sábado, 30 de agosto de 2014

Ella viaja en tren VII

Me voy acercando a ella lentamente mientras los pasajeros del tren pasan a mi lado. La cara de Leire casi ni se inmuta, ¿me estaba esperando?

-¿Cuánto tiempo, verdad? -pregunto con una sonrisa nerviosa. Estoy temblando totalmente.

-Si, han pasado casi dos años.

Al final llego ante Leire resguardada por la marquesina enorme que hay sobre el banco. Me quedo de pie porque aún no tengo la confianza suficiente como para sentarme junto a ella.

-Parece que te has echado novio -me sale una sonrisa falsa.

-No, él no es mi novio, es mi hermano.

"Hermano". Nunca una palabra me había hecho tan feliz en mi vida. ¡Es su hermano! La alegría que estoy sintiendo en mi interior me llena de tanta energía que hace que todos mis temblores desaparezcan.

-¿Qué haces aquí entonces?

-Te estaba esperando, Lucas -me dice muy seria e inclinando su cuerpo hacia mí-. Se podría decir que llevo esperándote aquí dos años.

Me equivocaba, esto si que me lleva al séptimo cielo. No sé que decir, llevo esperando mucho tiempo este momento y no quiero fastidiarlo bajo ningún concepto.

-¿Dos años? -pregunto sorprendido-. ¿Cómo es posible?

-¿Tienes aún el papel que te di cuando nos vimos por primera vez?

Asiento con la cabeza. Como para no tenerlo, lo tengo guardado a buen recaudo en un pequeño bolsillo de mi cartera.

-Aquí está -se lo voy a entregar, pero me detiene con la mano.

-Nunca lo leíste, ¿verdad?

Si que lo leí, te llamé varias veces -digo desconcertado.

-No, Lucas, no me refiero al número de teléfono -me dice antes casi de que yo acabase de responder- Dale la vuelta al papel.

                                Te espero en el primer banco que veas en el andén.
                                                                
                                                                                                          Leire

-Por eso me dijiste que mirara el papel aquel día, ¿verdad?

-Así es, Lucas -me dice asintiendo con la cabeza.

Me llevo mi mano derecha a la boca y mis ojos empiezan a humedecerse en el mismo momento que niego con la cabeza por mi incredulidad. No puede ser que esto esté pasando realmente, seguro que ahora suena el despertador y me despierto como otras tantas veces.

Pero no, esto es muy real, tanto como las lágrimas de emoción que veo caer por la cara de Leire.

-Entonces, ¿hemos perdido dos años de vida? -pregunto aguantando toda la emoción que siento.

-Algo así, si -contesta emocionada.

Ya me atrevo a pensar que los dos sentimos lo mismo a pesar de que no nos conocemos el uno al otro muy a fondo. Hemos perdido toda la posibilidad de conocernos durante los dos últimos años, todo por mi culpa.

-Tengo una idea -digo rápidamente mientras me siento en el banco. Ella me mira anonadada con los ojos brillando. Jamás me ha mirado así alguien antes-. ¿Edad?

-¿Cómo? -me pregunta extrañada.

-Hemos perdido dos años para conocernos -le digo un poco más calmado-, ¿por qué no nos preguntamos lo que no pudimos?

Me muestra la mejor sonrisa y asiente con la cabeza. Ha dejado de llorar.

-26, ¿y tú?

-Yo 27. Te toca a ti preguntar.

Leire se pone a pensar detenidamente...

-¿Cual es tu película favorita?

-Esa es una pregunta muy difícil, pero me atrevería a decir El padrino, me encantan las películas de mafiosos -contesto tranquilamente-. ¿Cuál es la tuya?

-La mía es...No vale reírse eh -me dice sonrojada-, la mía es Desayuno con diamantes de Audrey Hepburn.

-No conozco esa película -digo algo cortado-, ¿debo verla?

-¿Cómo que no la has visto? -me dice dándome un pequeño manotazo en mi brazo-. ¡Debes verla!

Empiezo a reír. La situación coge ya un tono más distendido. Parece que hayamos hablado toda la vida y ella me hace sentir como si no hubiera nada a nuestro alrededor, el tiempo pasa volando.

-De acuerdo, la veré. Ahora me toca preguntarte a ti. La pregunta que tengo en mente no valdría porque yo te dije a qué me dedico, pero tú no.

-Es verdad, yo no te dije nada. Cuando nos vimos por primera vez estaba trabajando en una tienda de alimentación de mi familia, pero en realidad soy escritora y por eso viajo tanto. Para escribir necesito mucha información de los lugares, por eso voy de tren en tren.

-¡Qué buen trabajo, ver tantos lugares y escribir algo que te gusta!

-Si, no está mal, pero da poco trabajo...

-Espero que algún día me dejas leerte -digo con curiosidad-. Bueno, pregúntame algo ahora.

-Déjame que piense...

-Ya que necesitas tiempo, pásame el turno de pregunta-digo decidido, es el momento.

-Vale.

-¿Quieres salir conmigo?

Me mira sonrojada, sonriendo y con los ojos bien abiertos, brillando.

-Si, por favor.

Me levanto y le ofrezco la mano para que me acompañe. Estoy empezando a temblar de nuevom pero esta vez no es por miedo. Me coge de la mano, su piel es suave, muy suave. Ha sido tocarla y desaparecer cualquier temblor. La miro y ella se aparta los cabellos de la cara y me sonríe. 

Estoy feliz, por fin.

De repente, un chico joven se choca con nosotros. Venía corriendo y al chocar, se le caen unos botes de sprays para hacer graffitis. Él sigue corriendo y seguidamente, vemos pasar a la policía tras él, pero eso no nos importaba a Leire y a mí, nosotros teníamos una cita.

Continuará...

lunes, 25 de agosto de 2014

Ella viaja en tren VI

-¿La llamaste? -me preguntó mi abuela.

-Si, varias veces.

-¿Y qué te dijo?

-No logré hablar con ella, abuela. Su móvil estaba apagado -contesté.

-Dale unos día, hijo mío. Las mujeres necesitamos nuestro tiempo para pensar.

Aquellas llamadas las hice en noviembre, el mes en el que todo acabó. Recuerdo el consejo de mi abuela: "que le diera unos días porque seguro que me llamaría". Mis amigos tampoco iban desencaminados, todos decían que esperara unos días para volverla a llamar. Así lo hice pero la respuesta a la llamada fue clara: "El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos.

Tras su marcha, todo fue muy complicado. En el trabajo sentía las ganas de llamarla constantemente, pero no lo hice. Como consecuencia de estar siempre desconcentrado, estuve a punto de perder mi trabajo porque siempre tardaba en entregar las crónicas y las entrevistas de los partidos. Mi jefe me dio una oportunidad y decidí olvidarme de ella para centrarme en mi trabajo.

Conseguí mantener el trabajo durante una temporada más, pero no logré olvidarme de ella. No llegaba a entender cómo era posible que por dos días que nos viéramos, yo fuera capaz de sentir tanto. Llegué a tener la sensación de que ella había sido colocada en ese tren de Murcia por una razón del destino, idea que hacia reír a mis amigos.

A pesar de esos "días" que me dijeron tantos y tantos, pasó un año y medio desde aquella despedida (si se puede llamar así) hasta llegar al día de hoy, un día de verano propio de mi tierra murciana. Se nota el calor sólo por lo que se ve a través de la ventana del tren. Seguro que me sentarán muy bien unos días de vacaciones con mis amigos en Cartagena.

El tren se detiene en la estación de Cieza. Unos pasajeros bajan y otros suben, aunque no parecen muchos. La puerta de nuestro vagón se abre y aparece ella riendo. Esta vez no está sola, le sigue un chico que parece un poco más joven que ella.

Me mira fugazmente y su sonrisa se desvanece, ella hace caso omiso de la situación y decide sentarse junto al chico en la primera fila. Si mi cabeza empezaba a estar tranquila antes de entrar a la región, ahora empieza a temblar. A pesar del tiempo pasado, vuelvo a estar igual de nervioso que aquella vez camino de Londres.

He tenido suerte porque al estar tan lejos, apenas puedo oírla, pero la veo mientras hace carantoñas a ese chico, incluso se acerca a él y se queda dormida sobre su hombro...

Ya he visto suficiente, sacaré mis auriculares del bolsillo y me quedaré embobado mirando por la ventana al mismo tiempo que escucho música, como siempre.

Ah, es imposible, no puedo dejar de mirar hacia su asiento entre canción y canción. Sigue aún recostada sobre el hombro de ese chico. Tras la siguiente canción, se reincorpora sobre su asiento porque estamos llegando a Murcia. Recoge sus cosas y sale del vagón, sin mirarme.

Necesito hablar con ella, necesito contarle todo lo que ocurrió y no pienso dejar que pase lo de la última vez, así que decido coger mi mochila y corro sin mirar a mi alrededor, me da igual. Me dan igual incluso mis amigos que me esperan en la estación de Cartagena, estoy seguro de que lo entenderán.

Atravieso la zona de bancos del andén y ya estoy llegando al aparcamiento, seguro que está allí.

-¡Lucas!

Detengo mis piernas y miro hacia atrás. Está sentada en un banco del andén, se ve que al pasar tan rápido, no me he dado cuenta de que ella estaba allí.

-¡Leire!

Continuará...

domingo, 24 de agosto de 2014

Ella viaja en tren V

-Los cinco euros son míos -me dice ella.

Miro hacia delante y ahí está. Camisa de color naranja, unos vaqueros, zapatillas blancas, pelo ondulado, pendientes con perlas, su mirada...No hay duda, es ella y estoy empezando a temblar como un niño viendo una película de terror.

-Hola Lucas -dice alegremente.

-Hola -digo casi sin aliento quitándome los auriculares, no me lo puedo creer, ¿qué hace ella aquí?

-Ha sido una bonita casualidad -dice mientras se acerca por el pasillo del vagón-. Te he visto llegar mientras esperaba al tren y te he escuchado en la taquilla diciendo que ibas a coger el mismo que yo y me he adelantado para dejarte el billete.

-Gracias, no tenías por qué hacerlo.

Mi respiración es intensa, los latidos aumentan y el sudor está empezando a aparecer. Nos damos dos besos, lo cual me rompe por completo al tocar sus mejillas. Estoy totalmente bloqueado y noto que mis palabras van a salir forzadas.

-Como no creo que nadie vaya a sentarse aquí, ¿te importa si me siento a tu lado? -me dice amablemente.

-Si, siéntate aquí -contesto muy frío.

Nos sentamos a la vez. No quiero mirar a sus ojos, no quiero escuchar su voz pero me temo que no tengo más remedio. ¿Qué se dice en estos momentos? No sé si estar en un silencio incomodo puede ser mejor que hablar. Lo mejor será que respire y sobre todo, que sea ella la que hable primero.

-¿Qué tal te va por Londres? -me dice inclinando su cabeza mientras me vuelve a sonreír.

-No tengo razones para quejarme. La vida es muy diferente a la de Murcia. La gente, el tiempo, la comida, pero en el momento que te acostumbras, es coser y cantar.

-¿De verdad? -me pregunta sorprendida-. Yo sólo llevo aquí unos días y me estoy volviendo paranoica. ¡Necesito el calor de España!

Los dos empezamos a reír a carcajadas. Razón no le falta, yo también prefiero España. Comer la tortilla de patatas de mi abuela, poder ir a la playa con mis amigos; son razones de peso para decantarme por la opción de mis raíces. Lo más parecido que he hecho aquí ha sido comer "fish and chips", pero bañarse en la playa es muy difícil. Ha estado lloviendo durante muchos días y el frío es insoportable.

-¿Qué haces aquí? -pregunto sin pensar-. Creo que este tren no te deja en tu casa de Murcia.

-¿Es que has llegado al final del trayecto de este tren? -me pregunta sacándome la lengua-. Con un bono especial se llega a Murcia, ¿no lo sabes?

Volvemos a reír y mis temblores del cuerpo se calman. Quizás sea la primera vez desde que llegué a Inglaterra que logro conectar con alguien, ser yo mismo y que no sea hablando de fútbol.

-No, no lo sabía -le sigo la corriente-. ¿Cómo es posible que no haya conocido ese bono tras varios meses aquí? ¡Qué cabeza la mía!

Me sonríe.

-La verdad es que he venido a visitar a una antigua amiga que vive en Birmingham. La echaba de menos, eramos íntimas amigas, pero desde que se fue de Murcia, nuestra amistad se fue rompiendo. Tras estos días, creo que volveremos a ser grandes amigas.

-Me alegro por ti -sonrío.

-Gracias -me dice emocionada-, pero esta noche vuelvo a España. Saldré desde el aeropuerto de Oxford.

-¡Qué poco tiempo has disfrutado de Inglaterra!

-Si, es una pena, pero mi amiga empezaba los exámenes de la universidad y ya no tengo ninguna razón para quedarme en Inglaterra. -me dice mirando hacia el pasillo del vagón.

Otro silencio incomodo...

-¿Qué tal se encuentra tu madre? -cambio de tema para que se anime.

-Murió.

Perfecto, he escogido el tema menos indicado. Estúpida boca la mía...

-Lo siento mucho -digo al ver como agacha la cabeza.

-¡Es broma, tonto! -me vuelve a sacar la lengua mientras ríe-. ¡Qué fácil es tomarte el pelo!

Empiezo a reír, negando la cabeza por el asombro del control que tiene sobre mí. De repente, nos quedamos en silencio. Solo escuchamos el traqueteo de los vagones sobre las vías y por las ventanas apenas logro ver alguna luz en la oscuridad. La miro de reojo y veo que se pone seria.

-¿Guardaste mi número en tu móvil? -me pregunta.

Si antes pensaba que empezaba a estar a gusto hablando con alguien, ahora es todo lo contrario. El temblor vuelve a mi cuerpo.

-Si, pero no pude llamarte.

-¿Y nada?

Esta pregunta me desconcierta. ¿A qué viene? No lo sé, pero no me gusta su tono.

-No, nada.

-Vale -me dice, dando un pequeño silencio-, me tengo que ir. La próxima estación es la mía.

Se levanta con la misma cara seria y se dispone a recoger su maleta que estaba en el asiento que realmente le correspondía.

-Me alegro de haberte visto de nuevo -me dice con indiferencia-. Adiós, Lucas.

Abre la puerta del vagón...

-¡Oye Lei...!

Pero es demasiado tarde, ha cerrado la puerta. Algo en mi interior quiere salir corriendo tras ella pero mis piernas están bloqueadas, no sé que hacer. Tengo unos pocos segundos para arreglar esto mientras el tren está detenido.

Mi cabeza no para de girar, aparecen en ella miles de palabras que decir y miles de momentos que vivir. No me queda otra, voy a hablar con ella. Me levanto decidido, cojo la mochila y salgo corriendo del vagón, pero al llegar a la puerta de salida, se cierra ante mis narices. Miro a través de la ventana de la puerta y allí está ella sentada en un banco del andén mirándome seriamente. Agacha la cabeza y se marcha sin hacer ningún gesto de agrado.

¿Tan difícil era haberme decidido un segundo antes? Solo un maldito segundo...

Continuará...

miércoles, 20 de agosto de 2014

Ella viaja en tren IV

Ya han pasado dos meses de aquel 14 de septiembre, día en el que tuve que hacer las maletas para marcharme a Londres. Los primeros días fueron muy complicados al tener que hospedarme en un hotel mientras buscaba piso. No tenía teléfono móvil para poder contactar con mi familia, y la personalidad de los londinenses era mucho más fría que la de los murcianos. Solo el wi-fi (o "wai fai" como aquí le dicen) me mantenía en contacto con mis amigos y con la empresa para la que ahora trabajo.

Mi dominio del inglés y mi pasión por el fútbol hacen que mi labor sea mucho más llevadera. Yo solo tengo que entrevistar a los jugadores españoles que me pedía mi jefe. Me divierte mucho cada partido del equipo local porque aquí el fútbol se vive de manera diferente. Los estadios se llenan de gente y el griterío siempre acaba ensordeciendo mis oídos. En definitiva, es como si fuera otro planeta futbolístico.

-Si, abuela, vivo en un piso junto a un compañero de trabajo -le digo para que se calme-, puedes estar tranquila porque no pasara nada, es muy buena persona.

Es la segunda vez que hablo con mi abuela. Estaba preocupada por estar tanto tiempo sin hablar conmigo. He estado tan ocupado estas últimas semanas con los partidos, que apenas he tenido ocasión de llamarla y esta vez le he mentido. Yo vivo solo, como solo, escribo solo y duermo solo. El resto de compañeros de la empresa están diseminados por toda Inglaterra, así que es difícil poder estar con ellos salvo cuando jugaban mi equipo y el de alguno de ellos.

-¿La has llamado? -mi abuela hace la pregunta que no deseaba que hiciera. Cuando dejé el tren aquel día, no llame a Lei...a esa chica. Al verme tan mal ese viernes, mi abuela me insistió para que le contara qué me ocurría y se lo conté todo.

-No, abuela, no. Ya te dije que no quería saber nada de ella -le contesto de manera tajante-. Abuela, tengo que colgar, mi compañero me necesita.

Tres, tres mentiras en una llamada. Ni mi compañero me necesita, ni he dejado de pensar en ella. El primer pensamiento que aparece en mi cabeza al despertarme es ella, al comer, aparece ella, al dormirme, ella de nuevo. Parece que es la única cosa que existe para mí. Tal es la obsesión que tengo, que en la última semana me ha parecido verla con su larga melena castaña en cada calle que paseaba. Cada vez que la veía, daba media vuelta.

No, no quiero verla ni en el tren que voy a coger ahora. Y como hacía en Murcia, siempre me siento en el mismo asiento entrada ya la noche inglesa. Es tarde y el tren está casi vacío.

Por fin voy a tener dos horas para olvidarme de Lei...de ella, como siempre. Me pongo mis auriculares con el volumen de la música al máximo, dejo la maleta en el maletero y ya solo queda sentarme...

¿Qué hace un billete de cinco euros en mi asiento?

Continuará...

domingo, 17 de agosto de 2014

Ella viaja en tren III

¿Veinte minutos al lado de ella hasta llegar a su estación? Va a ser una ardua tarea. Menos mal que ya ha dejado de agradecerme que le diera el dinero del ticket, se estaba volviendo un poco pesada. Bueno, va, un poco de tranquilidad, disfrutaré de las vistas.

-Se te ve muy elegante -me dice ella-, ¿a qué te dedicas?

¿Por qué tendrá esa voz tan dulce y dañina para mí?

-Gracias, soy periodista. Trabajo para un periódico de Murcia. Vengo de entrevistar a un famoso jugador de fútbol pero no puedo decir quién es, es una exclusiva.-le cuento a ella con mi tono profesional, algo pedante.

Pero, ¿por qué le contaré estas cosas?

-¿En serio? ¿Tú, periodista? -empieza a reír, lo cual me hace sonreír.

-Si, ¿por qué te sorprende? -pregunto con curiosidad.

-No sé, nunca había hablado con un periodista -me contesta.

Ya está, ya me sale mi vena inmadura y me pongo serio.

-¿Ah, si? -pregunto haciéndome el interesante-, ¿y cómo te los imaginas?

-Mmm, déjame que piense -me dice. Si es que hasta pensando se pone guapa-. Pues más alto, con ojos azules, rubio...

Vaya golpe más bajo, ¿pero qué se cree esta? Vaya boquita tiene para tirar dardos. Un momento, pero si se está riendo. ¡Me la ha metido doblada! Bueno, da igual, voy a seguirle el rollo.

-Creo que has visto muchas películas, Brad Pitt es actor, no periodista...

-Lo sé, es una pena, ¿verdad? -me dice sonriente.

Será mejor que cambie de tema, no estoy seguro de querer saber por qué ha empezado a hablar de mí.

-Antes he oído que tu madre tiene problemas, ¿qué le ocurre?

-No, no le ocurre nada. Era una mentirijilla piadosa. Soy muy patosa y siempre olvido cosas: las llaves de mi casa, el dinero; fíjate si soy tan patosa que una vez me presenté en la calle en pijama -se empieza a reír sola.

Un momento, entonces me la ha vuelto a colar. Como un tonto voy y le doy cinco euros, seré idiota.

-Pero no te preocupes -continua diciendo-, que la próxima vez que nos encontremos, te devolveré los cinco euros. Tengo un nuevo trabajo y empezaré a coger este tren todos los días.

-Es un bonito gesto por tu parte, pero no voy a poder montar en este tren a partir de mañana. Me trasladan la semana que viene a Londres.

¿De verdad? -me pregunta sorprendida.

-Si, la empresa en la que trabajo ha sido vendida y a mí me trasladan a Londres para seguir la liga inglesa de fútbol.

Los dos nos callamos de repente. Ella mira hacia delante pensativa. No sé en qué está pensando, pero me pone nervioso. Ahora parece que coge un trozo de papel de su bolsillo y apunta algo.

-Ten, mi número de teléfono. Llámame cuando estés libre este fin de semana y así te daré los cinco euros. Podemos quedar donde quieras.

Al final va a parecer maja y todo esta chica. Pero no, no debo llamarla. Ahora no es el momento de llamarla y encapricharme, ya bastante mal me lo hizo pasar Andrea, mi antigua novia. Lo mejor será que coja su número y me lo guarde sin más.

-¿No lo vas a mirar? -me dice al ver que me guardo su papel rápidamente-. A ver si te he vuelto a engañar y el papel está en blanco...

-Algo me dice que me fíe de ti -digo sonrojado.

El tren empieza a bajar la velocidad y si no recuerdo mal, esta es su parada, así que por fin toca despedirse.

-Bueno, esta es mi parada...emm -me dice con un gesto dando a entender que le diga mi nombre.

-Lucas, mi nombre es Lucas -le digo casi evitando su mirada, no la quiero mirar más.

-Ha sido un placer, Lucas -me vuelve a decir con una sonrisa amplia-. Mi nombre es Leire, espero tu llamada.

Leire...

Me gusta su nombre, una lástima que no lo volveré a mencionar jamás.

Continuará...en Londres.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Dichosa luna



Suena esa canción que siempre te gustaba escuchar mientras preparabas la cama para dormir. Era la canción que cerraba tus ojos de color café cuando su sonido ponía punto y final. Tecla a tecla la melodía se expandía por toda la habitación. Nos mirábamos intrigados, como si fuera la primera vez que nos conocíamos. Ambos teníamos una sonrisa que parecía querer perdurar en nuestras caras para siempre. Tus labios querían decir algo, pero créeme, ninguna palabra es necesaria cuando una sonrisa aparece. Ningún verbo, ningún nombre, ningún adjetivo; solo tu mirada era el mejor de los mensajes; el mejor de los libros de aventuras. ¿Y sabes qué? Siempre odiaba ese momento por una sencilla razón...Tenía que esperar toda una noche para volver a ver cómo me mirabas de nuevo. Sólo podía quedarme viéndote con una sonrisa perdida mientras soñabas. Espero que al menos soñaras conmigo...

La melodía sonaba y sonaba. Descorrí la cortina para que solo la luz de la luna nos acompañara. ¿Acaso necesitábamos a alguien más? No, solos tú, yo, la luna y nuestra canción. 

Aquella noche llevabas se camisón verde, mi preferido, y también los pendientes que te compré en Florencia. Miré embobado tus largos cabellos de color castaño, como tus ojos. Sí, podré decir que durante todas esas noches yo estuve en el cielo acompañado de mi ángel de la guarda. 

Llegaron las últimas pinceladas sobre el piano. Sabías cuál era la nota exacta para apagar la luz, acostarte sobre mi pecho y mirar a la luna. Entonces daba comienzo el baile de nuestras caricias. La melodía aumentaba de sonoridad, pero nuestra respiración se calmaba cuando te acariciaba. Los latidos se sincronizaban y éramos uno solo sintiendo el fluir del teclado de aquel piano que años atrás había sido tocado con el único fin de cerrar nuestros ojos.

Las notas se alejaban, la noche acababa, tus ojos dormían y, como siempre, tus labios ya tramaban un plan para despertarte con esa sonrisa que tanto me gustaba. Lentamente, dejé tu cabeza reposar en aquella cálida almohada, me levanté y apagué nuestra radio. Sólo me quedaba despedir a la luna y pedirle que al día siguiente me regalara otra noche junto a ti. Pero por desgracia no siempre los deseos se cumplen. Desde que del cielo te pidieron tu regreso, las teclas de piano no han vuelto a sonar, ni tampoco he vuelto a bailar. Dichosa luna...