La tormenta alcanza su momento más álgido de locura. Se destapa la razón de su retorno: han venido a ayudarme.
Mienten. Voces así solo hacen a uno renunciar a la cordura. Apenas puedo soportar más tiempo ese espectáculo dantesco, y grito, grito más alto que ellos. Pero niegan mi vela en ese entierro, vociferando con mayor intensidad. Es entonces cuando la violencia acude y propino reveses al aire. Sin embargo, no encuentro destinatario alguno.
Callaos. Dejadme en paz.
Ellos ríen con innegable desprecio en sus rostros. Su teatro de poca monta parece no tener fin.
Mi paciencia se desvanece por completo. Decido encender la lámpara de mi mesilla y descubro que las voces han quedado silenciadas. No veo a nadie, pero temo que esos seres estúpidos se hospeden en la penumbra, así que será mejor que la luz sea mi compañera de viaje esta noche.
Transcurridos unos minutos, percibo sus voces en la distancia. Se acercan a un ritmo inhumano. Con cada paso mi respiración se altera más y más. No es posible… Han regresado.
¿Acaso nos fuimos alguna vez?
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