domingo, 16 de marzo de 2014

El deseo de Alberto

Érase una vez una familia feliz que vivía en un pueblo muy lejano. El pueblo se llamaba Alegría y estaba lleno de grandes campos verdes con preciosas flores. Esta familia estaba formada por tres integrantes: un padre llamado Alberto que trabajaba como agricultor, una madre llamada Ainhoa que era maestra en el colegio del pueblo y una niña de seis años llamada Sara que empezaba a ir a la escuela ese mismo año.
                                        
Las personas del pueblo de Alegría eran conocidas como alegrianos. La gente del pueblo era muy hospitalaria y siempre recibía muy bien a los visitantes. Quienes visitaban el lugar volvían de nuevo para disfrutar de la hospitalidad que allí se vivía. Era un pueblo muy encantador. Pero la verdad es que ningún habitante sabía lo que estaba a punto de ocurrir.

Un día, el padre de la familia llegó muy contento a su hogar. Había sido una jornada muy buena en su trabajo e incluso su jefe le había felicitado por el trabajo que realizó. Pero nada era mejor que las noticias que le habían llegado a sus oídos.

-Familia, traigo grandes noticias -dijo Alberto eufórico dejando todos los materiales de trabajo encima de la mesa del salón.

-Cuéntanos -dijo la madre sorprendida-¿Qué ha ocurrido?

Alberto se sentó en el sofá y su mujer e hija le acompañaron a su lado esperando las noticias. El hombre no solía llevar muchas noticias a casa pero siempre que llevaba alguna, era una alegría para toda la familia.

-Resulta que han encontrado oro en las grandes canteras de las montañas y van a venir del país llamado Avaricia a ayudarnos a sacar el oro. ¡Vamos a ser ricos!

Los tres de la familia lo celebraron por todo lo alto. Aunque los dos padres trabajaban y ganaban el dinero necesario, les faltaba un poco más para poder comprar una nueva casa. Como a Ainhoa le encantaba tanto enseñar, deseaba crear una pequeña clase en su propia vivienda para ayudar con los deberes a los niños por las tardes pero en la casa en la que vivían no tenían el espacio suficiente.

Llegada la noche Alberto llamó a todos sus vecinos para celebrar la gran noticia. La familia de Alberto era muy famosa en el pueblo porque siempre ayudaban a los demás e invitaban a sus vecinos a comer cuando podían. Gritos de alegría y música sonaban a lo largo del domicilio. Era una gran noticia para ese pueblo tan humilde y tenían que celebrarlo.

A la mañana siguiente los grandes jefes de Avaricia aparecieron ante las puertas del ayuntamiento de Alegría. La gente había preparado un pequeño recibimiento en la plaza del ayuntamiento. Todos cantaban y animaban mientras aplaudían a los jefes del pueblo vecino. El jefe de Avaricia caminó sonriente hasta el alcalde de Alegría y los dos entraron juntos al ayuntamiento. La reunión iba a comenzar.

Las horas pasaban y la gente del pueblo empezaba a ponerse nerviosa. Todos cuchicheaban imaginando qué estaría pasando en la reunión. Pero finalmente acabó el encuentro. Los dos salieron al balcón del ayuntamiento y anunciaron que por la noche se comenzaría a trabajar en la montaña. El grito de felicidad fue enorme. Los vecinos, al escuchar la noticia, se presentaron voluntarios para llevar a cabo el trabajo, entre ellos el padre de nuestra familia protagonista.

Alberto se despidió por la tarde de su familia y fue hacia las montañas que rodeaban el pueblo. Para llegar hasta allí tenía que atravesar un bosque que siempre visitaba los domingos con su hija Sara. Los pájaros no piaban y las ardillas no saltaban de árbol en árbol. Algo ocurría y Alberto lo sabía.

De repente, un gran sonido se escuchó tras unos árboles. Eran soldados. En sus brazos llevaban un escudo de la bandera del país de Avaricia.

-¿Está todo preparado para la operación? -dijo en voz baja uno de los soldados.

-Sí, capitán -contestó el otro soldado-. Todo preparado para el saquear el pueblo.

-Preparad el fuego. Vamos a arrasar el pueblo ahora mismo -mandó por walkie talkie el soldado de mayor nivel.

Alberto se quedó alucinado al escuchar aquellas palabras y volvió corriendo al pueblo. Tenía que avisar a todo sus amigos pero al llegar, ya estaba anocheciendo y el pueblo estaba vacío, excepto su casa y la de su vecina. Alberto llamó a Ainhoa y a Sara, y avisaron a su vecina y a su hija.

No había tiempo que perder así que cogieron del almacén de sus casas, comida y agua, y partieron rumbo a la costa, al hogar de los padres de Alberto. El marido de Ainhoa tenía la esperanza de que ellos le ayudarían porque siempre habían cuidado de él en los momentos complicados.  Aquel instante era de lo más difícil y en la cabeza de Alberto solo tenía a las personas más inteligentes que conocía: sus padres.

El camino que tenían que seguir no era muy largo. Solo debían de caminar en dirección a la luz que emitía el faro del puerto. En poco tiempo llegaron a una pequeña vivienda pesquera cercana al puerto, situada sobre un acantilado. Era la de los padres de Alberto. Mientras tanto, a lo lejos, se escuchaban enormes bombardeos que procedían del pueblo. Parecía que la conquista por parte de Avaricia ya había comenzado.

-¡Papá! -dijo Sara al llegar a la puerta de casa de sus abuelos -¿Qué ocurre?

-Verás hija, el abuelo nos ha invitado a cenar a su casa -mintió el padre.

-Pero, ¿qué está pasando en el pueblo? -preguntó de nuevo la niña.

-Lo que oyes es el sonido de las máquinas mineras que están trabajando en las montañas, nada más -contestó Alberto en el momento que su padre abría la puerta.

-¿Qué hacéis aquí tan tarde? -preguntó el padre de Alberto.

-Hola, papá -dijo Alberto mientras lo abrazaba-. Rápido, no hay tiempo que perder. Dile a mamá que les prepare la cena a las niñas. Nosotros tenemos que hablar.

Todos entraron a la casa rápidamente. Los mayores fueron al salón mientras Sara y su amiga se quedaron jugando en una habitación para invitados. Alberto le contó a su padre todo lo que había visto. El anciano pensó que lo mejor sería escapar a otra ciudad en la que estuvieran a salvo.

-Pero no tenemos dinero para poder ir todos a otra ciudad  -dijo Alberto.

-¿Y si esperamos a que lo solucione el ejército de nuestro país? -comentó el anciano muy seriamente.

-Para cuando el ejército haya salvado al pueblo, quizás no tengamos un lugar para vivir -dijo Ainhoa.

-Entonces uno de nosotros tendrá que ir a Salvación -dijo el padre de Alberto-. Ese pueblo no está muy lejos y quizá alguien pueda conseguir trabajo.

-De acuerdo, iré yo -dijo Alberto con valentía-. Cogeré la barca de mi tío para poder ir hasta allí.

La madre de Alberto volvió al salón. Ya había llevado a la cama a las niñas, así que los adultos le contaron lo que se les había ocurrido contra el problema que tenían

-¿Estás seguro hijo? -preguntó la madre de Alberto-. Es un camino muy largo.

-Estoy totalmente seguro, mamá. Solo quiero que cuidéis de mi familia y mis vecinas, nada más. Aquí, alejados del pueblo, estaréis a salvo –dijo Alberto-. Volveré cuando consiga el dinero suficiente como para empezar una nueva vida en otro pueblo.

A la mañana siguiente, Alberto guardó comida y agua en una mochila. El padre no tuvo más remedio que despedirse de su familia. Fue complicado para ellos ya que no habían estado más de dos días separados y esta vez no sabían cuándo volverían a verse.

Alberto viajó en una barca de madera que se movía con la ayuda de unos remos, aunque la ciudad llamada Salvación estaba cerca, iba a ser un largo viaje. Conforme pasaban las horas, el cuerpo del padre se cansaba más y más. Y encima, empezaba a  tener miedo por si no conseguía encontrar un buen lugar en el nuevo pueblo. Al estar tan cansado, decidió  descansar en la barca para cerrar los ojos, respirar y escuchar el sonido de la marea. Pero la tranquilidad se cortó al escuchar los gritos de un señor. Era un pescador muy mayor que iba en barco en busca de pescado para poder venderlo.

-Perdona, ¿estás bien? -preguntó el pescador a Alberto.

-Si, necesitaba un descanso. Ha sido un día duro -contestó Alberto muy triste.

-Vaya, ¿qué te ocurre? -le preguntó de nuevo el marinero.

-Tengo que ir al pueblo de Salvación para ayudar a mi familia pero tengo miedo de no conseguirlo -dijo Alberto.

-Eso es natural. En el fondo es normal que tengas algunas dudas cuando se presenta un problema. Pero si tienes valentía y piensas en ayudar a los demás, al final seguro que lo conseguirás -dijo el pescador-. Cuando yo era joven estaba pescando junto a un amigo en el medio del mar, cerca del polo. Y una ballena nos atacó y estuvo a punto de romper nuestro barco. Pero mi padre nos logró salvar en el último momento. Él me dijo que había tenido mucho miedo de que nos pasara algo a nosotros y a él pero cogió toda la valentía de su interior para conseguirlo. Así que si deseas ayudar a tu familia y te esfuerzas, seguro que vences a tus miedos.

-Tienes razón –dijo Alberto muy sonriente -. Muchas gracias por tu consejo.

Los dos hombres continuaron su camino. Pero el marido de Ainhoa llamó a lo lejos al pescador.

-Señor, se me ha olvidado una cosa -gritó Alberto-. ¿Cuál es tu nombre?

-Puedes llamarme Valor -contestó el marinero.

-Muchas gracias, Valor -dijo Alberto agradecido por sus palabras.

Cuando empezaba a atardecer, Alberto llegó al puerto de Salvación. La noche oscurecía las calles de la ciudad. La niebla estaba en cada avenida mientras pequeñas luces iluminaban las calles con un color azul blanquecino. El hombre no sabía dónde ir pero pronto encontró un pequeño hostal, así que decidió entrar en él.

-Disculpe, señora recepcionista -dijo Alberto a la mujer que estaba en la recepción del hostal-. ¿Tiene alguna habitación libre para mí?

-Solo me queda una habitación -contestó la chica-. Aquí tiene la llave.

Alberto llegó a su habitación y fue a la cama. Quería cerrar los ojos e intentar despertarse en otro lugar. Pero ni logró cerrar los ojos, ni logró estar en otro lugar.

La mañana llegó y Alberto salió del hostal sabiendo que tenía que encontrar un trabajo. Recorrió muchos lugares de la ciudad pero no lo consiguió. Alberto recogió del suelo un periódico donde aparecía en la portada una noticia triste para él que decía así:

El pueblo vecino de Alegría ha sido ocupado por las tropas de Avaricia. El saqueo llevado a cabo la noche anterior ha destrozado parte de las casas de los vecinos alegrianos. A éstos no les queda casi nada y son obligados a trabajar de sol a sol en las canteras para sacar oro de las minas. Ahora el pueblo es llamado Tristeza.

Alberto dejó de leer. Sus lágrimas deseaban caer pero lo evitó. No había tiempo que perder. Debía seguir buscando trabajo hasta el final. Pero no tenía ningún lugar al que ir. La luna volvía a brillar en lo alto y las calles se vaciaban. Alberto se sentía muy solo y se sentó en el suelo
Un carro tirado por un burro se acercaba a lo lejos. Alberto, sorprendido, quiso apartarse pero la carreta se detuvo ante él. Un anciano bajó del carro y se acercó al pobre Alberto.

-¿Te ocurre algo, buen hombre? -preguntó el anciano.

-He perdido el rumbo. No sé a donde ir -contestó Alberto.

-Sube, te llevaré a mi casa -le pidió el anciano a Alberto.

Alberto se levantó lentamente del suelo y subió al carruaje. El camino fue largo e inclinado, muy inclinado. Llegaron a un enorme edificio situado en lo alto de un acantilado cercano al mar. Estaban tan lejos de la ciudad que solo se escuchaba el sonido de la marea, lo cual le hacía recordar a Alberto el hogar de sus padres.

Cuando entraron a la casa, el anciano le ofreció una taza de té a su invitado y le preguntó que qué le ocurría. Alberto le contó toda la historia de su pueblo, de dónde venía y cuál era su intención. El anciano, impresionado por la experiencia, decidió ofrecerle un trabajo a Alberto cuidando los animales de su granja. Alberto aceptó, estaba tan feliz que al fin se le apareció una sonrisa en su cara y pudo dormir tranquilo.

Bien temprano, a la mañana siguiente, el anciano llamó a la puerta de su habitación. Llevaba con él una pequeña paloma blanca.

-Toma, Alberto. Esta paloma es mágica y cualquier lugar que tú le digas, hasta allí irá ella -dijo amablemente el anciano-. Así podrás enviar cartas a tu familia.

-Muchas gracias -dijo Alberto muy feliz-. Disculpa, con las prisas de ayer no te pregunté tu nombre.

-Me llamo Confianza y la paloma se llama Esperanza. Espero que te ayude

Después de desayunar, Confianza le explicó a Alberto el trabajo que tenía que realizar aquel día. Iba a ser el encargado de ordeñar las vacas de aquel señor tan amable. Juntos fueron al establo y allí el anciano enseñó a nuestro protagonista la manera de ordeñar a aquellos animales blancos y negros. No fue tarea fácil para Alberto pero con la práctica consiguió ordeñar a todo el ganado.

Acabado el trabajo, Alberto volvió a casa de Confianza. Estaba deseando poder escribir una carta para su familia. Cogió lápiz y papel, y empezó a pensar en la nota que sería llevada por la paloma hasta su familia:

Hola familia

Soy Alberto. He llegado hasta la ciudad de Salvación sin problema. Por el camino me encontré con un pescador llamado Valor que me dio todas las fuerzas para llegar hasta donde estoy. Aunque fue un poco complicado encontrar ayuda, en la ciudad me recibió un anciano llamado Confianza que es muy amable y me ha ofrecido trabajar en su granja. En unas semanas habré recibido el dinero que necesitamos para comenzar a vivir en un nuevo pueblo.

Espero que todos estéis bien y que no os haya pasado nada.

Un fuerte beso y un abrazo.

PD: esta paloma es mágica. Decidle que vuelva hasta mí y así lo hará..

Alberto dejó de escribir y puso la carta en un buzón que se encontraba al lado de la jaula de la paloma. Como estaba anocheciendo, Esperanza tendría que llevar la carta al amanecer, así que Alberto se sentó en un banco que había en el portal de la casa para descansar. En ese mismo instante volvía Confianza de comprar en la ciudad.

-¿Cómo te ha ido el día, Alberto? -preguntó Confianza.

-Ha sido un buen día. Al final me he hecho amigo de las vacas -contestó Alberto.

-Pero, ¿por qué sigues tan triste? -volvió a preguntar el anciano.

-Es que he escrito una carta para mi familia. La echo de menos-contestó Alberto.

Confianza pensó y pensó, y al mirar al cielo estrellado se le ocurrió una historia.

-Si me permites, Alberto, te contaré un relato que me contaba mi madre cuando era pequeño -dijo Confianza-. Mi madre y yo nos quedábamos mirando al cielo cuando anochecía. Ella me decía que había tantas estrellas en el cielo como sueños y deseos que yo podía alcanzar. También me contaba que la luna nos manda a veces  mensajes para que sonriamos. Lo que pasa es que muchas veces tenemos que inclinar nuestra cabeza para ver las pistas. Y es verdad, Alberto. Si miras a la luna en su fase creciente o en su fase menguante e inclinas tu cabeza, verás cómo la luna te sonríe. Si tú no puedes sonreír, a tu familia le costará sonreír. Hazlo por ellos: sonríe y cumple tus sueños.

-Muchas gracias, señor Confianza. Lo recordaré siempre -dijo Alberto.

De repente, cuando Confianza había terminado de hablar, Esperanza despertó y salió volando de su jaula. A Alberto le pareció ver que la paloma entraba por la ventana de una casa lejana pero al amigo de él no le importó mucho. Según las palabras del anciano, la paloma acostumbraba a salir de noche hacia aquel lugar.

Volvió a amanecer en la granja y a Alberto le despertó los golpes que sonaron en la puerta. Al abrirla apareció un hombre algo mayor que Confianza. Tenía a la paloma mágica en su hombro y la dejó volar hacia fuera.

-Tranquilo, Alberto. Esperanza ya va a enviar tu carta a tu familia -dijo amablemente el desconocido.

-¿Cómo sabes tú eso? -preguntó alucinado Alberto.
-Porque me lo ha dicho ella. Me ha hablado mucho de ti y sobre el problema que tienes en tu hogar -contestó el extraño.
-¡No sabía que Esperanza supiera hablar! -exclamó Alberto.

-Y no sabe hablar. Yo soy su amo desde que nació y tengo el poder mágico de hablar con ella. Cuando conocí a mi amigo Confianza, se la ofrecí para que le ayudara a contactar con su madre y ahora parece que te la ha presentado a ti -dijo el visitante.

-¿Y qué haces aquí? -preguntó de nuevo Alberto.

-He decidido ayudarte con el trabajo por aquí. Trabajando juntos podremos hacer mucho más y seguro que conseguirás antes el dinero que necesitas. Todo el dinero que consigamos será para ti -dijo el anciano.

-Vaya, me dejas sorprendido. Me encantará trabajar contigo -dijo Alberto-. Por cierto, ¿cómo te llamas?

-Yo me llamo Esfuerzo -contestó el nuevo amigo.

Pronto se pusieron manos a la obra los dos juntos. Los días pasaban y las cartas iban y venían de casa de los padres de Alberto. El trabajo se hacía más fácil trabajando junto a Esfuerzo, y Alberto era cada vez más feliz al poder contactar siempre con su familia. Por las tardes se juntaban los tres amigos y contaban historias hasta el anochecer. Hacía mucho tiempo que Alberto no estaba triste.

Finalmente llegó el último día de trabajo de Alberto. Todo estaba preparado para que pudiera ir a un nuevo pueblo. Él volvió a la casa de Confianza con la emoción de ver llegar a su familia. Llegaron todos al atardecer y se unieron en un gran abrazo. Estaban de nuevo juntos y era hora de comenzar una nueva vida. Esa nueva vida la empezarían en la ciudad de Ilusión, una ciudad enorme donde todo era posible. Pero a pesar de que dejaron a Confianza y a Esfuerzo en sus casas, ellos les visitaban de vez en cuando, e incluso, Esperanza revoloteaba de vez en cuando en el nuevo hogar de Alberto a la espera de que él la necesitara de nuevo.

Y aquí acaba la historia de Alberto. Una historia en la que nuestro protagonista tuvo que cumplir un deseo, superando sus miedos con mucho valor, confiando en sí mismo y en los demás, trabajando con mucho esfuerzo y en equipo. Y sobre todo, logró su deseo con esperanza y sonriendo siempre.




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