Ya han pasado dos meses de aquel 14 de septiembre, día en el que tuve que hacer las maletas para marcharme a Londres. Los primeros días fueron muy complicados al tener que hospedarme en un hotel mientras buscaba piso. No tenía teléfono móvil para poder contactar con mi familia, y la personalidad de los londinenses era mucho más fría que la de los murcianos. Solo el wi-fi (o "wai fai" como aquí le dicen) me mantenía en contacto con mis amigos y con la empresa para la que ahora trabajo.
Mi dominio del inglés y mi pasión por el fútbol hacen que mi labor sea mucho más llevadera. Yo solo tengo que entrevistar a los jugadores españoles que me pedía mi jefe. Me divierte mucho cada partido del equipo local porque aquí el fútbol se vive de manera diferente. Los estadios se llenan de gente y el griterío siempre acaba ensordeciendo mis oídos. En definitiva, es como si fuera otro planeta futbolístico.
-Si, abuela, vivo en un piso junto a un compañero de trabajo -le digo para que se calme-, puedes estar tranquila porque no pasara nada, es muy buena persona.
Es la segunda vez que hablo con mi abuela. Estaba preocupada por estar tanto tiempo sin hablar conmigo. He estado tan ocupado estas últimas semanas con los partidos, que apenas he tenido ocasión de llamarla y esta vez le he mentido. Yo vivo solo, como solo, escribo solo y duermo solo. El resto de compañeros de la empresa están diseminados por toda Inglaterra, así que es difícil poder estar con ellos salvo cuando jugaban mi equipo y el de alguno de ellos.
-¿La has llamado? -mi abuela hace la pregunta que no deseaba que hiciera. Cuando dejé el tren aquel día, no llame a Lei...a esa chica. Al verme tan mal ese viernes, mi abuela me insistió para que le contara qué me ocurría y se lo conté todo.
-No, abuela, no. Ya te dije que no quería saber nada de ella -le contesto de manera tajante-. Abuela, tengo que colgar, mi compañero me necesita.
Tres, tres mentiras en una llamada. Ni mi compañero me necesita, ni he dejado de pensar en ella. El primer pensamiento que aparece en mi cabeza al despertarme es ella, al comer, aparece ella, al dormirme, ella de nuevo. Parece que es la única cosa que existe para mí. Tal es la obsesión que tengo, que en la última semana me ha parecido verla con su larga melena castaña en cada calle que paseaba. Cada vez que la veía, daba media vuelta.
No, no quiero verla ni en el tren que voy a coger ahora. Y como hacía en Murcia, siempre me siento en el mismo asiento entrada ya la noche inglesa. Es tarde y el tren está casi vacío.
Por fin voy a tener dos horas para olvidarme de Lei...de ella, como siempre. Me pongo mis auriculares con el volumen de la música al máximo, dejo la maleta en el maletero y ya solo queda sentarme...
¿Qué hace un billete de cinco euros en mi asiento?
Continuará...
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