sábado, 26 de diciembre de 2020

Malas compañías


Acecha la noche y con ella la oscuridad. Perturbados se presentan de nuevo ante mí con palabrería barata. Son diálogos eternos sobre mí, destripando cualquier tema que les venga en gana. Arrojan comentarios venenosos que se clavan en mi corazón como flechas lanzadas por los más habilidosos del bosque de Sherwood.

La tormenta alcanza su momento más álgido de locura. Se destapa la razón de su retorno: han venido a ayudarme. 

Mienten. Voces así solo hacen a uno renunciar a la cordura. Apenas puedo soportar más tiempo ese espectáculo dantesco, y grito, grito más alto que ellos. Pero niegan mi vela en ese entierro, vociferando con mayor intensidad. Es entonces cuando la violencia acude y propino reveses al aire. Sin embargo, no encuentro destinatario alguno.

Callaos. Dejadme en paz.

Ellos ríen con innegable desprecio en sus rostros. Su teatro de poca monta parece no tener fin.

Mi paciencia se desvanece por completo. Decido encender la lámpara de mi mesilla y descubro que las voces han quedado silenciadas. No veo a nadie, pero temo que esos seres estúpidos se hospeden en la penumbra, así que será mejor que la luz sea mi compañera de viaje esta noche.

Transcurridos unos minutos, percibo sus voces en la distancia. Se acercan a un ritmo inhumano. Con cada paso mi respiración se altera más y más. No es posible… Han regresado.

¿Acaso nos fuimos alguna vez?

domingo, 16 de agosto de 2020

Bajo el manto de Morfeo


Era otra comida familiar más. No alcanza mi memoria a averiguar la razón de ese encuentro. Tal vez el cumpleaños de uno de nosotros o simplemente la excusa de juntarnos después de un largo tiempo sin vernos.

Recuerdo algunas risas del momento. El lugar era de sobra conocido por todos. Había sido el rincón de mi disfrute durante mis primeros trece o catorce años de vida. Allí se jugaron partidos interminables de fútbol, se contaron chistes e historias en noches mágicas, acontecieron aventuras sobre dos ruedas acompañados por unos ladridos tan queridos, e incluso se celebraron conciertos de villancicos, dignos de ser alabados por la crítica.

En aquel momento de júbilo no éramos conscientes del devenir de los años. Parecía que el tiempo se había detenido en algún instante del carrusel de nuestra vida. Supongo que se trataba de uno de esos momentos en los que no se da rienda suelta a la preocupación. Simplemente eres feliz.

Nos encontrábamos bajo el manto inofensivo de Morfeo. y las manecillas del reloj continuaban su baile, pero aun no me había dado cuenta. Fue entonces cuando se dejaba entrever en nuestras miradas el final de ese encuentro. Yo estaba inquieto por algo que no comprendía. Los latidos del corazón aceleraban su ritmo hasta quemar mi interior. Mis ojos osaban a arrojar alguna lágrima.

¿Qué está ocurriendo?, me preguntaba a mí mismo.

Todos se despedían con besos y abrazos. Había sido una mañana maravillosa, pero yo solo sentía tristeza por llegar al final de otra jornada como tantas que ya habían sucedido. Sin mucha oposición, yo también añadí mis abrazos a la despedida.

Mi mano agarró la suya con toda la fuerza de mi alma. No entendía esa reacción, pero dimos unos pasos compartiendo bromas, como siempre. Llegado el momento de separarnos, mis labios se atrevieron a decir nos vemos pronto. Él sonrió y dijo no, aún nos queda mucho para vernos.

Gasté mis últimas lágrimas.

El manto desapareció. Lo comprendí. Ese encuentro no había sido como otro cualquiera. Era un punto y aparte de una historia en la que él ya no era escritor. Su escribir reposaba ahora en nuestros corazones. En cada uno de nosotros queda ahora continuar este relato a la espera de unirnos de nuevo allá donde sea. Tengo fe de que así será.