Acecha
la noche y con ella la oscuridad. Perturbados se presentan de nuevo ante mí con
palabrería barata. Son diálogos eternos sobre mí, destripando cualquier tema que les
venga en gana. Arrojan comentarios venenosos que se clavan en mi corazón como
flechas lanzadas por los más habilidosos del bosque de Sherwood.
La
tormenta alcanza su momento más álgido de locura. Se destapa la razón de su
retorno: han venido a ayudarme.
Mienten. Voces así solo hacen a uno renunciar a
la cordura. Apenas puedo soportar más tiempo ese espectáculo dantesco, y grito,
grito más alto que ellos. Pero niegan mi vela en ese entierro, vociferando con mayor
intensidad. Es entonces cuando la violencia acude y propino reveses al aire.
Sin embargo, no encuentro destinatario alguno.
Callaos. Dejadme en paz.
Ellos
ríen con innegable desprecio en sus rostros. Su teatro de poca monta parece no
tener fin.
Mi
paciencia se desvanece por completo. Decido encender la lámpara de mi mesilla y
descubro que las voces han quedado silenciadas. No veo a nadie, pero temo que
esos seres estúpidos se hospeden en la penumbra, así que será mejor que la luz
sea mi compañera de viaje esta noche.
Transcurridos
unos minutos, percibo sus voces en la distancia. Se acercan a un ritmo
inhumano. Con cada paso mi respiración se altera más y más. No es posible… Han
regresado.
Era
otra comida familiar más. No alcanza mi memoria a averiguar la razón de ese
encuentro. Tal vez el cumpleaños de uno de nosotros o simplemente la excusa de
juntarnos después de un largo tiempo sin vernos.
Recuerdo
algunas risas del momento. El lugar era de sobra conocido por todos. Había sido
el rincón de mi disfrute durante mis primeros trece o catorce años de vida.
Allí se jugaron partidos interminables de fútbol, se contaron chistes e
historias en noches mágicas, acontecieron aventuras sobre dos ruedas
acompañados por unos ladridos tan queridos, e incluso se celebraron conciertos
de villancicos, dignos de ser alabados por la crítica.
En
aquel momento de júbilo no éramos conscientes del devenir de los años. Parecía
que el tiempo se había detenido en algún instante del carrusel de nuestra vida.
Supongo que se trataba de uno de esos momentos en los que no se da rienda
suelta a la preocupación. Simplemente eres feliz.
Nos
encontrábamos bajo el manto inofensivo de Morfeo. y las manecillas del reloj
continuaban su baile, pero aun no me había dado cuenta. Fue entonces cuando se
dejaba entrever en nuestras miradas el final de ese encuentro. Yo estaba
inquieto por algo que no comprendía. Los
latidos del corazón aceleraban su ritmo hasta quemar mi interior. Mis ojos
osaban a arrojar alguna lágrima.
¿Qué está ocurriendo?, me preguntaba a mí mismo.
Todos
se despedían con besos y abrazos. Había sido una mañana maravillosa, pero yo
solo sentía tristeza por llegar al final de otra jornada como tantas que ya habían
sucedido. Sin mucha oposición, yo también añadí mis abrazos a la despedida.
Mi
mano agarró la suya con toda la fuerza de mi alma. No entendía esa reacción,
pero dimos unos pasos compartiendo bromas, como siempre. Llegado el momento de
separarnos, mis labios se atrevieron a decir nos vemos pronto. Él sonrió y dijo no, aún nos queda mucho
para vernos.
Gasté
mis últimas lágrimas.
El
manto desapareció. Lo comprendí. Ese encuentro no había sido como otro
cualquiera. Era un punto y aparte de una historia en la que él ya no era
escritor. Su escribir reposaba ahora en nuestros corazones. En cada uno de
nosotros queda ahora continuar este relato a la espera de unirnos de nuevo allá
donde sea. Tengo fe de que así será.