores de los jardines, hacia el ir y venir de la gente… Parece escudriñar cada elemento que le rodea con el fin de resolver un misterio como si fuera un personaje de la mente de sir Arthur.
Lo que nadie sabe es que en cada indicio de vida, de tranquilidad y de alegría, espera encontrar el reflejo del mapa del tesoro que una vez pintó.
Escena exterior 237.
Apareces tú.
Sonríes.
Él busca en su paleta de colores otra vez y se pone a pintar.