Érase
una vez la historia de una familia feliz que vivía en un país
lejano. El país estaba lleno de grandes campos verdes con preciosas
flores que iluminaban el día a día del pequeño pueblo de Alegría,
bañada por una larga costa de agua cristalina Esta familia estaba
formada por tres integrantes: un padre llamado Alberto que trabajaba
en unas pequeñas tierras cercanas a una casa, una madre llamada
Ainoa que era maestra en el colegio del pueblo y una niña de seis
años llamada Sara que empezó a ir a la escuela ese año.
La
gente del pueblo eran muy buenas personas. Recibían bastante bien a
los visitantes con una amplia sonrisa y gran alegría. Quienes iban
al pueblo volvían de nuevo para disfrutar de la hospitalidad que
allí se vivía. Los niños correteaban por las grandes estepas
verdes bañados por los rayos del sol jugando como si no hubiera
mañana.
Un
día llegó el padre de la familia muy contento a casa:
-Familia,
tengo grandes noticias- dijo exultante dejando todos los materiales
de trabajo en el salón.
-Cuéntanos-
dijo la madre asombrada- ¿Qué ha ocurrido?
-Resulta
que han encontrado oro en las grandes canteras de las montañas. Y
van a venir del pueblo Avaricia a ayudarnos a sacar el oro. ¡Seremos
ricos!
Los
tres de la casa lo celebraron por todo lo alto. Llegada la noche
llamaron a todos sus vecinos para celebrar la gran noticia. Largas
bandejas de comida poblaban parte de la mesa del salón, griteríos
de alegría y música sonaban a lo largo de la casa. Era una gran
noticia para este pueblo tan humilde y tenían que celebrarlo.
La
mañana llegó y una comitiva de grandes dirigentes del pueblo
Avaricia apareció ante las puertas del ayuntamiento del pueblo. La
gente había preparado un pequeño recibimiento en la plaza del
ayuntamiento que ahora era ocupada por toda la multitud. Cánticos
sonaban acompañados de grandes aplausos. Del primer coche de la
comitiva apareció el alcalde del pueblo.
Tras
horas y horas de reunión entre los dos alcaldes de los pueblos
salieron al balcón del ayuntamiento y anunciaron que por la noche se
comenzaría a extraer el oro. Los vecinos, al escuchar tal noticia,
se presentaron voluntarios para llevar a cabo la extracción, entre
ellos el padre de nuestra familia protagonista.
Alberto
se despidió por la tarde de su mujer e hija y fue hacia las
montañas. Para llegar hasta allí tenía que atravesar un pequeño
bosque. Había un gran silencio en él. Los pájaros no piaban y las
ardillas no saltaban de árbol a árbol. Algo ocurría y Alberto lo
sabía.
De
repente, un gran sonido se escuchó tras unos árboles. Eran hombres
vestidos de soldado, En su brazo llevaban un escudo de la bandera del
pueblo de Avaricia:
-¿Está
todo preparado para la operación?-dijo en voz baja uno de los
soldados.
-Si,
mi capitán-contestó el otro soldado- Todo preparado para el saqueo
del pueblo.
-Preparad
el fuego. Vamos a arrasar el pueblo ahora mismo-mandó por walkie
talkie el soldado de mayor rango.
Alberto
se quedó atónito al escuchar aquellas palabras y comenzó a correr
por el camino que le había llevado hasta allí. Era consciente de
que tenía que avisar a todo el pueblo. Pero al llegar, la luna ya se
alzaba en lo alto y el pueblo estaba vacío excepto su casa y la de
su vecino. Alertó a Ainoa y a Sara y avisaron a su vecina y su hija.
No
había tiempo que perder así que cogieron varias reservas de comida
y agua y partieron rumbo a la costa, a la casa de los padres de
Alberto. El marido de Ainoa tenía la esperanza de que ellos le
ayudarían
Llegaron
a una pequeña casa pesquera al borde de la costa, escondida por una
zona escarpada. A lo lejos se escuchaban grandes bombardeos que
procedían del pueblo. Parecía que la conquista de los soldados ya
había comenzado:
-¡Papá!-dijo
Sara al llegar a la puerta de casa de sus abuelos- ¿Qué ocurre?
-Verás
hija, el abuelo nos ha invitado a cenar esta noche- mintió el padre.
-Pero,
¿qué está pasando en el pueblo?- preguntó de nuevo la niña
-Eso
son las máquinas de la minería, nada más- contestó el padre al
momento de que el abuelo abrió la puerta.
Entraron
a aquella casa y se instalaron rápidamente en el salón. Mientras
Sara y la hija de la vecina se quedaron jugando en una pequeña
habitación, los mayores se quedaron hablando en la cocina:
-No
tenemos dinero para poder ir todos a otra ciudad- dijo Alberto.
-Entonces
uno de nosotros tendrá que ir a Salvación- dijo el abuelo- Ese
pueblo no está muy lejos y quizá alguien pueda conseguir trabajo.
-Vale,
iré yo- dijo Alberto con valor- Cogeré la barca de mi tío e iré
hasta allí.
-¿Estás
seguro hijo?- preguntó la abuela de Alberto- Es un camino largo.
-Estoy
totalmente seguro, mama. Solo quiero que cuidéis de mi familia y mis
vecinos, nada más. Volveré pronto, cuando consiga el dinero.
A
la mañana siguiente, Alberto se despidió de su mujer y su hija, y
partió en un pequeño barco en dirección a la ciudad Salvación. El
agua estaba en calma pero el viento rápidamente le encaminó. Caído
el sol, Alberto desembarcaba en el puerto de Salvación. La noche
hacía fúnebre las calles de la ciudad. La neblina ocupaba gran
parte de ellas mientras leves luces iluminaban las calles de un color
azul blanquecino. El hombre no sabía dónde ir pero pronto encontró
un pequeño hostal:
-Disculpe
señor recepcionista- dijo Alberto- ¿Tendría alguna habitación
libre para mi?
-Solo
me queda una habitación-contestó levemente- Aquí tiene la llave.
Alberto
tan solo llevaba una pequeña mochila donde llevaba lo fundamental
para su supervivencia. Llegó a su habitación y fue directamente a
su cama. Solo quería cerrar los ojos e intentar despertarse en otro
lugar. Pero ni logró pegar ojo, ni logró estar en otro lugar.
La
mañana había llegado. Alberto salió del hostal sabiendo que tenía
que encontrar un trabajo porque no le quedaba apenas céntimo
alguno. Recorrió todos los puestos de trabajo de la ciudad pero no
consiguió ningún trabajo. Los periódicos volaban en manos de una
gente que iba de un lugar a otro. Del suelo consiguió recoger
Alberto un periódico donde aparecía una noticia triste para él:
El
pueblo vecino de Alegría ha sido ocupado por las tropas de Avaricia.
El saqueo llevado a cabo la noche anterior ha destrozado parte de las
casas de los vecinos alegrianos. No les queda nada a éstos y son
obligados a trabajar de sol a sol en las canteras para sacar oro de
las minas. Ahora el pueblo es llamado Tristeza. El alcalde ha declarado que….
Alberto
dejó de leer. Sus lágrimas deseaban caer pero las evitó. No había
tiempo que perder. Debía seguir buscando trabajo hasta el final.
Pero no tenía ningún lugar al que ir. La luna ya brillaba en lo
alto y las calles se vaciaban. La soledad cayó sobre Alberto como si
de una piedra se tratará, tanto que le hizo caer al suelo de
rodillas sin saber que hacer.
Una
pequeña carreta tirada por un burro se acercaba a lo lejos. Alberto
sorprendido, quiso apartarse pero la carreta se detuvo. Un anciano
bajó de la carreta y se acercó al pobre Alberto:
-¿Le
ocurre algo señor?- preguntó el anciano.
-He
perdido todo. No tengo nada que hacer, ni a donde ir- contestó
Alberto.
-Suba
buen hombre. Le llevaré a mi casa- le pidió a Alberto
Alberto
se levantó levemente y se subió a la carreta. El camino fue largo y
suntuoso. Llegaron a una pequeña casa situada en lo alto de un
acantilado cercano al mar. Las olas rompían bajo sus pies mientras
su sonido llegaba a los oídos del adormilado Alberto.
Cuando
entraron a la casa, el anciano le ofreció una taza de té y le
preguntó qué le ocurría a Alberto. Éste le contó
toda la historia desde dónde venía hasta cuál era su intención.
El anciano sorprendido, decidió ofrecerle un trabajo cuidando los
animales de su pequeña granja. Alberto aceptó y al fin se le esbozó
una sonrisa en su rostro y pudo dormir tranquilo.
Bien
temprano, a la mañana siguiente el anciano llamó a la puerta de su
habitación. Llevaba con él una pequeña paloma:
-Toma.
Esta paloma es mágica y cualquier lugar que tu le digas hasta allí
irá- dijo amablemente el anciano.
-Muchas
gracias, señor- sonrió Alberto- Disculpe, no le he preguntado su
nombre.
-Me
llamo Fé y la paloma se llama Esperanza, espero que le sea de ayuda.
Alberto
cogió un lápiz y papel, y empezó a escribir una nota que sería
llevada por la paloma hasta su familia:
Hola
familia
Soy
Alberto. He llegado hasta la ciudad de Salvación. Me ha recibido un
anciano llamado Fe que es muy amable y me ha ofrecido trabajo. En
pocas semanas habré recibido el dinero que necesitamos para comenzar
de nuevo otra vida en un nuevo pueblo.
Espero
que todos estéis bien y que no os haya pasado nada. Pronto os
volveré a abrazar.
Un
fuerte beso y un abrazo.
PD:
esta paloma es mágica. Decidle que llegue hasta mí y llegará.
Fé
se volvió a presentar en la habitación y le ordenó a Alberto todo
lo que tenía que hacer durante las siguientes semanas. Y las semanas
siguieron y todos los días llegaba esperanza con una carta mientras
Fé le proporcionaba la comida a Alberto.
Llegó
el último día y Alberto llegó a casa con la emoción de ver llegar
a su familia. Llegaron todos al atardecer y se unieron en un gran
abrazo de sonrisas y risas. Estaban de nuevo juntos y era hora de
comenzar una nueva vida. Esa nueva vida la empezarían en la ciudad
de Ilusión. Pero a pesar de que dejaron a Fé en su casa, él les
visitaba de vez en cuando e incluso Esperanza revoloteaba de vez en
cuando en la nueva casa de Alberto a la espera de que fuera requerida
de nuevo.