Levanto la mirada y ahí me espera otra cuesta más. La bicicleta empieza a temblar. Mis piernas no sostienen el equilibrio. Dejé de contar las cuestas cuando superé la número diez, aquella en la que vi bajar a un grupo de ciclistas algo asustados. La altura iba abandonando a los árboles poco a poco y la dificultad se intensificaba.
Pero esta cuesta parece ser la última porque no logro ver más allá del camino, solo el cielo azulado. Un cielo que parece caer sobre mis hombros a cada pedalada que doy. ¿Es que no quiere que llegue hoy?
Mi cuerpo pesa. Mi cuello recibe pinchazos de enemigos invisibles. Es hora de cambiar de postura, así que me levanto del sillín y doy nuevamente pedaladas,
Ya está, he llegado a la ci...¡No puede ser! Una larga llanura me separa de la verdadera cima por lo que tendré que detenerme un momento en el frágil banco de madera que veo cerca de mí. Con un barranco ante mis pies, dejo mi bicicleta apoyada en el banco y decido retomar el aliento.
La cara comienza a recibir el viento de cara, lo cual me reconforta. Mi respiración se calma y mis latidos vuelven a la normalidad. No pueden decir lo mismo mis piernas porque no dejan de temblar. Supongo que con un par de minutos bastará.
Durante ese tiempo mantengo mis ojos sobre el camino que me separa de mi destino. Y, aunque no lo parezca, mi cuerpo me habla de vez en cuando en forma de temblores. No quiere seguir, quiere volver por donde he venido, cuesta abajo y regresar a casa. Si, es un camino fácil. Demasiado, añadiría yo.
El viento me ataca con especial violencia. Es un viento frío, muy frío. Es un aviso, tengo que marchar. Es hora de pedalear...pero, ¿hacia mi casa o hacia la cima?
1...2...3. Mi corazón ha hablado. Seguimos adelante.
Me subo a la bicicleta, bebo un trago de agua y comienza de nuevo el pedaleo. Sin mucha dificultad, alcanzo una gran velocidad. Me acompaña el calor soportable del sol en un paisaje llano. No tardaré en llegar a la falda de la nueva cima, así que disfruto del camino y de la brisa fresca.
Mis piernas están disfrutando...¡Qué ilusas!
Si, he llegado al comienzo de la cuesta. La última. Calculo que será un kilómetro con el mismo desnivel, un rompe piernas.
Ya empiezo a tener miedo. Ya empiezo a maldecirme a mi mismo. ¿Por qué lo estoy haciendo?
Hay muchas razones pero las estoy olvidando por la intensidad.
Subo sin mirar hacia delante. Solo miro al suelo, mientras canturreo alguna melodía de la que ni recuerdo el nombre del cantante. Que mas da, solo quiero distraerme.
El sonido de mi respiración suena como si fuera una tormenta. Aparto una mano del manillar para tocar mi cuello y conocer el número de pulsaciones. Son demasiadas para hacer la cuenta. Tengo que bajar la intensidad de las pedaladas porque los piñones y los platos no se pueden cambiar más.
Las ruedas de la bici aprietan con fuerza el suelo pedregoso. Las piedras van saltando por el aire a mi paso.
Me limpio el sudor de la cabeza. El silencio de mi alrededor me atormenta.
No puedo más, no siento ningún ápice de mi cuerpo. Solo mi corazón y mi cabeza son los encargados de desplazar las dos ruedas. Todas mis extremidades desean bajar de la bicicleta. Cierro los ojos y cae la primera lágrima...
Abro los ojos y miro hacia atrás, hasta lo más bajo del camino recorrido. Mi boca sonríe a pesar de las lágrimas. Veo el principio tan lejos que me siento liviano, muy ligero. Si he sido capaz de superarlo, ¿cómo no voy a ser capaz de llegar a la cima?
Miro hacia delante. No queda mucho, solo tengo que mantener la calma y seguir pedaleando. Así de simple y con lo que me encanta la sencillez de las cosas, esto va a ser pan comido.
Estoy a punto de conseguirlo:
Cinco pedaladas
Cuatro pedaladas
Tres pedaladas
Dos pedaladas
Una pedalada
Mis ojos estallan por la alegría de vivir este momento. Tiemblo de emoción. Soy feliz
Cero pedaladas
Lo he conseguido
Lanzo la bicicleta al suelo y me quedo de pie ante las extensas vistas que ven mis ojos. Atrás queda dolor y sufrimiento. Aquí estoy feliz porque ahora recuerdo la razón por la que estoy aquí.
Doy media vuelta y descubro un pequeño camino escondido. Es un camino muy largo cuyo final se pierde entre las nubes. ¿Una nueva cima? Es posible, pero está anocheciendo. Es hora de volver a casa y disfrutar de lo que he conseguido.
Quizá la próxima semana vuelva y llegue a esa cima. Puede que así siga cumpliendo mi deseo pero ese es mi pequeño gran secreto. Que quede entre tú y yo, querida amiga.





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