martes, 2 de septiembre de 2014

Ellos viajaban en tren I: Epílogo

-El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

Fue la quinta vez que Leire escuchó esa frase aquella mañana. Su cuerpo estaba totalmente paralizado y las lágrimas le habían estropeado el maquillaje que tanto había preparado para ver a Lucas. Cayó rendida de rodillas al suelo, sollozando sin parar.

Se había marchado lo único que le importaba en la vida, lo único que le hacía sonreír, la razón por la que madrugaba día tras día para encontrar el billete en su mesilla y saber que aún no había despertado del sueño que era su amor por él.

Sus sueños nocturnos habían presagiado su futuro. Su cuerpo empezaba a sentir pinchazos en varias partes conforme iba recordando cada sueño que había tenido. No podía contener las lágrimas, su tristeza era infinita y su tren no volvería a partir.

Ya no importaba su nuevo trabajo en África, ya no importaba escribir, ya no existía nada en su mundo. Su vida se había convertido en una pesadilla.

La gente del andén estaba atónita al ver semejante tristeza. Nadie se acercó hasta que una persona no soportó más la tensión y se aproximó a Leire. Se agachó y le dejó algo que no pudo ser visto por las personas que se encontraban presentes, pero que parecía un especie de papel.

Leire comenzó a dejar de llorar y miró hacia el papel. Era un billete de cinco euros.

-La última vez que te vi llorar fue porque necesitabas un billete de cinco euros.

Los ojos de Leire se abrieron como platos, su corazón se activó al cien por cien y su respiración cambió bruscamente.

-Imbécil, imbécil, imbécil... -murmuró Leire en voz baja mirando hacia el frente.

Se levantó de manera efusiva y dio tal abrazo al chico que los dos cayeron sobre el andén.

-¡Ten cuidado, Leire! ¡Creo que tengo el tobillo medio roto! -dijo Lucas señalando una muleta que había caído tras el abrazo.

-¡Idiota, crees que me importa eso ahora! -gritó Leire.

La joven empezó a dar golpes de impotencia en el pecho de Lucas. Este le abrazó y sintió un temblor en su propio cuerpo provocado por las vibraciones de los llantos de Leire que poco a poco fueron diluyéndose. La chica apartó los brazos de su novio.

-Creía que estabas muerto -dijo Leire aún con alguna lágrima en sus mejillas totalmente rojas. 

-Por un momento, yo también pensé que iba a morir -contestó Lucas secando las mejillas de Leire con la mano-. Me torcí el tobillo y caí a la vía. Escuché la bocina de un tren a toda máquina llegar a la estación, pero en el último instante, cambió de vía.

Lucas hizo una pausa para tomar aire.

-¿Recuerdas al chico grafitero que chocó con nosotros cuando nos vimos en Murcia?

-Si.

-Pues...verás. fue a él al que arrolló el tren. Escapaba de un guardia y...bueno, puedes imaginarte el final.

Leire arrimó su boca a la cara de Lucas y empezó a besarla por todas partes como una abuela a su querido nieto.

-Idiota, no vuelvas a hacer algo así -dijo sin aliento-. ¿Dónde tenías el maldito móvil?

-Lo siento, cariño. Con la discusión que tuvimos, se me olvidó cargar el móvil y he pasado todo el tiempo hasta ahora en el centro de salud tratando mi tobillo. Me enteré de lo que le había ocurrido al grafitero cuando llegó la ambulancia con su cuerpo...Es horrible.

Al ver que Lucas se entristecía, Leire respiró profundamente y le acarició la frente.

-Quedémonos con lo bueno, estás aquí conmigo.

-Si, pero por favor, sentémonos en otro lugar, me estás haciendo polvo la pierna.

Leire levantó a Lucas con cuidado y lo sentó en un banco del andén, igual que la última vez. La gente del pueblo se alejaba de aquella escena para seguir con su rutina.

-Creo que hay una pregunta que aún no has contestado, Leire -dijo Lucas recordando el graffiti que había pintado.

La chica se puso nerviosa. Sus mejillas seguían con el mismo color rosado, pero esta vez era por el rubor de la pregunta. Había sentido tantas sensaciones diferentes, que los nervios afloraban por su piel.

-Si, quiero.

Los dos se besaron dulcemente durante un largo tiempo y se fundieron en un profundo abrazo durante un rato. Leire reposó su cabeza sobre el hombro de Lucas y se quedaron sentados viendo pasar el tiempo. Un tiempo que para ellos se había detenido. Leire estaba de vuelta en su preciado sueño.

-No voy a irme a África, quiero estar contigo, Lucas.

El chico rodeó el cuerpo de Leire con su brazo izquierdo y apoyó su cabeza con la de ella.

-¿Qué te parece si hacemos un largo viaje antes de casarnos?

-Yo encantada. Eso si, no pienso volver a coger un tren en mi vida.

-De acuerdo -dijo Lucas riendo-, daremos la vuelta al mundo en barco.

-¡Me apunto! -sonrió Leire-, pero para ese viaje necesitaremos más de un billete de cinco euros...

FIN

Él viaja en tren I

Me despierto en la cama sin poder respirar, totalmente asustada por otro sueño más. Últimamente estoy teniendo unos sueños muy feos. En todos ellos pierdo a Lucas tras un accidente de tren al intentar salvarme. Enumerar las formas en las que lo he visto morir en sueños no me bastaría con mis dedos de las manos. Con mis propias manos quisiera agarrarle antes de verle cerrar los ojos para siempre en mis sueños. Mi respiración tiende a estabilizarse poco a poco.

Me quedo acostada en la cama. Al sentir que Lucas se ha marchado temprano, como siempre, aprovecho para ocupar toda la cama. Sé que aún quedan unos minutos para que suene el despertador así que aprovecho para pensar en qué decirle para que todo vuelva a ser como antes. Mira que es testarudo, le cuesta ver las cosas. Tengo que ser yo la que tire del carro siempre y una muestra fue que si no llega a ser por mi insistencia, Lucas no habría cumplido su sueño de ir por todo el mundo. Él tenía mucho miedo.

El mismo miedo que le hizo estar tanto tiempo sin llamarme durante los dos años que estuvimos sin vernos, habiéndole dado yo mi número de teléfono. No quiere que le saque el tema nunca más por lo que el muy idiota se quedará sin saber que yo era su mayor fan cuando estaba trabajando en Inglaterra. Compraba todos los periódicos en los que escribía, le escuchaba por la radio e incluso hubo alguna vez que lo pude ver por televisión entrevistando a un jugador. No me perdía una y conforme pasaba el tiempo, más me atraía él. Le veía disfrutar tanto con su sonrisa juguetona a través de la tele, que una amiga me convenció para que fuera a Inglaterra a verle.

Al bajar del avión en el aeropuerto de Oxford, tengo que reconocer que empecé a estar muy nerviosa. ¿Y si no me había llamado porque no le gustaba? ¿Y si lo primero que dijera al verme fuera que yo era una descerebrada? Pero mi amiga insistió para que fuera, aprovechando que ella vivía allí. Cuando terminaba algún partido en Londres, yo le esperaba en la puerta y cuando salía, le seguía. Con el paso de los días, empecé a pensar que él me evitaba. Yo no podía seguir así y necesitaba decirle lo que sentía.

Por eso me encontré con él en el tren yendo a Oxford. Era mi última oportunidad. O me quería o me iba, era simple y duro a la vez. Pero el estúpido...mi estúpido, no había leído el papel que le entregué. Decidí esperarle sentada en el banco de la estación, como hice la última vez,  pensando que esa vez si leería la nota, pero él no vino. Me enfadé tanto que no quise volver a hablar con él. Apagué el móvil.

Mi hermano fue mi único refugio cuando regresé a Murcia. Me animó todos los días e hizo que sonriera porque siempre me decía que alguien me encontraría algún día y que mientras tanto fuera feliz por vivir. No fue fácil, en estas condiciones siempre es sencillo hablar, pero hacerlo es otra cosa. "Alguien vendrá" decía y a mí sólo me venía Lucas a la cabeza. Y vino. Vino de casualidad, si, pero vino. Mi hermano y yo fuimos a visitar a mi abuela a Cieza y al volver, no me podía creer lo que estaba viendo. Él en el mismo tren que yo. Mi hermano me estuvo animando, me hacía reír durante el viaje, pero yo decidí dormir hasta llegar a nuestra estación. Cuando llegamos, fue mi hermano el que me dijo que no intentara quedarme sentada en el banco esperando a Lucas, que sería una perdida de tiempo. Le dije que se fuera, que me dejara sola porque tenía un presentimiento. Acerté.

No exageraría si dijera que aquel día fue el más feliz de mi vida. Me atraía tanto su personalidad, su mirada penetrante, sus labios. Era perfecto. No quería que ese día acabara...

Suena el despertador y hoy es nuestro aniversario. Cinco añitos ya.

Al quedarme sentada sobre el borde de la cama mirando a la nada, me viene un flash a la mente. ¿Lucas me despertó anoche? No lo recuerdo bien, pero siento un pequeño calor en mi frente. Quizá fuera real.

Miro a mi mesilla y apago el despertador. ¿Una nota?

Hola cariño
                                
Sé que hoy no tienes que nada que hacer, pero quisiera que cogieras estos cinco euros y  montarás en el primer tren de la mañana. Te estaré esperando.

                                                                                                                         Te quiero                                                                                                                        Un beso 
                                                                                                  
Este idiota siempre sabe hacerme sonreír aún sabiendo la que me lío anoche. Estoy totalmente sonrojada y nerviosa. El loco de mi novio es capaz de cualquier cosa, pero más feliz no puedo estar. Cojo nuestros cinco euros y salgo de la habitación a vestirme. Y digo "nuestros" porque ese billete me lo deja cada mañana en mi mesilla para que pague el billete del tren y con él me deja una nota con un "Te quiero", pero hoy se ha superado. Lo que él no sabe es que yo siempre le meto el billete en su cartera y es el mismo desde hace cinco años...

Decido ponerme mi camisa naranja favorita, mis vaqueros azules y mis zapatillas blancas como el primer día que nos conocimos. Cojo mi bolso y me meto el móvil en el bolsillo. Lucas me ha contagiado la pasión por la música y siempre voy con los auriculares de aquí para allá, así podré olvidarme de la discusión de ayer. Estoy segura de que Lucas también la ha olvidado. Entiendo que le preocupa lo que pueda hacer Fernando, pero sé que él confía en mí.

A pesar de que el pueblo murciano en el que vivimos ahora es muy pequeño, las calles están repletas de personas y creo que la gente me mira raro. Será porque llevo una sonrisa que no me cabe en la cara. Casi lloro de la emoción cada vez que recuerdo la nota, y la música me llena de tanta emoción que hace mover mis piernas solas. ¿Qué será lo que tiene preparado para mí? No puedo esperar...

Llego a la estación y lo primero que veo son furgonetas de televisiones autonómicas y nacionales. ¿Qué habrá pasado?

Sigo caminando y llego hasta el andén. En él hay un grupo de periodistas preguntando a alguien, pero no es Lucas.

-¿Has visto cómo ocurrió? -pregunta uno de los periodistas a un hombre entrado en la vejez.

-Por lo que se oye en el pueblo, dicen que un jovenzuelo ha muerto al ser atropellado por un tren sobre las seis de la mañana -dice un hombre que se nota que es de este pueblo de toda la vida-. Hay quien dice que se cayó en la vía cuando corría.

¡Un momento!

No, no puede ser cierto...

-¿Pero cómo es posible que pasará un tren a esa hora cuando el primero tenía previsto que llegara a las 6:30? -pregunta otro periodista.

-Un primo hermano mío me ha dicho esta mañana que algunos trenes tuvieron que ser llevados a la estación para guardarlos de la lluvia.

¡Qué no, qué no! Lucas está bien, lo sé.

-Aún estamos a la espera de las declaraciones de la policía, les mantendremos informados -finaliza un periodista.

Voy a llamarle.

-El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

Tranquila Leire, seguro que está al llegar.

Viene el primer tren de la mañana. Vagón número tres se detiene delante mía y en él un graffiti grandísimo pintado.

¿Quieres casarte conmigo?

Por favor, Lucas. Dime que lo has pintado tú y que aparecerás al lado mío. Por favor.

Miro alrededor, pero Lucas no aparece. Miro por las ventanas del tren, en la fila número seis, nuestra fila...No, no está. Esto tiene que tener una explicación lógica, pero mis pulmones no piensan  lo mismo. Me vuelve a costar respirar y mis ojos empiezan a humedecerse. Lloro desconsolada.

Por favor, Lucas. Ven, por favor.

-El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

-El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

-El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

-El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

......





lunes, 1 de septiembre de 2014

Ella viaja en tren IX

Mi móvil comienza a vibrar en la mesa del salón. Ha sido una noche muy complicada y mi espalda está totalmente destrozada tras dormir en el sofá muy pocas horas. Bueno, dormir lo que se dice dormir no he podido. Mi cabeza daba vueltas y vueltas a la discusión de Leire, yo no sabía porqué había sido tan estúpido durante nuestro encuentro.

Me levanto del sofá y apago la alarma del móvil. Son las cuatro de la mañana, hora de empezar mi plan.

Llego a mi despacho. Todo está en silencio, no logro escuchar el respiro de Leire en la habitación contigua. Sólo me acompaña el goteo agresivo de la lluvia que se oye fuera. Me acerco a la ventana y si, está diluviando, pero no hay vuelta atrás, mi plan sigue en pie. Recojo una mochila que tenía guardada en mi armario desde hace meses y escribo una nota para Leire.

Había pensado en este momento desde el día que nos vimos en Murcia por segunda vez, momento en el que empezamos a salir juntos. Recuerdo que tras esa noche, decidí comprar un anillo para ella porque sabía que ella era la única para mí. Cuando se lo enseñé a mis amigos, empezaron a reírse de mí, decían que estaba loco por hacer esa temeridad. Quizá lo estaba un poco... 

Supongo que cualquiera que pase una noche con Leire, se volvería loco...loco por ella. Aquella primera noche fue la mejor que he pasado en toda mi vida. No paramos ningún momento de reír, cada segundo con ella pasaba rapidísimo y hablamos como si nos conociéramos de toda la vida, habíamos conectado del todo. Atrás dejamos nuestros nervios en los primeros encuentros y nuestros deseos no correspondidos; los arrojamos por la borda porque nuestro barco deseaba zarpar sin lastre alguno. Ese era mi deseo en ese momento, ese era NUESTRO deseo.

Termino de escribir la nota para Leire y decido entrar a nuestro dormitorio. La lluvia sigue cayendo, aunque mi mente se haya ido al pasado durante un tiempo. Le dejo la nota sobre la mesilla y un billete de cinco euros como siempre hacía cada mañana antes de irme. Leire suele despertarse con cualquier ruido, pero esta noche se nota que tiene un sueño profundo así que me siento en el suelo para escucharle respirar, aún tengo tiempo de sobra.

Las cuatro y media de la mañana, tengo que salir ya. Me inclino hacia ella y le beso en la frente, pero repentinamente, ella despierta desorientada.

-¡Lucas! -me dice en voz baja somnolienta.

-Tranquila, ya me voy -le digo mientras me incorporo.

-No, no te vayas, por favor. He soñado contigo...

A veces, Leire tiene sueños extraños en los cuales nos ve sufrir a los dos, lo pasa muy mal de noche al ver imágenes tan nefastas sueños. Me vuelvo hasta ella y le acaricio el pelo.

-Duérmete, Leire. Solo ha sido un sueño. Hasta mañana.

Le sigo acariciando hasta que queda totalmente relajada y acaba cerrando los ojos.

No hay tiempo que perder. Me levanto lentamente y me quedo mirándola una última vez desde la puerta. Creo que no existe mejor imagen que la que estoy viendo ahora mismo...

Busco rápidamente el paraguas, pero no lo encuentro por ninguna parte. No estaba pensado en el plan por lo que tengo que mojarme si o si. Me pongo mi mochila en la espalda y salgo de casa. La lluvia empieza a azotarme con fuerza, razón que hace que empiece a correr sin parar. Las calles están desiertas y algunas incluso a oscuras por culpa de algún apagón, supongo. La verdad es que el sonido de la lluvia sonando sobre el suelo en un tremendo silencio de la calle me encanta. El poder de la naturaleza...

Bueno, sigo mi camino hasta mi destino: la estación. Tras tantas noches paseando por aquí, sé por dónde actuar y cómo actuar. Llego a un andén, habitado por un solo tren. Al habernos mudado a un pueblo tan pequeño de Murcia, no hay error alguno en saber que este tren será el único en partir de aquí por la mañana.

Camino hasta la pared del vagón número tres y me agacho para sacar de la mochila el material que necesito: unos sprays y una linterna. Desde que vi a aquel chico chocar contra nosotros en la estación, se me ocurrió este plan. Enciendo la luz de la linterna y comienzo a pintar. ¡Qué peste! Aunque tampoco me puedo quejar, menos mal que el tren está bajo una enorme marquesina porque si llega a estar al aire libre con este tiempo, no sé que hubiera sido de mí, ni del graffiti. 

Termino de pintar lo que quería pero...estoy tan cansado que los ojos se me cierran solos.

...

-¡Lucas, despierta! -me digo en sueños.

Abro los ojos al escuchar un ruido tras el vagón, miro mi reloj: ¡Son las 5:55! Me levanto rápidamente y voy hacia el ruido que había escuchado.

¡No puede ser! Es el chico que chocó con nosotros aquel día, está pintando la pared opuesta a la mía.

-Eh, ¿tú otra vez, miserable? -grita un guardia al chico. La linterna nos alumbra a los dos, pero en el último momento me escondo para que no me vea. 

El chico lanza los sprays al suelo y sale corriendo. Tras él sale corriendo el guardia, un poco anciano el pobre pero me sorprende su velocidad...¿Qué estoy pensando? Tengo que dejarme de tonterías y salir corriendo al lado opuesto sin que me vea nadie.

-¡Vamos Lucas! -me digo a mí mismo-, ¡vamos!

Ha dejado de llover al fin y el guardia se ha alejado lo suficiente, ya puedo detenerme, pero al mirar atrás, tropiezo con una de las vías del tren. ¡Me he torcido el tobillo! Calma, no saldrá ningún tren hasta las 6:30, tengo tiempo para levantarme y quitarme de la vía.

No, no puede ser real lo que estoy escuchando. ¡No!

La bocina de un tren se oye a lo lejos, viene muy deprisa.

Me duele demasiado la pierna para poder levantarme...

Continuará...

Ella viaja en tren VIII

Vagón número tres, fila número seis. Durante los tres años siguientes, estos fueron los números que nos siguieron por todo el mundo. Conseguí un trabajo que me hizo recorrer el planeta entero buscando historias del fútbol, las más inusuales posibles. Un pequeño barrio japones donde los niños se reunían todas las tardes, una tribu del amazonas que sólo conocían el fútbol desde hace un mes, un equipo de directivos que jugaba en Australia cada jueves. Cada historia era aún más apasionante que la anterior y todas esas historias eran contadas gracias a mis viajes en tren junto a ella.

Leire me seguía en cada viaje. No fue muy difícil convencerla, cada lugar que visitábamos era un lugar que aparecería en su libro. Yo siempre le decía que sería un best seller, pero ella simplemente me decía que era un iluso, que cómo era posible que alguien como ella lograra algo así. Además, me contaba que la única razón por la que escribía su historia era por hacer real mi sueño de viajar por todo el mundo viendo el fútbol desde diferentes perspectivas. Ella me seguía con la ilusión de verme feliz porque decía que mi sonrisa de felicidad era lo único que le llenaba en la vida. Sinceramente, yo no sonreía por mi trabajo, había algo mucho más importante por lo que sonreír; perdón, había alguien más importante por lo que sonreír. Yo había tenido la fortuna de haberla visto despertar en el amanecer de París, en el amanecer de Nueva Zelanda, en el amanecer de Brasil y en otros tantos amaneceres. Un amanecer podía ser diferente; lluvioso, soleado, nublado, pero ella hacía que todos los amaneceres fueran igual de especiales, hacía que cada día para mí estuviera bajo control.

-¿Algún día dejarás de darme esos sustos? -me decía siempre que abría los ojos al despertar. La verdad es que tenía que ser algo extraño despertar y ver a alguien embobado viendo cómo duermes.

-Si me lo permites, pienso asustarte siempre -le decía tras darle un beso.

Los meses pasaban rápido. Todo nos iba genial. Madrugábamos, cogíamos el tren y en la ciudad en la que me tocará escribir alguna crónica, ella se separaba e intentaba recopilar la información que necesitaba. Al atardecer, nos encontrábamos en la estación y volvíamos al hotel en el vagón número tres, fila número seis...

Llegó la publicación de su libro "Historias de un tren viajero" y en él contaba la historia de un anciano que tras perder a toda su familia en un accidente, decidió recorrer el mundo en tren para cumplir una promesa de su hijo. En las primeras semanas tras su publicación, fue un éxito internacional. Y es que Leire tenía una cualidad: ser muy extrovertida, encantadora, afectuosa y aventurera. Era un cocktail perfecto para introducirse dentro de un pueblo, conocer sus gentes y descubrir sus costumbres. Durante nuestros viajes, en cada cena me contaba todo lo que había aprendido del lugar y siempre acababa haciendo nuevos amigos y amigas. Había sido capaz de empaparse de tantas tradiciones diferentes y de plasmarlas en su libro, que fue sencillo que en tantos lugares se sintieran identificados en el libro.

Estábamos muy felices y todo nos iba sobre ruedas, pero un día antes de nuestro aniversario, es decir, hoy, han llamado a Leire de la editorial. Le han dado luz verde al libro que desea escribir y esta vez solamente estará centrado en un lugar perdido de África, cuyo nombre no recuerdo. Nos tendremos que alejar durante cinco meses.

Los dos nunca habíamos estado tanto tiempo alejados tras empezar a salir juntos, lo cual ha hecho que llevemos discutiendo todo el día.

-¿Pero cómo es posible que tengas que irte tanto tiempo a África? -pregunto acaloradamente-, ¿estás loca?

-Creí que estarías a mi lado en cada decisión -me dice sollozando-. Es un libro muy importante para mí y necesito ir a muchos lugares, me lo ha dicho Fernando.

-¿Otra vez Fernando? -pregunto totalmente enfadado-. Sale muy a menudo en nuestras conversaciones. Ah, claro, que te ha pedido que te vayas con él los próximos meses porque es muy buen guía...

-¡Serás idiota, Lucas! ¡Él no significa nada para mí! ¿Cuántas veces tengo que decirte que tú eres el único en mi vida?

-Si tan importante soy para ti, no te vayas.

Empiezo a desear que esta discusión se acabe...

-Lo siento, Lucas. No puedo, es mi sueño.

La veo tan mal que mis latidos se calman. No puedo verla así más y todo por ser yo tan egoísta. Ella vino conmigo para que yo cumpliera mi sueño, ¿por qué no podía hacer yo lo mismo?

Me pongo delante de ella, abro mis brazos y le abrazo, pero ella no responde, sus brazos están caídos y sus ojos están perdidos en la oscuridad de la habitación. No siento nada, no me transmite nada. 

-Déjame en paz, Lucas -me dice al oído.

Continuará...