martes, 20 de septiembre de 2016

Un viajero



¿Conoces esa sensación del momento en el que un tren sigue su marcha sin ti? Es un instante en el que decenas de pensamientos acuden a tu cabeza. Desafortunadamente, la mayoría de esos pensamientos son negativos e inservibles. Parece como si el mundo fuera montado en ese tren y a ti se te haya arrojado fuera de él. Te sientes un bicho raro porque todas las personas siguen a bordo pero tú no, tú estás tirado en la vía del tren.

Llueve, truena, corre el viento, hace frío…

¿Para la lluvia? Un paraguas.

¿Para el frío? Una chaqueta.

¿Para el viento o los truenos? Resguárdate en un lugar seguro.

Cuando tu cuerpo se haya recuperado del temporal, será el momento de buscar cuál es tu camino. Un mapa y una brújula te serán muy útiles. También lo será un teléfono porque quizá necesites el apoyo de alguien.

¿Cómo andas de calzado? Revísalo porque a veces caminarás por lugares casi intransitables.

¿Y tu cabeza? ¿Sabe los conocimientos necesarios para vivir? Aprende de todo, por si acaso.

¿El tren? Nadie dijo que sólo existiera ese medio de transporte. Tus piernas, tu bicicleta, tu coche…Un barco o…quién sabe, quizá te adelantes a todos y encuentres un avión que te lleve a tu destino lo más rápido posible. Pero ya sabes que conseguir un avión es costoso, así que tendrás que ponerte manos a la obra lo antes posible.

Si, ya lo sé. Es posible que tengas que recorrer cien kilómetros andando hasta el próximo pueblo. Es posible que tengas que dormir al raso. Es posible que pases frío o que pases calor. Es posible que pases muchas horas en coche, estudiando mientras alguien conduce. Es posible que tengas que construir puentes para continuar tu camino.

Si, va a ser duro. Pero eso no significa que ese camino tenga que apoderarse de tu salud. Deberás usar tu ingenio, relativizar y entusiasmarte en todo lo que hagas. Cada pregunta que te hagas ha de ser constructiva. En definitiva, se trata de ver el lado bueno de las cosas.

¿No has pensado en los paisajes que vislumbrarás? ¿No has pensado en la gente que vas a conocer por el camino? ¿No has pensado en lo que vas a aprender y a madurar? ¿No has pensado en que puede aparecer esa persona…?

¿En serio conoces a alguien que, sin llamar, le ha llegado su taxi a casa?

¿En serio conoces a alguien que puede coger el tren en su habitación?

No, en esta vida hay que moverse; ser un viajero aventurero que hace de su vida la mejor de las historias; el mejor de los recuerdos.

domingo, 28 de agosto de 2016

El rincón de recordar




Recuerdo que eran las siete de la tarde. El calor ya no apretaba, pero los rayos de sol seguían deambulando cerca. Estaba algo cansado porque había sido un largo viaje en coche, así que decidí aparcar a la orilla de la carretera.

Frente a mi me contemplaba un monte escarpado, de no muy alta altura, pero que su apariencia denotaba su carácter casi inaccesible. Aun a día de hoy me pregunto si alguien ha podido subir y bajar sin problemas.

Pronto escuché las olas del mar azotando violentamente la costa. Miré hacia allí y vi cómo al fondo se erigían montañas que también jugaban con el mar. Me pregunté si alguien estaría mirando aquella capa azul tan embobado, como yo, desde la otra orilla. No había duda, la estampa era maravillosa.



A mi izquierda se encontraba una torre de piedra que había vigilado la costa en el pasado. Aun permanecía en pie pero sin vida en su interior. Años y años habrá vivido; años de tormentas, visitas inesperadas, partidas dolorosas, momentos solitarios…Su apariencia ruinosa puede que no atraiga, pero en su interior estoy seguro de que quedan recuerdos y vivencias de personas que nacieron y vivieron como tú y como yo; con anhelos, con ilusiones, con alegrías, con tristezas…



Cerré los ojos y sentí la brisa marina llenando de energía todo mi cuerpo. Existen muchas sensaciones pero aquella era una de mis favoritas. Entras en un estado en sintonía con el romper de las olas…Es la tranquilidad en mayúsculas.

Abrí de nuevo los ojos y me acerqué aun más a la orilla, donde había un bloque de piedra caliza. Me senté sobre él durante un largo rato y mi mente viajó hacia lugares del pasado, del presente y fantasías del futuro.

No sé cuánto tiempo pasé pero diría que mucho. El descanso concluyó al escuchar la tos de un anciano. Era tal mi estado de tranquilidad, que no me había percatado de que a mi derecha había una pequeña cala presidida por un anciano solitario sentado en la arena.



Yo- ¿Se encuentra bien?

Anciano- ¿Qué?

Y- Que pregunto si se encuentra bien, señor.

A- Si, muy bien.

Y- ¿Qué hace usted ahí?

A- Recordar, hijo. Es lo único que me queda.

Y- Igual que esa torre, ¿no?

A- ¿Cómo?

Y- Nada…Tonterías mías.

A- Tú…tú también sientes que esa torre almacena recuerdos, ¿verdad?

Y- Si.

El anciano empezó a reír.

A- Ven, siéntate a mi lado. No sientas vergüenza ahora, me caes bien. Creo que me entiendes.

Y- Voy.

Me senté junto a él, imitando su posición y pasamos unos minutos en silencio sobre la arena pero fue él quien lo cortó.

A- ¿Qué te trae por aquí, muchacho?

Y- Vengo de lejos a visitar a mi madre que vive en Águilas. Está un poco triste porque hace unos días perdió a su padre.

A- Lo siento… Ay, una madre…Cuídala bien, muchacho. Una madre es alguien muy importante, es una joya, al igual que un padre. Darían la vida por sus hijos.

Y- ¿Usted tiene hijos?

A- Si, dos. Les he dado todo lo que ha estado en mis manos…Ay, hijo, ojalá hubiera podido darles más. Me da mucha pena…

Y- Seguro que están orgullosos de tener un padre como usted.

A- Lo único que quiero es que sean felices. Me han dado unos nietos maravillosos. Son muy listos, ¿sabes? Al más pequeño deberías verlo. Aprende muy rápido de sus padres y sus primos. Todos llegarán muy lejos.

Y- ¿Y su mujer? ¿Dónde está?

A- Estará haciendo la cena para cuando llegue. Si alguna vez pisas el pueblo, pásate por mi casa para que te haga un arroz, que lo hace de rechupete. Eso sí, no te dejes nada en el plato porque entonces la próxima vez te hará menos o se lo dará a nuestro perro. Que por cierto, cuánto quiero yo a ese perro…

Y- Estaré encantado.

A- No conocerás nunca una mujer como ella, ya te lo digo yo. Me da pena haber tenido alguna discusión con ella a lo largo de nuestra vida. Me ha cuidado muy bien y a mis hijos también. Ella siempre ha tenido una fuerza muy grande y ha salido para delante.

Y- ¡Vaya, parece que usted tiene una buena familia!

A- Una buena familia no. Ha sido la mejor familia, ya te lo digo yo. Las comidas familiares siempre eran una fiesta. Me preparaba muchos chistes y bromas para que todos disfrutaran.

Me sonrió.

Y- ¿Y por qué este sitio para recordar?

A- Pues verás, el recuerdo más lejano que tengo es de venir en bici hasta la orilla del mar y pasar horas y horas mirándolo, preguntándome que sería de mí cuando fuera mayor. Pero, como ya te he dicho, con esta familia he superado las expectativas que tenía de cuando era crío. Y oye, que he tenido buenas profesiones y todo, y siempre he cumplido.

Y- Le creo, le creo. ¿Quiere que le acerque al pueblo?

A- Gracias, muchacho, pero estoy bien aquí. Me quedaré un rato.

Y- ¿En serio? No tengo problema en llevarle, me pilla de paso.

A- … Hijo mío, si te soy sincero, no sé donde vivo. La cabeza anda un poco borrosa hoy… Lo último que recuerdo es estar acostado sobre una cama extraña en una sala blanca, rodeado de gente. Creo que ha pasado ya unos días de eso, pero no te preocupes, mi familia me encontrará. Ya te he dicho que mi familia vale mucho y sabrá encontrarme gracias a sus recuerdos.
 

Mi abuelo fue siempre así.


Abrí los ojos en aquella solitaria playa. El sol ya comenzaba a diluirse en el horizonte. Era hora de marcharse, así que la brisa marina me despidió con un abrazo, como los de mi abuelo, haciendo volar lágrimas a su paso.

viernes, 5 de agosto de 2016

Recuerdos estelares



-Me encanta mirar el cielo de noche. Mi abuela me contó que cada estrella representa un recuerdo mío. Puedo pasar horas y horas embobado durante la madrugada, reviviendo mis recuerdos.

-¿En serio? –preguntó incrédula- ¿Recuerdos?

-Si, esa de allí me recuerda a cuando monté en bici por primera vez –dije haciéndome el interesante-, lo cual me lleva a recordar mi primera caída en bici.

Ella esbozó una sonrisa.

-¿Y esa de allí?

-Esa es cuando mi maestra de infantil me castigó por gritar en clase. Con lo bueno que yo era…

Ella sonrió de nuevo mientras yo buscaba una estrella.

La encontré.

-¿Ves aquella estrella que parece tener varios colores?

-Si -contestó, apoyando su cabeza sobre mi hombro. Estábamos solos, sentados en aquel paraje natural oscuro y bello.

-Pues esa es especial. Según mi abuela, muchas estrellas son recuerdos del pasado, pero estrellas como esas son recuerdos que aún están por ocurrir. Cuando ese momento llega, la luz de esa estrella se convierte en blanca.

-Comprendo, señor astrónomo –dijo mirándome fijamente, siguiendo el juego-. ¿Y hay alguna forma de adivinar qué recuerdo será?

Se apartó de mi hombro y asentí con la cabeza.

-Mi abuela me enseñó una técnica ancestral. Necesito cogerte de la mano y concentrarme. La información viene de lejos…Vale, creo que ya lo tengo…Vaya, si te lo cuento tendría que matarte -Sonreí totalmente sonrojado. Mis latidos iban a una velocidad enorme. Estaba llegando el momento…

-¿Ah, si? Yo guardo los secretos muy bien, sobre todo viniendo de una estrella. A ver, señor de las estrellas, cuénteme.

-Bueno, de acuerdo –dije respirando profundamente y seguidamente cerré los ojos-. Veo una noche…hace frío, como hoy…nos veo a los dos, sentados. Un momento, es la noche de hoy  y…si, ajam, si…Nos besamos.

-¿Eso te ha dicho la estrella? –preguntó sorprendida.

El contador de latidos de corazón en ese momento era imposible de descifrar.

-Si, puede que se me haya escapado algún detalle por culpa de la lejanía, pero…

Ella fue la que se lanzó.

Cuando el recuerdo ya se había completado, me quedé mirándola durante un rato. Sus ojos brillaban en la oscuridad al igual que lo hacía su sonrisa.

-¿Qué miras? –me preguntó ella.

-A mi estrella favorita- contesté.

sábado, 2 de abril de 2016

Nuestro baile



No me gusta bailar. Es fácil de escribir; más fácil que bailar.

A ella le encanta bailar y a mí me encanta ella.

La primera noche que la conocí fue en un bar de estos en los que no suena la típica música que escuchas en la radio. Las teclas de un piano y la voz cálida de una chica invadían la sala. Pero no, la protagonista de esta historia no es ella. La protagonista estaba sentada ante mi junto a una amiga.

-Alberto, ¿te gusta bailar? -. Esa fue una de las primeras preguntas que me hizo.

-No, soy algo patoso con mis piernas -contesté rápidamente fruto del ritmo acelerado de mi corazón. En realidad sabía lo básico para no quedar en ridículo, pero no lo suficiente con una chica así.

-Nadie puede ser patoso al bailar. Solo hay que sentir la música -me dijo cogiéndome de la mano, con una cara tan sonriente, como siempre-. Ven, te enseño.

-No, quizá otro día.

Tardé dos minutos en arrepentirme.

Ella bailando con su amiga era algo mágico. Ese momento el que se unieron sus movimientos con la música. Eran movimientos limpios y cristalinos acompañados de una belleza desbordante. Mi cuerpo entró en una paz inmensa, los latidos quedaban inmersos en aquel ambiente donde solo existía ella. Creo que ese fue el momento en el que me enamoré de ella.

Afortunadamente, mis estudios no iban muy bien. Es lo que tiene la ingeniería.

Ah, si, has leído afortunadamente porque aquella chica, además de buena bailarina, era una estudiante excelente y accedió a ayudarme. Días más tarde me enteré de que yo le gustaba desde aquel día en el bar, pero eso no es lo importante (bueno, si, es importante), pero lo más importante pasó el día que me ayudó.

Cuando terminamos de estudiar, nos quedamos un rato charlando. Me contó acerca de la muerte de su abuela; lo duro que fue trabajar en la tienda de su padre...

Por anhelos del destino (o cuestiones de la casualidad), mi madre puso música en el salón, que se propagó por toda la casa, incluida mi habitación. A aquella chica se le iluminaron los ojos y su cuerpo se levantó de la silla enseguida.

-¡Me debes un baile! -dijo acelerada y tan feliz, como siempre

-Pero, ¿por qué quieres bailar? -pregunté...al viento.

-Nada, nada. Tú sigue mis instrucciones -contestó, levantándome de la silla. Sentí como se entrecruzaban nuestras manos; sentí algo...

Apartó todo lo que había en el centro de la habitación y empezó a darme las premisas: que si un brazo por aquí, que si un paso a la derecha cuando ella lo diera a la derecha...

No me enteré de nada porque toda mi atención estaba puesta en el aroma que irradiaba. Aun a día de hoy soy incapaz de describirlo. Juntamos nuestros cuerpos y, en ese momento, te juro que todo desapareció. Me sentía volando en el cielo escuchando a lo lejos un hilo musical y las instrucciones de ella. Dada mi incompetencia para recordar lo que me había encomendado, ella llevaba todo el peso del baile durante un largo tiempo que se me pasó volando.

De repente, "caímos" del cielo.

-No, este no es un buen sitio para bailar -dijo ella-. Esta noche te llevo a un sitio más preparado para bailar.

Así es ella de impulsiva. Le encanta vivir la vida segundo a segundo.

En aquel momento no fui consciente de que iba a ser nuestra primera cita. Estaba algo perdido por aquel aroma. Creo que se me acaba de ocurrir la descripción más acorde. Imagina que los mejores aromas del planeta se fusionaran y naciera un aroma a partir de ellos. Pues...eso, que toda la tarde la dediqué en pensar en ella por culpa del mejor aroma del mundo.

Me llevó al ático de un hotel donde había una pista de baile. No había mucha gente, así que teníamos el espacio suficiente. Al verla con aquel vestido... Te mentiría si dijera que el vestido azul que llevaba era horrible. Era igual que el cielo que había alcanzado esa misma tarde.

Y como otras prendas permanentes estaban su mirada y su sonrisa, invitándome a que la llevara al centro de la pista. Ya me había adaptado a su fragancia, razón del comienzo del despegue rumbo al cielo. Pusimos en práctica todo lo trabajado, pero esta vez, mi atención se centró en el contacto de su cuerpo con el mío. Volvía a sentirme en el cielo, esta vez a bordo de una nube y la magia que percibí el día que la conocí estaba brotando de nuevo. No solo su cuerpo se unió a las notas de la música, el mío se fundió con el suyo logrando que solo fuéramos uno. Sentía sus latidos, sentía su aliento, sentía su cariño con cada tacto de sus brazos, sentía su amor en cada caricia de sus manos.

Marchas más ligeras, marchas más lentas; marchas, en definitiva, de todos los ritmos posibles pero, a pesar de todo, el mejor de los bailes no lo danzamos hasta el final

Quedábamos ella y yo en la pista. Los camareros recogían las mesas y los músicos dejaron de tocar, pero en nuestro interior nos movía una melodía que nos mantuvo mirándonos fijamente un largo tiempo. Ni cielo, ni paraíso, ni nada. El ser humano no había definido aún el estado o lugar en el que me encontraba. Era un lugar presidido por su sonrisa, habitado por su mirada, el aire de su fragancia, la tierra de su piel y los rayos soleados de sus cabellos.

Quería sentir ese lugar al máximo, así que dí el primer paso para el más bello baile, donde los únicos protagonistas serían nuestros labios. Parecía como si la música volviera a sonar porque nuestros labios bailaban con más intensidad y más cariño de lo que había hecho el resto de nuestras partes del cuerpo en toda la noche.

Era, es y será nuestro baile.

Como te había dicho, a ella le encanta bailar y a mí me encanta ella.

Como te había dicho, no me gusta bailar. Amo bailar.