domingo, 30 de julio de 2023

El mapa del tesoro



Escena exterior 236.

A lo lejos suena el tan tarareado “su su su su suspenso”, su mantra de la suerte que había permanecido silenciado hasta ese momento.

Él respira profundo en el palco que le ofrece aquella privilegiada terraza y se dispone a viajar por sus recuerdos. En el primer fragmento del diario de su memoria aparece un niño que ríe al caer. Qué paradoja, ¿verdad? Ahora sólo le caen lágrimas y apenas regala sonrisas. Ese retazo del diario parece estar envuelto por una canción de cuna que anochece la ciudad.

El reloj de la torre de la iglesia canta la medianoche y la luna pinta de plata el mar.

Los ojos se cierran y un viejo conocido aparece en escena con la clara intención de retomar su tenaz persecución. Le conocen por muchos nombres, a cada cual más sombrío. Merodeaba impaciente en duermevelas otrora, ahora es implacable en sus asaltos.

En cada encuentro, el visitante arrebata un pedacito de un mapa del tesoro que una vez dibujó nuestro protagonista en su memoria. En esta ocasión no quedan rastros ni huellas, solo un vacío. El combate ha concluido con un claro vencedor. No hay vítores ni aclamaciones, solo un respirar acelerado y unas mejillas humedecidas.

La apertura de los ojos llega con el primer rayo de sol. Tira la toalla a la papelera. No quiere esperar al siguiente asalto. Es entonces cuando nuestro protagonista sale por las calles del pueblo con el deterioro todavía de la contienda.

Es el centro de atención. Los lugareños se quedan absortos al ver el comportamiento de su vecino. Va de acá para allá mirando hacia el cielo, hacia el mar, hacia el verde de los árboles, hacia el arcoíris de las flores de los jardines, hacia el ir y venir de la gente… Parece escudriñar cada elemento que le rodea con el fin de resolver un misterio como si fuera un personaje de la mente de sir Arthur.

Lo que nadie sabe es que en cada indicio de vida, de tranquilidad y de alegría, espera encontrar el reflejo del mapa del tesoro que una vez pintó.

Escena exterior 237.

Apareces tú.

Sonríes.

Él busca en su paleta de colores otra vez y se pone a pintar.

miércoles, 26 de enero de 2022

La sala de cine


Llueve… O eso dicen en la tele. Hace días que no levanto las persianas del lugar en el que vivo. ¿Sabes qué? Iba a escribir la palabra “hogar”, pero no se acerca para nada a la realidad.

Los únicos seres con los que convivo son mosquitos que revolotean cerca de mis oídos. Me pregunto qué estarán tratando de decirme. Sea lo que sea prefiero que guarden silencio cuando intento alcanzar el escalón de Morfeo.

Ah, me olvidaba. Hay otros seres que conviven conmigo, pero no de manera presencial. Sus voces llenan de sentimientos el dormitorio, lugar en el que suelo ocupar gran parte del tiempo. Son voces que me entienden. Vale, sí, soy yo el que las entiende. Me cuentan sus problemas, sus inquietudes y sus miedos. Cada una se convierte en el himno de mi vida por unos instantes. Viajamos juntos por mi vida, acudimos a momentos que creía olvidados, momentos que quisiera cambiar para siempre.

Durante cuatro o cinco minutos asisto a una película que no quiero que se detenga. Quiero quedarme en ella. No quiero regresar. Sin embargo, el señor del proyector detiene la cinta y queda fijado un solo fotograma. En él aparezco feliz y decidido. La banda hace tiempo que dejó de tocar la melodía. Las luces de la sala se encienden y el acomodador me invita a que me vaya.

“¡NO! No, por favor”, suplico de rodillas. “Quiero quedarme”.

No obtengo respuesta por parte del acomodador, sólo encoge los hombros. El fotograma que había en la pantalla ha desaparecido.

Abro los ojos. Sigo solo en mi habitación y lloro.

Alcanzo a escuchar a lo lejos otra melodía…

 ¿Qué película estrenarán esta vez?

sábado, 26 de diciembre de 2020

Malas compañías


Acecha la noche y con ella la oscuridad. Perturbados se presentan de nuevo ante mí con palabrería barata. Son diálogos eternos sobre mí, destripando cualquier tema que les venga en gana. Arrojan comentarios venenosos que se clavan en mi corazón como flechas lanzadas por los más habilidosos del bosque de Sherwood.

La tormenta alcanza su momento más álgido de locura. Se destapa la razón de su retorno: han venido a ayudarme. 

Mienten. Voces así solo hacen a uno renunciar a la cordura. Apenas puedo soportar más tiempo ese espectáculo dantesco, y grito, grito más alto que ellos. Pero niegan mi vela en ese entierro, vociferando con mayor intensidad. Es entonces cuando la violencia acude y propino reveses al aire. Sin embargo, no encuentro destinatario alguno.

Callaos. Dejadme en paz.

Ellos ríen con innegable desprecio en sus rostros. Su teatro de poca monta parece no tener fin.

Mi paciencia se desvanece por completo. Decido encender la lámpara de mi mesilla y descubro que las voces han quedado silenciadas. No veo a nadie, pero temo que esos seres estúpidos se hospeden en la penumbra, así que será mejor que la luz sea mi compañera de viaje esta noche.

Transcurridos unos minutos, percibo sus voces en la distancia. Se acercan a un ritmo inhumano. Con cada paso mi respiración se altera más y más. No es posible… Han regresado.

¿Acaso nos fuimos alguna vez?

domingo, 16 de agosto de 2020

Bajo el manto de Morfeo


Era otra comida familiar más. No alcanza mi memoria a averiguar la razón de ese encuentro. Tal vez el cumpleaños de uno de nosotros o simplemente la excusa de juntarnos después de un largo tiempo sin vernos.

Recuerdo algunas risas del momento. El lugar era de sobra conocido por todos. Había sido el rincón de mi disfrute durante mis primeros trece o catorce años de vida. Allí se jugaron partidos interminables de fútbol, se contaron chistes e historias en noches mágicas, acontecieron aventuras sobre dos ruedas acompañados por unos ladridos tan queridos, e incluso se celebraron conciertos de villancicos, dignos de ser alabados por la crítica.

En aquel momento de júbilo no éramos conscientes del devenir de los años. Parecía que el tiempo se había detenido en algún instante del carrusel de nuestra vida. Supongo que se trataba de uno de esos momentos en los que no se da rienda suelta a la preocupación. Simplemente eres feliz.

Nos encontrábamos bajo el manto inofensivo de Morfeo. y las manecillas del reloj continuaban su baile, pero aun no me había dado cuenta. Fue entonces cuando se dejaba entrever en nuestras miradas el final de ese encuentro. Yo estaba inquieto por algo que no comprendía. Los latidos del corazón aceleraban su ritmo hasta quemar mi interior. Mis ojos osaban a arrojar alguna lágrima.

¿Qué está ocurriendo?, me preguntaba a mí mismo.

Todos se despedían con besos y abrazos. Había sido una mañana maravillosa, pero yo solo sentía tristeza por llegar al final de otra jornada como tantas que ya habían sucedido. Sin mucha oposición, yo también añadí mis abrazos a la despedida.

Mi mano agarró la suya con toda la fuerza de mi alma. No entendía esa reacción, pero dimos unos pasos compartiendo bromas, como siempre. Llegado el momento de separarnos, mis labios se atrevieron a decir nos vemos pronto. Él sonrió y dijo no, aún nos queda mucho para vernos.

Gasté mis últimas lágrimas.

El manto desapareció. Lo comprendí. Ese encuentro no había sido como otro cualquiera. Era un punto y aparte de una historia en la que él ya no era escritor. Su escribir reposaba ahora en nuestros corazones. En cada uno de nosotros queda ahora continuar este relato a la espera de unirnos de nuevo allá donde sea. Tengo fe de que así será.


martes, 20 de septiembre de 2016

Un viajero



¿Conoces esa sensación del momento en el que un tren sigue su marcha sin ti? Es un instante en el que decenas de pensamientos acuden a tu cabeza. Desafortunadamente, la mayoría de esos pensamientos son negativos e inservibles. Parece como si el mundo fuera montado en ese tren y a ti se te haya arrojado fuera de él. Te sientes un bicho raro porque todas las personas siguen a bordo pero tú no, tú estás tirado en la vía del tren.

Llueve, truena, corre el viento, hace frío…

¿Para la lluvia? Un paraguas.

¿Para el frío? Una chaqueta.

¿Para el viento o los truenos? Resguárdate en un lugar seguro.

Cuando tu cuerpo se haya recuperado del temporal, será el momento de buscar cuál es tu camino. Un mapa y una brújula te serán muy útiles. También lo será un teléfono porque quizá necesites el apoyo de alguien.

¿Cómo andas de calzado? Revísalo porque a veces caminarás por lugares casi intransitables.

¿Y tu cabeza? ¿Sabe los conocimientos necesarios para vivir? Aprende de todo, por si acaso.

¿El tren? Nadie dijo que sólo existiera ese medio de transporte. Tus piernas, tu bicicleta, tu coche…Un barco o…quién sabe, quizá te adelantes a todos y encuentres un avión que te lleve a tu destino lo más rápido posible. Pero ya sabes que conseguir un avión es costoso, así que tendrás que ponerte manos a la obra lo antes posible.

Si, ya lo sé. Es posible que tengas que recorrer cien kilómetros andando hasta el próximo pueblo. Es posible que tengas que dormir al raso. Es posible que pases frío o que pases calor. Es posible que pases muchas horas en coche, estudiando mientras alguien conduce. Es posible que tengas que construir puentes para continuar tu camino.

Si, va a ser duro. Pero eso no significa que ese camino tenga que apoderarse de tu salud. Deberás usar tu ingenio, relativizar y entusiasmarte en todo lo que hagas. Cada pregunta que te hagas ha de ser constructiva. En definitiva, se trata de ver el lado bueno de las cosas.

¿No has pensado en los paisajes que vislumbrarás? ¿No has pensado en la gente que vas a conocer por el camino? ¿No has pensado en lo que vas a aprender y a madurar? ¿No has pensado en que puede aparecer esa persona…?

¿En serio conoces a alguien que, sin llamar, le ha llegado su taxi a casa?

¿En serio conoces a alguien que puede coger el tren en su habitación?

No, en esta vida hay que moverse; ser un viajero aventurero que hace de su vida la mejor de las historias; el mejor de los recuerdos.

domingo, 28 de agosto de 2016

El rincón de recordar




Recuerdo que eran las siete de la tarde. El calor ya no apretaba, pero los rayos de sol seguían deambulando cerca. Estaba algo cansado porque había sido un largo viaje en coche, así que decidí aparcar a la orilla de la carretera.

Frente a mi me contemplaba un monte escarpado, de no muy alta altura, pero que su apariencia denotaba su carácter casi inaccesible. Aun a día de hoy me pregunto si alguien ha podido subir y bajar sin problemas.

Pronto escuché las olas del mar azotando violentamente la costa. Miré hacia allí y vi cómo al fondo se erigían montañas que también jugaban con el mar. Me pregunté si alguien estaría mirando aquella capa azul tan embobado, como yo, desde la otra orilla. No había duda, la estampa era maravillosa.



A mi izquierda se encontraba una torre de piedra que había vigilado la costa en el pasado. Aun permanecía en pie pero sin vida en su interior. Años y años habrá vivido; años de tormentas, visitas inesperadas, partidas dolorosas, momentos solitarios…Su apariencia ruinosa puede que no atraiga, pero en su interior estoy seguro de que quedan recuerdos y vivencias de personas que nacieron y vivieron como tú y como yo; con anhelos, con ilusiones, con alegrías, con tristezas…



Cerré los ojos y sentí la brisa marina llenando de energía todo mi cuerpo. Existen muchas sensaciones pero aquella era una de mis favoritas. Entras en un estado en sintonía con el romper de las olas…Es la tranquilidad en mayúsculas.

Abrí de nuevo los ojos y me acerqué aun más a la orilla, donde había un bloque de piedra caliza. Me senté sobre él durante un largo rato y mi mente viajó hacia lugares del pasado, del presente y fantasías del futuro.

No sé cuánto tiempo pasé pero diría que mucho. El descanso concluyó al escuchar la tos de un anciano. Era tal mi estado de tranquilidad, que no me había percatado de que a mi derecha había una pequeña cala presidida por un anciano solitario sentado en la arena.



Yo- ¿Se encuentra bien?

Anciano- ¿Qué?

Y- Que pregunto si se encuentra bien, señor.

A- Si, muy bien.

Y- ¿Qué hace usted ahí?

A- Recordar, hijo. Es lo único que me queda.

Y- Igual que esa torre, ¿no?

A- ¿Cómo?

Y- Nada…Tonterías mías.

A- Tú…tú también sientes que esa torre almacena recuerdos, ¿verdad?

Y- Si.

El anciano empezó a reír.

A- Ven, siéntate a mi lado. No sientas vergüenza ahora, me caes bien. Creo que me entiendes.

Y- Voy.

Me senté junto a él, imitando su posición y pasamos unos minutos en silencio sobre la arena pero fue él quien lo cortó.

A- ¿Qué te trae por aquí, muchacho?

Y- Vengo de lejos a visitar a mi madre que vive en Águilas. Está un poco triste porque hace unos días perdió a su padre.

A- Lo siento… Ay, una madre…Cuídala bien, muchacho. Una madre es alguien muy importante, es una joya, al igual que un padre. Darían la vida por sus hijos.

Y- ¿Usted tiene hijos?

A- Si, dos. Les he dado todo lo que ha estado en mis manos…Ay, hijo, ojalá hubiera podido darles más. Me da mucha pena…

Y- Seguro que están orgullosos de tener un padre como usted.

A- Lo único que quiero es que sean felices. Me han dado unos nietos maravillosos. Son muy listos, ¿sabes? Al más pequeño deberías verlo. Aprende muy rápido de sus padres y sus primos. Todos llegarán muy lejos.

Y- ¿Y su mujer? ¿Dónde está?

A- Estará haciendo la cena para cuando llegue. Si alguna vez pisas el pueblo, pásate por mi casa para que te haga un arroz, que lo hace de rechupete. Eso sí, no te dejes nada en el plato porque entonces la próxima vez te hará menos o se lo dará a nuestro perro. Que por cierto, cuánto quiero yo a ese perro…

Y- Estaré encantado.

A- No conocerás nunca una mujer como ella, ya te lo digo yo. Me da pena haber tenido alguna discusión con ella a lo largo de nuestra vida. Me ha cuidado muy bien y a mis hijos también. Ella siempre ha tenido una fuerza muy grande y ha salido para delante.

Y- ¡Vaya, parece que usted tiene una buena familia!

A- Una buena familia no. Ha sido la mejor familia, ya te lo digo yo. Las comidas familiares siempre eran una fiesta. Me preparaba muchos chistes y bromas para que todos disfrutaran.

Me sonrió.

Y- ¿Y por qué este sitio para recordar?

A- Pues verás, el recuerdo más lejano que tengo es de venir en bici hasta la orilla del mar y pasar horas y horas mirándolo, preguntándome que sería de mí cuando fuera mayor. Pero, como ya te he dicho, con esta familia he superado las expectativas que tenía de cuando era crío. Y oye, que he tenido buenas profesiones y todo, y siempre he cumplido.

Y- Le creo, le creo. ¿Quiere que le acerque al pueblo?

A- Gracias, muchacho, pero estoy bien aquí. Me quedaré un rato.

Y- ¿En serio? No tengo problema en llevarle, me pilla de paso.

A- … Hijo mío, si te soy sincero, no sé donde vivo. La cabeza anda un poco borrosa hoy… Lo último que recuerdo es estar acostado sobre una cama extraña en una sala blanca, rodeado de gente. Creo que ha pasado ya unos días de eso, pero no te preocupes, mi familia me encontrará. Ya te he dicho que mi familia vale mucho y sabrá encontrarme gracias a sus recuerdos.
 

Mi abuelo fue siempre así.


Abrí los ojos en aquella solitaria playa. El sol ya comenzaba a diluirse en el horizonte. Era hora de marcharse, así que la brisa marina me despidió con un abrazo, como los de mi abuelo, haciendo volar lágrimas a su paso.