lunes, 18 de noviembre de 2013

Ainhoa

Son muchas las personas que dicen que escribo por ti. Creo que tengo que dejar de engañarte, Ainhoa. Si, tú eres la razón de la existencia de mis cartas. Nunca olvidaré aquella tarde lluviosa de otoño. Tus padres habían muerto y no dejabas que nadie se acercara a tu casa. Estabas tan sumida en el caos y en la oscuridad que no me veías a través de tu ventana, empapado por las gotas que azotaban mi cuerpo de manera agresiva. De vez en cuando corrías la cortina para ver si me había ido pero no, no te iba a dejar sola. Tú me necesitabas como yo te necesitaba a ti. Tú necesitabas que yo iluminara tu interior, que mostrara al mundo lo importante que eras para mi. Yo te necesitaba porque quería desahogarme, necesitaba abandonar el mundo sencillo en el que vivía para ir junto a ti al mejor mundo donde tú, Ainhoa, tú eras la protagonista.

Tras horas, abriste la puerta. No estabas muy segura pero algo en tu interior decía que debía entrar a tu casa, que era el momento de crear un nuevo mundo. Los primeros días fueron un tanto desastrosos porque nuestras diferencias dinamitaban nuestra relación. Pero un día me hiciste creer que estábamos en un mundo de fantasía donde el amor y la magia creaban nuestro camino a un destino sin fin. Ahí empezó nuestro viaje en el que parecía que yo había sido ganador de un enorme premio.

Todo parecía tan genial. Casi todos los días me llamabas y cuando no, lo hacía yo. Eran minutos de oro en los que mis ojos y mis manos ganaban fortunas. Acariciaba tu piel mientras pensaba en las aventuras e historias que aún nos quedaban por recorrer. Incluso llegamos a Florencia, aquella ciudad en la que volvimos a nacer, la ciudad donde me volví a enamorar de ti.

Pero maldita la hora en la que decidiste marchar a Madrid a estudiar medicina. Los días sin ti se hacían eternos. Fue un camino en el que acceder a ti era misión imposible. Nuestras llamadas no me llenaban, aquel mundo al que entrabamos cada vez que nos uníamos quedaba apagado. El Sol se ocultaba rápidamente entre montañas extensas, inalcanzables para nuestras manos. No podía sentir, no podía soñar y lo peor de todo, no podía acariciarte.

Volviste a mí. Creo que aún recuerdas el abrazo que te recibió en el aeropuerto. Estabas conmigo y mi amor hacia ti quedó depositado entre mis brazos. Pero he de confesarte algo. Creo que tu amor por mi se elevó hasta el cielo, un cielo azulado que me permitía volar junto a ti a un planeta creado por nuestra imaginación. Ahora sueño como nunca, siento aquella emoción tierna del día que te conocí y sobre todo, ahora acaricio cada poro de tu piel como el pintor que trata de pintar su mejor obra.

Gracias a ti puedo escribir estas líneas. Gracias por estar junto a mí desde que era niño. Gracias por enseñarme a creer en nuevos mundos. Gracias por enseñarme a escribir.

Por cierto, querido lector, Ainhoa no existe. ¿Quieres saber a quién escribo? Te daré una pista: escribe.

2 comentarios:

  1. Espero que algún día escribas una novela, la compraré.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Muchísimas gracias! Ojalá tuviera la ocasión de poder escribir una novela. Sería muy feliz y disfrutaría muchísimo al imaginar y escribir nuevas aventuras. ¡Muchas gracias, de nuevo, por tu comentario!

      Eliminar