Fue la quinta vez que Leire escuchó esa frase aquella mañana. Su cuerpo estaba totalmente paralizado y las lágrimas le habían estropeado el maquillaje que tanto había preparado para ver a Lucas. Cayó rendida de rodillas al suelo, sollozando sin parar.
Se había marchado lo único que le importaba en la vida, lo único que le hacía sonreír, la razón por la que madrugaba día tras día para encontrar el billete en su mesilla y saber que aún no había despertado del sueño que era su amor por él.
Sus sueños nocturnos habían presagiado su futuro. Su cuerpo empezaba a sentir pinchazos en varias partes conforme iba recordando cada sueño que había tenido. No podía contener las lágrimas, su tristeza era infinita y su tren no volvería a partir.
Ya no importaba su nuevo trabajo en África, ya no importaba escribir, ya no existía nada en su mundo. Su vida se había convertido en una pesadilla.
La gente
del andén estaba atónita al ver semejante tristeza. Nadie se acercó hasta que
una persona no soportó más la tensión y se aproximó a Leire. Se agachó y le
dejó algo que no pudo ser visto por las personas que se encontraban presentes,
pero que parecía un especie de papel.
Leire comenzó a dejar de llorar y miró hacia el papel. Era un billete de cinco euros.
-La última vez que te vi llorar fue porque necesitabas un billete de cinco euros.
Los ojos de Leire se abrieron como platos, su corazón se activó al cien por cien y su respiración cambió bruscamente.
-Imbécil, imbécil, imbécil... -murmuró Leire en voz baja mirando hacia el frente.
Se levantó de manera efusiva y dio tal abrazo al chico que los dos cayeron sobre el andén.
-¡Ten cuidado, Leire! ¡Creo que tengo el tobillo medio roto! -dijo Lucas señalando una muleta que había caído tras el abrazo.
-¡Idiota, crees que me importa eso ahora! -gritó Leire.
La joven empezó a dar golpes de impotencia en el pecho de Lucas. Este le abrazó y sintió un temblor en su propio cuerpo provocado por las vibraciones de los llantos de Leire que poco a poco fueron diluyéndose. La chica apartó los brazos de su novio.
-Creía que estabas muerto -dijo Leire aún con alguna lágrima en sus mejillas totalmente rojas.
-Por un momento, yo también pensé que iba a morir -contestó Lucas secando las mejillas de Leire con la mano-. Me torcí el tobillo y caí a la vía. Escuché la bocina de un tren a toda máquina llegar a la estación, pero en el último instante, cambió de vía.
Lucas hizo una pausa para tomar aire.
-¿Recuerdas al chico grafitero que chocó con nosotros cuando nos vimos en Murcia?
Lucas hizo una pausa para tomar aire.
-¿Recuerdas al chico grafitero que chocó con nosotros cuando nos vimos en Murcia?
-Si.
-Pues...verás. fue a él al que arrolló el tren. Escapaba de un guardia y...bueno, puedes imaginarte el final.
Leire arrimó su boca a la cara de Lucas y empezó a besarla por todas partes como una abuela a su querido nieto.
-Idiota, no vuelvas a hacer algo así -dijo sin aliento-. ¿Dónde tenías el maldito móvil?
-Lo siento, cariño. Con la discusión que tuvimos, se me olvidó cargar el móvil y he pasado todo el tiempo hasta ahora en el centro de salud tratando mi tobillo. Me enteré de lo que le había ocurrido al grafitero cuando llegó la ambulancia con su cuerpo...Es horrible.
Al ver que Lucas se entristecía, Leire respiró profundamente y le acarició la frente.
Al ver que Lucas se entristecía, Leire respiró profundamente y le acarició la frente.
-Quedémonos con lo bueno, estás aquí conmigo.
-Si, pero por favor, sentémonos en otro lugar, me estás haciendo polvo la pierna.
Leire levantó a Lucas con cuidado y lo sentó en un banco del andén, igual que la última vez. La gente del pueblo se alejaba de aquella escena para seguir con su rutina.
-Creo que hay una pregunta que aún no has contestado, Leire -dijo Lucas recordando el graffiti que había pintado.
La chica se puso nerviosa. Sus mejillas seguían con el mismo color rosado, pero esta vez era por el rubor de la pregunta. Había sentido tantas sensaciones diferentes, que los nervios afloraban por su piel.
-Si, quiero.
Los dos se besaron
dulcemente durante un largo tiempo y se fundieron en un profundo abrazo durante
un rato. Leire reposó su cabeza sobre el hombro de Lucas y se quedaron sentados
viendo pasar el tiempo. Un tiempo que para ellos se había detenido. Leire
estaba de vuelta en su preciado sueño.
-No voy a irme a África, quiero estar contigo, Lucas.
El chico rodeó el cuerpo de Leire con su brazo izquierdo y apoyó su cabeza con la de ella.
-¿Qué te parece si hacemos un largo viaje antes de casarnos?
-Yo encantada. Eso si, no pienso volver a coger un tren en mi vida.
-De acuerdo -dijo Lucas riendo-, daremos la vuelta al mundo en barco.
-¡Me apunto! -sonrió Leire-, pero para ese viaje necesitaremos más de un billete de cinco euros...
FIN