Era la hora de volver a casa después de mi
tradicional paseo por el bosque. Aún recuerdo con tristeza el caso de la muerte
de la abuela de Caperucita. Todo el mundo se rió de mí por haber dejado escapar
al grifo, a la quimera y a Caperucita Roja. Pero afortunadamente la sonrisa de
mi amada es un buen lenitivo para mis amargos recuerdos.
Logré salir del ralo bosque y pude ver ante
mí el gran castillo de mi pueblo. Por mucho que pasen los años, nunca me dejará
de sorprender su imponente figura. Pero desde que la neblina había caído en
aquella noche tan aciaga, la imagen adquirió un aspecto más lúgubre. Ese tipo
de noches siempre me hacía recordar la noche que murió mi padre al salvarme; la
noche en la que aquel bandido me cortó la mano; la noche que hizo que mi vida
cambiará.
De repente, escudriñado en la ventana de la
sala de mi amada reina, un cuervo negro se postraba ante mí. Sus ojos rojos de
demonio salieron volando y con ellos el resto del cuerpo del animal más
agorero. No había tiempo que perder, algo me decía que una gran fatalidad yacía
en la sala de la reina.
Y sí, allí estaba tumbada sobre el frío suelo
sin que su corazón hiciera sonar el sonido que más amaba de mi mujer: sus
latidos. Bueno, eso si no tengo en cuenta su voz que para mí es mi tesoro
especial. Al acércame, no pude evitar dejar caer mis lágrimas sobre su rostro
apagado. Sus ojos (o fuente de mi juventud, como solía llamarlos) estaban
dormidos. Sus mullidos labios sellados eran pintados por un color purpúreo a
causa de su muerte.
Alcé mi cabeza y ante mí apareció la figura
de una persona. La oscuridad apenas dejaba que pudiera apreciar su fisonomía.
Irguiéndome, su cuerpo se movió también. No había duda, estaba vacilando al
rey. ¡Me estaba vacilando a mí!
Empecé a gritarle, a ladrar como un perro
rabioso pero él solo hacía una cosa: sonreírme. Casi no podía mover mis
piernas. Aún seguía turbado por ver a mi amor sin su flor; sin su vida.
Saqué mi revólver. Sabía que desde que me
quedé sin mi mano derecha, mi precisión había decaído. Pero por mi mujer, sé
que haría cualquier cosa, cualquiera.
Antes de definir el destino de aquel hombre,
volví a gritarle.
-¿Por qué lo has hecho?-grité desgastando
toda mi saliva.
Pero él me miró con una cara tétrica y de
repente empezó a reír sin dejar de señalarme. Ese fue el momento en el que me
llené de ira…
Le disparé, así, sin más, sin avisar.
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