Suena esa canción que siempre te gustaba escuchar mientras preparabas la cama para dormir. Era la canción que cerraba tus ojos de color café cuando su sonido ponía punto y final. Tecla a tecla la melodía se expandía por toda la habitación. Nos mirábamos intrigados, como si fuera la primera vez que nos conocíamos. Ambos teníamos una sonrisa que parecía querer perdurar en nuestras caras para siempre. Tus labios querían decir algo, pero créeme, ninguna palabra es necesaria cuando una sonrisa aparece. Ningún verbo, ningún nombre, ningún adjetivo; solo tu mirada era el mejor de los mensajes; el mejor de los libros de aventuras. ¿Y sabes qué? Siempre odiaba ese momento por una sencilla razón...Tenía que esperar toda una noche para volver a ver cómo me mirabas de nuevo. Sólo podía quedarme viéndote con una sonrisa perdida mientras soñabas. Espero que al menos soñaras conmigo...
La melodía sonaba y sonaba. Descorrí la cortina para que solo la luz de la luna nos acompañara. ¿Acaso necesitábamos a alguien más? No, solos tú, yo, la luna y nuestra canción.
Aquella noche llevabas se camisón verde, mi preferido, y también los pendientes que te compré en Florencia. Miré embobado tus largos cabellos de color castaño, como tus ojos. Sí, podré decir que durante todas esas noches yo estuve en el cielo acompañado de mi ángel de la guarda.
Llegaron las últimas pinceladas sobre el piano. Sabías cuál era la nota exacta para apagar la luz, acostarte sobre mi pecho y mirar a la luna. Entonces daba comienzo el baile de nuestras caricias. La melodía aumentaba de sonoridad, pero nuestra respiración se calmaba cuando te acariciaba. Los latidos se sincronizaban y éramos uno solo sintiendo el fluir del teclado de aquel piano que años atrás había sido tocado con el único fin de cerrar nuestros ojos.
Las notas se alejaban, la noche acababa, tus ojos dormían y, como siempre, tus labios ya tramaban un plan para despertarte con esa sonrisa que tanto me gustaba. Lentamente, dejé tu cabeza reposar en aquella cálida almohada, me levanté y apagué nuestra radio. Sólo me quedaba despedir a la luna y pedirle que al día siguiente me regalara otra noche junto a ti. Pero por desgracia no siempre los deseos se cumplen. Desde que del cielo te pidieron tu regreso, las teclas de piano no han vuelto a sonar, ni tampoco he vuelto a bailar. Dichosa luna...
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