Escribir no es una acción que pase desapercibida en nuestro día a día. Cuando le otorgamos un toque literario, escribir se convierte en algo que deja huella al escritor. Esta acción paraliza por completo el día y hace que todos nuestros sentidos se centren en lo que le va a ocurrir a un lápiz y a una hoja de papel. Pero escribir requiere de algo más que estos utensilios tan utilizados en la historia. No es solo hacer bailar el grafito sobre una fina lámina blanca. Escribir significa dejar impregnada una parte de ti sobre el papel. Simplemente es dejar que tu corazón tome el control del lápiz, siguiendo las órdenes de tus pensamientos pero también de tu imaginación, de mucha imaginación.
La fuente de imaginación empieza a funcionar en la infancia, y es durante esa época, como dice Matute, cuando aparecen las primeras motivaciones por conocer el mundo que te rodea pero también por el mundo que desearías que fuera. El juego, la televisión y el entorno social desarrollaron en mi infancia la necesidad de imaginar, de crear personajes mientras yo imaginaba ser un superhéroe, un caballero medieval, un deportista de élite o un detective. Era la manera de romper con el mundo creado, de romper con la problemática de mi alrededor, nexo que, según Matute, une a los escritores. Por tanto, la necesidad de ser el creador de una historia en un mundo diferente hizo que tuviera que escribir.
Los primeros cuentos siempre se quedaban a medio. Caballeros que no llegaban a salvar a su amada, superhéroes que no terminaban de vencer a los malvados y un largo etcétera que no concluía. Los comienzos fueron complicados pero lo curioso fue ver como mi primer cuento escrito cuando tenía unos siete u ocho años, narraba la historia de dos enormes dinosaurios hermanos que tenían ganas de ir de aventuras por el mundo.
Pero poco a poco, los cuentos fueron tomando contrastes más aventureros a la par que cómicos, fruto del comienzo de mi interés por la lectura de cómics. Tintin, Asterix, Lucky Luke o Mortadelo, son algunos de los personajes que ocupaban la estantería de mi habitación. Su lectura sencilla y amena hacía que cada noche acabara con una aventura y que cada despertar supusiera el comienzo de una nueva aventura, ya fuera por escrito o a través de un juego.
El tiempo pasaba y la lectura obtenía un carácter más serio pero sin dejar de lado a las tiras cómicas con las que tan buenos momentos había pasado en mi comienzo como lector. Novelas como las de Harry Potter, las de El Señor de los Anillos o las de Sherlock Holmes dotaron de mayor fantasía e intriga a mis escritos de mi adolescencia. Todo lo relacionado con el misterio sería lo que causaría mi entrada completa en el mundo de la escritura. Serían las andanzas de un joven detective las que darían comienzo al nacimiento de mi primera novela. Una novela que contará la vida de todo un criminólogo que se convertirá en el mejor del mundo en investigación y al que trataré de escribirle su larga vida a través de siete novelas, las cuales, seguramente, me acompañarán toda mi vida.
Es en este momento cuando empieza mi afán por leer libros con el fin de conocer cómo son las personas y cómo se mueve el mundo en manos “antroponcentristas”. Siento la necesidad de estudiar diferentes formas de vida para mostrar distintas personalidades de los personajes en mis novelas. Pero en realidad esto empieza a quedar en segundo plano conforme voy viendo que los libros tienen valores y lecciones inmersas en cada página que nos ayudan a vivir y a ver la vida desde otras perspectivas. “Nada” de Janne Teller o “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder, son algunas novelas que fueron fortaleciendo mi pensamiento crítico sobre la vida y la sociedad.
Actualmente, he dejado aparcadas mis novelas para escribir reflexiones sobre la vida. Para ello me he inspirado en cuentos de Jorge Bucay o en las novelas deportivas de Kilian Jornet, las cuales me han mostrado la magia de la escritura. Ya no escribo con la cabeza como tal. Ahora es mi corazón el que transmite todos mis pensamientos o sensaciones en el papel. Cuentos con moraleja o reflexiones personales son escritas ahora por mi con el mayor de los cuidados, como si estuviera acariciando con mis palabras a la persona que más aprecio.
Al sentir cada palabra escrita, encuentro la soledad mencionada por Ana María Matute. El estado en el que entro me hace olvidar mi alrededor. Pero es una soledad paradójica, por llamarla de alguna manera, pues me siento acompañado por decenas de sensaciones, por centenares de personajes y por miles de aventuras. Es un estado en el que disfruto, un estado en el que siento placer al ver cómo mis palabras empiezan a bailar al son de la musicalidad de la imaginación. Quizá nunca llegue a ser un buen escritor pero lo que disfruto escribiendo no me lo arrancará nadie en este mundo.
Está claro que a esta “simbiosis” lectura-escritura le quedan muchos kilómetros por recorrer en mi vida. Aún no he llegado a vivir un cuarto de mi vida y me queda mucho que leer y escribir pero sobre todo, que sentir. Como consecuencia de que nuestra imaginación empieza a decaer conforme vamos creciendo, son nuestras sensaciones las que reflotan la necesidad por escribir, la necesidad de reinventar nuestra imaginación.
Mi deseo sería mantener mi interés por escribir, avanzar por nuevos mundos literarios con el fin de conocerme a mi mismo. Pero también quiero ser capaz de volar a otras mentes literarias que muestran sus deseos o sus mundos en sus libros.
De esta manera quiero encontrar el equilibrio entre la escritura y la lectura. Mi hoja de ruta para el futuro consiste en acabar todas las novelas que tengo programadas, escribir cuentos cortos en los que plasme mis sentimientos y leer infinidad de libros de autores de gran renombre o desconocidos por el mundo. Todo ello con el fin de conseguir transmitir a mis futuros alumnos mi interés por los libros. Deseo que cuando imparta clase, yo sea capaz de entregar a mis alumnos billetes de viaje a tierras lejanas haciendo uso de dos medios de transporte: una hoja de papel en blanco con un lápiz, o un libro. Si consigo que un alumno prepare sus maletas para disfrutar del viaje, seré feliz.
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