sábado, 22 de marzo de 2014

La verdad escondida: Parte I

Una vez se me consideró como el detective de cuentos y la verdad es que mi carrera contra el mal se vio inmersa en centenares de misterios fantásticos. Tardé cien años en averiguar que una malvada bruja había hipnotizado para siempre a una bella princesa al pincharse con un huso. Quién podría imaginar algo tan simple. ¡Vaya bruja!
Y averiguar quién era Cenicienta no fue tan fácil como cuentan en los cuentos. Fueron muchas las doncellas que tenían la misma talla de pie que Cenicienta pero gracias a mis deducciones, el príncipe pudo encontrar a su amada.
Pero si un caso marcó mi carrera fue el de la muerte de la abuela de Caperucita Roja. La realidad de este caso no salió a la luz y al mundo solo le hemos contado la historia tradicional del lobo que trató de matar a la abuela. Y es que, ¿quién no odia a los lobos?
En realidad, nadie sabe que los verdaderos sospechosos fueron una quimera, un grifo y la propia Caperucita, la cual ya tenía la mayoría de edad y no era la angelical niña que todos conocen.
Caperucita fue la que denunció el suceso. Ella me contó que llegó a casa de su abuela y allí encontró a una horrible quimera revolviendo toda la casa. Parecía que iba buscando algo de valor mientras la abuela yacía fallecida en su cama. El animal vio a la joven y no tuvo más remedio que salir corriendo hacia el bosque. Ella le siguió hasta que le acorraló en un claro. Caperucita le preguntó que por qué había matado a su abuela pero la quimera se enfadó, escupió fuego de su boca y escapó.
Ante tal declaración, no tuve más remedio que visitar la casa de la quimera. Aquella bestia me contó que el día de autos, iba caminando por el bosque y observó cómo salía volando un esplendido grifo de la casa de la abuela fallecida. La quimera entró y al ver a la anciana, se puso muy nervioso porque no podía ver sangre, así que puso patas arriba la casa a causa de los nervios. Cuando se tranquilizó, escuchó los pasos de una niña y por miedo a que se le relacionara con el asesinato, salió corriendo de casa. La chica le acorraló en el bosque y le preguntó que qué hacia en la casa de su abuela. Pero como la bestia le contó lo acontecido, la joven se tranquilizó y volvió a socorrer a su abuela.
Estaba claro que algo se me escapaba en este caso. Necesitaba conocer la historia del grifo. Parecía que era el principal sospechoso de este caso. Llegué a la cima de la montaña en la que vivía y accedió cordialmente a contarme lo que ocurrió realmente. Me contó que como cada mañana, él sobrevolaba el bosque para despertar sus alas con el aire frío del amanecer. Mientras volaba, escuchó un alarido en una casa y al entrar vio que una abuela estaba acostada en su cama y que casi no podía respirar. Sobre su regazo habían restos esparcidos de magdalenas. El grifo pensó que la abuela había sido envenenada, así que decidió salir volando de la casa en busca de hierbas curativas pero al volver vio que la policía había llegado, así que no quiso entrar en escena por si se le relacionaba con el caso.
Al pasar las semanas, me enteré de que las magdalenas eran la especialidad gastronómica de Caperucita pero, según ella, no había ido en varias semanas a visitar a su abuela. Nunca pudimos romper su coartada. Y lo peor de todo es que el caso quedó abierto. Jamás encontramos los restos de esas magdalenas, ni supimos de qué murió la abuela. Lo único que sé es que la gran cantidad de dinero que tenía la anciana desapareció y que la quimera, el grifo y Caperucita no han vuelto a ser vistos por estas tierras.

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