UNA HISTORIA PARA EL VIENTO
Los
primeros rayos de sol de aquel día se dejaban ver por la ciudad italiana.
Florencia se despertó risueña de nuevo, sin ningún atisbo de tormenta y el azul
pintaba el cielo de un día que había sido esperado por un joven universitario
durante mucho tiempo.
Alberto, que así se llamaba, llegó con la salida del sol a la plaza de Miguel Ángel.
Aquella plaza era recomendada para cualquier turista que acabara de llegar a la
ciudad. Desde allí se podía ver una majestuosa imagen de Florencia, bañada por
el río Arno y en la que destacaba un edificio sobre los demás: la catedral de
Santa María del Fiore. Su enorme cúpula naranja era inconfundible.
El chico contempló aquella estampa, cerró los ojos y respiró la
brisa matutina. A lo lejos se escuchaban el ir y venir de coches en la ciudad
sin destino aparente junto con voces lejanas que se iban perdiendo en el aire. Alberto
parecía algo cansado por el largo viaje, así que decidió tomar asiento en uno
de los bancos de piedra que rodeaban a una imponente figura en el centro de la
plaza. Era una replica de bronce del David de Miguel Ángel que le traía muchos
recuerdos a Alberto.
Alberto sacó una botella de agua de la mochila que llevaba a su
espalda para hidratarse. Al parecer por los roces, se notaba que esa mochila
había viajado más de una vez con él. Hacía mucho calor por lo que también se quitó
la gorra para limpiar su sudor y dejó la mochila en el suelo. El chico resopló
y miró al cielo. Habían pasado dos años desde aquel viaje…
-Ojalá estuvieras aquí. Te contaría la historia que me cambió
para siempre, en la que sentí dolor y tristeza. Ojalá estuvieras aquí, pero
para no perder la costumbre, contaré nuestra historia para que el viento lleve
mis palabras hasta ti, allá donde estés…
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