martes, 18 de febrero de 2014

La historia de una muñeca

Querida Pam


He decidido cambiar el frió ruso de Moscú por el el tiempo veraniego de Murcia. Si, Pam, estoy en España. Ha sido un viaje muy largo en tren pero si te digo la verdad, me ha servido de mucho. Al haber estado tanto tiempo sola con mis pensamientos mientras miles de paisajes volaban ante mis ojos, me di cuenta de una cosa: eres aún más importante de lo que en las anteriores cartas te había escrito.

Durante mi tiempo en el vagón del tren, recordaba el momento en el que llegué a tu vida. Tu madre me llevaba en sus brazos durante todo el camino hasta tu casa, sin sentir el miedo que yo tenía en mi interior. Los comienzos siempre dan un poco de miedo, no sabía a quién iba a encontrar al entrar por la puerta de la que sería mi casa. Me sentía muy sola, Pam.

Me dejaron junto a ti en tu cuna. Según escuché decir a tu madre, habías nacido unas semanas antes a cuando llegué. Y allí estábamos tú y yo, solas, mientras el silencio se entrecortaba con tu leve respirar. Estabas tan guapa cuando dormías que yo me sentía muy tranquila al verte. Abriste los ojos algo extrañada porque nunca me habías visto. Era una desconocida para ti y apenas me mirabas a los ojos, haciendo que cada día me sintiera peor porque nadie me quería. Deseaba desaparecer de allí.

Pero una noche lluviosa hizo que todo cambiara. En aquella noche temblabas de miedo y no parabas quieta hasta que me abrazaste con tus delicados brazos. Sentí el calor de tus brazos y noté cómo tus pulsaciones se calmaron. Las dos dormimos plácidamente hasta que despertaste. Fue la primera vez que te vi sonreír. Parecía que me agradecías lo que había hecho la noche anterior pero, en realidad, Pam, fuiste tú la que me ayudó. Me enseñaste a sonreír.

No lo notarás pero mientras escribo estas líneas, no dejo de sonreír. Y es imposible evitarlo al estar en lo alto de la torre de la Catedral de Murcia, desde donde estoy viendo toda la ciudad. Ojalá tengas ocasión de visitarla cuando seas mayor porque es preciosa. Si vieras la manera en la que se iluminan las plazas de la ciudad cuando el sol calienta, te sorprendería ver a las gentes de este lugar al llegar a la plaza llamada "La plaza de las flores" Allí te sentirías muy a gusto, ¿sabes por qué? Porque las personas que acuden a este lugar, no dejan de gritar de júbilo ni de sonreír, como siempre haces tú. Ay, es una ciudad tan viva... 

Bueno Pam, te tengo que dejar porque aún me queda mucho que disfrutar de esta pequeña ciudad. Me quedaré un tiempo por aquí hasta que decida mi próximo destino. Creo que será Atenas pero como mi mente viajera puede cambiar tan rápido, nunca se sabe que me deparará el mañana.

Un abrazo enorme de tu amiga

Lucy

PD: No dejes de sonreír, por favor.

Se trata de una carta que he escrito para una asignatura de la universidad, basándome en la obra  "Kafka y la muñeca viajera", una obra excelente de Jordi Sierra i Fabra. Os invito a que leais el libro porque es muy interesante y emocionante.

domingo, 9 de febrero de 2014

La razón de mi escritura

Escribir no es una acción que pase desapercibida en nuestro día a día. Cuando le otorgamos un toque literario, escribir se convierte en algo que deja huella al escritor. Esta acción paraliza por completo el día y hace que todos nuestros sentidos se centren en lo que le va a ocurrir a un lápiz y a una hoja de papel. Pero escribir requiere de algo más  que estos utensilios tan utilizados en la historia. No es solo hacer bailar el grafito sobre una fina lámina blanca. Escribir significa dejar impregnada una parte de ti sobre el papel. Simplemente es dejar que tu corazón tome el control del lápiz, siguiendo las órdenes de tus pensamientos pero también de tu imaginación, de mucha imaginación.

La fuente de imaginación empieza a funcionar en la infancia, y es durante esa época, como dice Matute, cuando aparecen las primeras motivaciones por conocer el mundo que te rodea pero también por el mundo que desearías que fuera. El juego, la televisión y el entorno social desarrollaron en mi infancia la necesidad de imaginar, de crear personajes mientras yo imaginaba ser un superhéroe, un caballero medieval, un deportista de élite o un detective. Era la manera de romper con el mundo creado, de romper con la problemática de mi alrededor, nexo que, según Matute, une a los escritores. Por tanto, la necesidad de ser el creador de una historia en un mundo diferente hizo que tuviera que escribir.

Los primeros cuentos siempre se quedaban a medio. Caballeros que no llegaban a salvar a su amada, superhéroes que no terminaban de vencer a los malvados y un largo etcétera que no concluía. Los comienzos fueron complicados pero lo curioso fue ver como mi primer cuento escrito cuando tenía unos siete u ocho años, narraba la historia de dos enormes dinosaurios hermanos que tenían ganas de ir de aventuras por el mundo.

Pero poco a poco, los cuentos fueron tomando contrastes más aventureros a la par que cómicos, fruto del comienzo de mi interés por la lectura de cómics. Tintin, Asterix, Lucky Luke o Mortadelo, son algunos de los personajes que ocupaban la estantería de mi habitación. Su lectura sencilla y amena hacía que cada noche acabara con una aventura y que cada despertar supusiera el comienzo de una nueva aventura, ya fuera por escrito o a través de un juego.

El tiempo pasaba y la lectura obtenía un carácter más serio pero sin dejar de lado a las tiras cómicas con las que tan buenos momentos había pasado en mi comienzo como lector. Novelas como las de Harry Potter, las de El Señor de los Anillos o las de Sherlock Holmes dotaron de mayor fantasía e intriga a mis escritos de mi adolescencia. Todo lo relacionado con el misterio sería lo que causaría mi entrada completa en el mundo de la escritura. Serían las andanzas de un joven detective las que darían comienzo al nacimiento de mi primera novela. Una novela que contará la vida de todo un criminólogo que se convertirá en el mejor del mundo en investigación y al que trataré de escribirle su larga vida a través de siete novelas, las cuales, seguramente, me acompañarán toda mi vida.

Es en este momento cuando empieza mi afán por leer libros con el fin de conocer cómo son las personas y cómo se mueve el mundo en manos “antroponcentristas”. Siento la necesidad de estudiar diferentes formas de vida para mostrar distintas personalidades de los personajes en mis novelas. Pero en realidad esto empieza a quedar en segundo plano conforme voy viendo que los libros tienen valores y lecciones inmersas en cada página que nos ayudan a vivir y a ver la vida desde otras perspectivas. “Nada” de Janne Teller o “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder, son algunas novelas que fueron fortaleciendo mi pensamiento crítico sobre la vida y la sociedad.

Actualmente, he dejado aparcadas mis novelas para escribir reflexiones sobre la vida. Para ello me he inspirado en cuentos de Jorge Bucay o en las novelas deportivas de Kilian Jornet, las cuales me han mostrado la magia de la escritura. Ya no escribo con la cabeza como tal. Ahora es mi corazón el que transmite todos mis pensamientos o sensaciones en el papel. Cuentos con moraleja o reflexiones personales son escritas ahora por mi con el mayor de los cuidados, como si estuviera acariciando con mis palabras a la persona que más aprecio.

Al sentir cada palabra escrita, encuentro la soledad mencionada por Ana María Matute. El estado en el que entro me hace olvidar mi alrededor. Pero es una soledad paradójica, por llamarla de alguna manera, pues me siento acompañado por decenas de sensaciones, por centenares de personajes y por miles de aventuras. Es un estado en el que disfruto, un estado en el que siento placer al ver cómo mis palabras empiezan a bailar al son de la musicalidad de la imaginación. Quizá nunca llegue a ser un buen escritor pero lo que disfruto escribiendo no me lo arrancará nadie en este mundo.

Está claro que a esta “simbiosis” lectura-escritura le quedan muchos kilómetros por recorrer en mi vida. Aún no he llegado a vivir un cuarto de mi vida y me queda mucho que leer y escribir pero sobre todo, que sentir. Como consecuencia de que nuestra imaginación empieza a decaer conforme vamos creciendo, son nuestras sensaciones las que reflotan la necesidad por escribir, la necesidad de reinventar nuestra imaginación.

Mi deseo sería mantener mi interés por escribir, avanzar por nuevos mundos literarios con el fin de conocerme a mi mismo. Pero también quiero ser capaz de volar a otras mentes literarias que muestran sus deseos o sus mundos en sus libros.

De esta manera quiero encontrar el equilibrio entre la escritura y la lectura. Mi hoja de ruta para el futuro consiste en acabar todas las novelas que tengo programadas, escribir cuentos cortos en los que plasme mis sentimientos y leer infinidad de libros de autores de gran renombre o desconocidos por el mundo. Todo ello con el fin de conseguir transmitir a mis futuros alumnos mi interés por los libros. Deseo que cuando imparta clase, yo sea capaz de entregar a mis alumnos billetes de viaje a tierras lejanas haciendo uso de dos medios de transporte: una hoja de papel en blanco con un lápiz, o un libro. Si consigo que un alumno prepare sus maletas para disfrutar del viaje, seré feliz.

viernes, 7 de febrero de 2014

Una vida montañera

Es larga la lista de libros que se abren a lo largo de la vida. El infinito no deja ver el final de la lista. Pero no, con mi libro de artista no me refiero a libros con letras, con imágenes; a esos que podemos encontrar en una biblioteca. Cuando hablo de libros, me refiero a una emoción, un momento o una persona que podemos encontrar a lo largo y ancho de nuestra vida. Todo cuenta y todo nos hace vivir experiencias únicas, como si de un libro escrito por los grandes literarios de la literatura se tratara. Al leer grandes obras, pensamos en el juego magistral que hacen los autores con sus palabras, con sus descripciones y con sus personajes.

Pero esta realidad no queda anclada al mundo literario. En el mundo artístico también podemos sentir el juego de elementos que son creados por el propio artista a partir de su imaginación. Los álgidos pasos de un baile, los grandes paisajes pintados por los pintores más aclamados, el músico que crea las partituras más complejas y a la vez más bellas para nuestros oídos…

Pienso que un libro es un mundo. Un mundo habitado por centenares de elementos que lo conforman. No somos conscientes de que en nuestra vida, a nuestro alrededor, se escribe una historia. Es posible que para algunos sea el destino el que escribe nuestra vida pero me gusta pensar que, a veces, somos como pinceles que pintan sobre un lienzo en blanco. Un lienzo en blanco al que yo llamo vida, que llenamos de musicalidad, de belleza y de alegría, como los artistas más grandes, al rodearnos de personas a las que queremos y que nos acompañan por los pasajes de nuestro lienzo mientras vamos sintiendo emociones que nos brinda esa vida.

Es por eso que logro ver en la vida una sinfonía creada por nuestras notas musicales o pasos que dejamos al caminar, un cuadro donde los colores los ponemos nosotros con las emociones que sentimos, y un baile en el que los movimientos van aumentando de dificultad al igual que cuando vamos pasando de etapas en nuestra vida.

Al ver que toda expresión artística se puede relacionar y encontrar una analogía con la vida, he querido representarla a través de un lienzo en blanco. Pero la vida está llena de altibajos por lo que el lienzo no será representado por el tradicional utilizado por los pintores sino que quedará representado por una montaña en la cual cada pico representará un momento importante en nuestras vidas.

Y como en todo recorrido, quedan unos pasos. Pasos que dejamos sin seguir normas, viviendo libremente, escogiendo y sintiendo todo aquello que deseamos aunque el destino los quiera dejar atrás. A pesar de todas las riquezas que podamos encontrar y alcanzar a lo largo de nuestra vida, el único tesoro que encontraremos a las puertas del último mar son los recuerdos y las emociones vividas junto a las personas que nos han ayudado a dar cada paso. Familiares, amigos, maestros o ídolos se convierten en nuestra fuente de inspiración que, como diría Pablo Picasso, siempre queremos que nos encuentren escribiendo nuestra historia. Que nos encuentren viviendo.

Por tanto, todo lo aprendido en vida queda almacenado en nuestro corazón, en un cofre que quedará enterrado a la orilla del mar rememorando a aquellos antiguos piratas que enterraban sus tesoros en playas paradisíacas. Allí, en la orilla, quedan depositadas las partes de nuestra vida, todo lo que somos y todo lo que hemos aprendido porque, a fin de cuentas, el mejor libro que hemos leído es la vida.