jueves, 22 de octubre de 2015

Morse


Que las despedidas sean complicadas nos brinda la oportunidad de ofrecer 
un beso que proteste al tiempo y al espacio que osan interponerse entre
el fin y nosotros. Hay canciones que es mejor no dar por terminadas porque
de sus notas vivimos. Cada momento junto a esa persona podría ser una de las
amadas notas de vuestra canción. En el primer instante que las miradas
tienen el objetivo deseado, la canción se pone en marcha. Y como ocurre 
en todas las melodías, los altibajos aparecen pero el amor por la música perdura
siempre. 

miércoles, 15 de abril de 2015

Agua de mar


Me encuentro sentado en lo alto de un acantilado mientras a lo lejos veo como el sol se va perdiendo en el horizonte. Bajo mis pies se hallan monstruos en forma de olas rompiendo la superficie de la que una vez asistió a una historia finita.

Tiempo atrás encontré a la dama de las damas en ese mismo acantilado. Su sola presencia hacía de mí la persona más frágil del mundo. Yo temía no estar a la altura de su poderosa aura. Pero pese al miedo, todo de ella me intrigaba, me atraía más y más con cada paso que daba.

Cuando abrió su boca la primera vez, habló del deseo que le había llevado hasta allí. La dama deseaba que yo saltara al mar. Me contó también que el agua era especial porque ella misma la había traído del lugar más cristalino del planeta, su corazón. Me rogaba con sus brazos que confiara en ella y que no dudara ni un segundo porque en ese salto ella estaría a mi lado en todo momento. La sonrisa radiante de su rostro me enviaba un mensaje: Saltemos juntos.

Pero... ¿Y si estaba fría el agua y no soportaba su temperatura? ¿Y si mi cuerpo no aguantaba el dolor del salto? ¿Y si no sabía nadar y me perdía en las profundidades del mar? Eran dudas que paralizaban mi corazón, impidiendo así que mis piernas dieran siquiera un paso para llegar al borde del acantilado. Estaba claro: no estaba preparado.

Decidí alejarme del lugar y estar solo por un tiempo. Cada día mi corazón era preparado para un juicio que llegaría cuando el sol se ocultara, momento en el que la oscuridad brotaba a mi alrededor. Se trataba de un juicio orquestado por el peor de mis enemigos: yo mismo. ¿Para qué hacer ese juicio si mi cabeza ya conocía la sentencia? ¿Y cómo es posible que mi cabeza estuviera tan segura? Años más tarde lo supe. Había sido sometida por el miedo, el villano más peligroso de mi pobre historia.

Día tras día ejercitaba mi cuerpo para hacer de él lo más fuerte que la dama de las damas hubiera conocido en vida. Pero, ¿de qué serviría aquella fuerza si no era capaz de bañarme en aquel mar?

Al contar siete días, volví al lugar del salto. Allí me esperaba ella de nuevo con su sonrisa.

-¿Por qué no saltas? -me preguntó.
-No lo sé, no puedo mover mis piernas...

Me volvió a abrazar como la última vez. Su aroma emanaba de todos sus poros e inundaba mis fosas nasales. Sentía el aroma del mar.

-¿Te gusta mi aroma? -me preguntó.
-Me encanta -contesté.
-El mar que yo te regalo tiene la misma esencia.

Sus dedos acariciaron mi cuello. Me sentía a bordo de una nube.

-¿Te gusta mi piel? - me preguntó.
-Me apasiona-contesté.
-El mar que yo te regalo tiene el mismo tacto.

Sus labios los acercó a mi oído y me susurró palabras que, aun a día de hoy, no las he compartido a nadie, ni pienso hacerlo.

-¿Te gusta mi voz? -me preguntó.
-Me embelesa -contesté.
-El mar que yo te regalo tiene la misma melodía.

Apartó su cuerpo del mío levemente y mantuvo su mirada y sus labios a pocos centímetros. Casi podía sentir su aliento en mi boca.

-Mi mar sería tuyo, ¿por qué no saltas?-me preguntó.
-No lo sé -contesté.

Tras aquella conversación, ella se alejó de mí con una cálida sonrisa y con el único mensaje de volvernos a ver cada siete días.

Las semanas pasaban y con ellas los juicios nocturnos, la pregunta sin respuesta afirmativa y unos saltos que nunca fueron.

Sin embargo, un día todo cambió. Me hizo las preguntas de siempre. Las acompañó de su piel, de su aroma y de su voz. Pero aquella vez decidió añadir una nota más a aquella sinfonía infinita, una nota en forma de beso en mi mejilla.

Aquel beso venció a mi cabeza y su sentencia maligna.
Aquel beso venció al miedo.
Aquel beso conquistó mi corazón.
Aquel beso arrancó las esposas de mis pies.
Deseaba ser bañado por aquel mar.

Miré al frente y corrí sin mirar atrás, pero el destino tenía preparado un nefasto regalo: el mar ya no tenía agua. Habían pasado tantos años que el mar se había secado. Miré tras de mí y descubría que ella había desaparecido.

Aquel beso que consideraba una nota de una sinfonía de la cual no deseaba ver el fin...Aquel beso fue la nota final. Y no, no hubo ovación final. Solo un silencio infinito.

Ya casi he olvidado el tiempo que ha pasado desde ese encuentro...

Esta carta la escribo desde el lugar donde un salto fue anhelado. Ahora el mar vuelve a tener agua. Mis lágrimas tuvieron mucho trabajo, pero cada gota que compone ese mar, cada lágrima que da forma a ese mar es un "te quiero" que mis labios nunca supieron decir al amor.

lunes, 2 de marzo de 2015

La pequeña rebelión de la inspiración




Cuando uno conoce a Ainhoa, lo primero que se le pasa por la cabeza es el deseo de poder volar. Es el simple deseo de sentir cómo los pies se separan de la superficie, y tu cuerpo empieza a elevarse lentamente hacia las nubes. Llega un momento en el que tienes que tomar el control del vuelo. En ese momento notas un cosquilleo en tu interior que te hace entender que no es el momento de descender. Es el momento de que la brisa te acompañe y te haga marchar hacia delante.

Cuando conoces a Ainhoa, cerrar los ojos y volar es fácil, muy fácil.

El problema llega cuando ella echa a correr y solamente puedes esperar a que vuelva.

Hace tiempo que no vuelo. Deseo tanto escribir que la tinta del bolígrafo echa de menos un folio en blanco. Mis alas echan de menos a Ainhoa, mucho.

Querer volar...Saber esperar.

domingo, 25 de enero de 2015

Nota inconexa



Deja de mirarte, sé lo que sientes. Cálmate, ya lo tienes en tus manos. Salta, por favor. Dilo, dímelo una y otra vez al oído, sin pensar en algo que nos olvide de dónde venimos, a dónde vamos, sin más. Soñar, vivir, querer, amar, desear, sonreír. ¿Hay algo mejor? Sonreír hasta que te duela la mandíbula, que alegres a los demás. Ainhoa dijo una vez que me acompañaría. Ainhoa o escritura, como quieras llamarlo...es lo que deseo ahora mismo. Ayúdame a sonreír, por favor. Escribe más: un minuto, dos, tres, cuatro, cinco, seis...Despiértame sin sobresaltos, sin miedos. Despiértame llamándome al oído, sin que ni tú ni yo nos asustemos. Acaríciame con palabras, besos, dedos...lo que desees. Cántame cuando todo vuelva a salir mal. Agárrame antes de caer al vacío. Cógeme bien fuerte porque puede ser una larga caída, una dura caída. Compréndeme sin miedo a hablar. Correr, correr sin parar, juntos. Si logro adelantarme al caminar, cuídame. Lograré conservar mi fuerza si estás junto a mí.

domingo, 11 de enero de 2015

Yo soñaba cada día...

Hoy no quiero escribir. Mi única necesidad de hoy es cerrar los ojos y escuchar el sonido de las joyas. Nada más.


sábado, 3 de enero de 2015

La pintora


A-¿Cómo era mamá?
B-Menuda pregunta me haces, hija. Tu madre es la mujer más guapa, más inteligente y más cariñosa que he conocido nunca.
A-¿En serio?
B-Así es. Era muy cariñosa con todo el mundo pero sobre todas las cosas, con quién más transmitía cariño era contigo. Ella te quería mucho. Cuando estabas enferma, se quedaba a tu lado mientras dormías en la cuna. Al amanecer, ella esperaba que abrieras los ojos para que lo primero que vieras fuera su sonrisa y así te recuperaras lo más pronto posible.
A-¡Qué pena que no pudiera conocerla más!
B-Se fue muy rápido, si.
A-Pero papá, cuéntame más sobre ella. ¿Cómo os conocisteis?
B-En un parque cerca de donde yo vivía con los abuelos. Yo estaba muy triste porque me habían echado del trabajo, así que me quedaba sentado en un banco durante horas. Un día, tu madre pasó montada en bici por ese mismo parque. Era una gran ciclista pero aquel día se cayó al suelo ella sola. Fui rápidamente a socorrerla y la llevé hasta el banco. Le curé una herida que tenía en la pierna. Pobrecilla... 
A-Ahora entiendo porque me gusta tanto montar en bici, papá.
B-Si, pero no solo has heredado eso de tu madre...Bueno, te sigo contando. No necesité más días para enamorarme de ella. Lo que me gustó de ella fue que no se quejaba del dolor de la caída. Ella se quedaba sonriéndome con la boca bien abierta y me miraba con unos ojos muy tiernos. Se me olvidó mi tristeza por un momento...hasta que se marchó.
A-¿No le dijiste nada, papá?
B-No pude. Se fue deprisa pero me agradeció la ayuda con un beso que te prometo que aún siento en mi mejilla.
A-Y entonces, ¿cómo acabasteis siendo novios?
B- Muy fácil. La pobre se cayó de nuevo junto a mi lado en el parque pero esa vez estaba todo decidido: no iba a dejar escapar esa sonrisa bajo ningún concepto.
A-¡No me creo que tengas ese lado tan sensible, papá!
B-Tu padre es un diamante en bruto, hija mía.
A-Ya veo, ya. Y dime, ¿a dónde la llevaste en la primera cita?
B-Pues me guíe por lo más lógico. La llevé a dar una vuelta en bici por toda la ciudad. Eso sí, iba guapísima aunque fuera en bici. Le gustaba ir bien vestida fuera donde fuera.
A-Ahora entiendo mi afición por la moda...
B-No es lo único que heredaste de ella. Me estoy acordando de cuando yo llegaba a casa tras trabajar, me encontraba a tu madre sentada en el sillón mientras te tomaba en sus brazos. Ella te cantaba con una voz que ojalá hubieras tenido consciencia de ella.
A-Ahora entiendo porque disfruto cantando con mis amigas.
B-Si, ¿verdad? Pues no es solo eso lo que has heredado de ella.
A-Lo único que recuerdo de ella es verla reír contigo todo el día.
B-Era normal, hija. Éramos muy felices. Pero no te creas que todo era bonito. Aunque tú no lo sepas, de vez en cuando teníamos alguna discusión pero siempre que aparecías tú, gateando o cuando dabas tus primeros pasos, todo se solucionaba.
A-No lo sabía. En las fotos de casa siempre os veo tan bien...
B-Si, así es. A pesar de todo, ella tenía una habilidad muy especial para que estuviéramos sonriendo. Cuando yo estaba triste o enfadado, tu madre se quedaba mirándome fijamente sonriendo sin parar. Decía que no pararía hasta verme sonreír. Al final yo caía siempre y acababa sonriéndole. La sonrisa y la mirada de tu madre daban forma a la mejor medicina.
B-¡Qué encanto!
A-No llores, hija...Se me está viniendo a la cabeza otra habilidad de tu madre. Ella la llamaba "el pincel sonriente". Cuando yo estaba tan triste, que ni su sonrisa podía hacer nada, se acercaba a mí, ponía su dedo índice en mi boca y lo deslizaba por ella dibujando una sonrisa. Al terminar su obra, acercaba sus labios a los míos. ¿Así quién está triste?
A-Ay, qué bonito, papá. ¿La echas de menos, verdad?
B-Si, la echo de menos pero ahora mismo soy muy feliz, ¿sabes?
A-¿Por qué?
B-Tú has heredado muchas cosas de tu madre. Una de ellas es tu manera de sonreír. Cuando tu madre enfermó, fui a verla todos los días al hospital. El último día me dijo que nunca querría verte triste, que yo hiciera todo lo posible para hacerte feliz y que jamás perdieras la sonrisa. Ella añadió que cada sonrisa tuya significaría una sonrisa de tu madre allá donde estuviera. La única manera de que ella esté contigo es siendo feliz. Nunca te dejará sola...ni yo tampoco.
A-Me gusta mucho haber heredado lo más bonito de mamá.
B-Cuando te pregunten qué quieres ser de mayor, di que quieres ser pintora de sonrisas.
A-¿Pintora de sonrisas?
B-Si, puedes ser lo que quieras: maestra, medico, escritora, abogada... Lo que desees. Pero además, debes ser pintora de sonrisas a jornada completa los siete días de la semana. Tu madre nunca se arrepintió y te digo que esa labor la realizas magistralmente. No tienes que utilizar ningún pincel para pintar, tan solo tu sonrisa será ese pincel. Y el día que conozcas a la persona más importante de tu vida, no dudes en utilizar tu "pincel sonriente" en los casos más difíciles porque esa persona te lo agradecerá eternamente.
A-¿De verdad?
B-No me cabe ninguna duda. Y si alguna vez dudas de tu trabajo, si alguna vez no confías en ti y no tienes fuerzas, pídele ayuda a tu madre.
A-¡Pero eso es imposible, papá!
B-Claro que es posible, solo tienes que utilizar el medio adecuado. Pon un dedo sobre tus labios y dibuja una sonrisa. Créeme, sentirás el apoyo de tu madre como siempre hace conmigo cuando la necesito a mi lado.
A-¡Muchas gracias, papá! Seré pintora de sonrisas pero será nuestro secreto, ¿vale?
B-De acuerdo, Ainhoa.