sábado, 5 de enero de 2013

Las palabras...


Al cabo de un día las personas podemos llegar a decir unas diez mil palabras e incluso dieciséis mil. De entre esas diez mil palabras solemos utilizar unas trescientas palabras diferentes.
Esas palabras son nuestro vehículo transmisor de ideas que dan forma a nuestra realidad pudiendo simbolizar cada momento que vamos viviendo a lo largo de nuestra vida. Esa creación de la realidad es fruto de nuestro desahogo externo emocional y por tanto, como Einstein decía: "Nuestro lenguaje forma nuestras vidas y hechiza nuestro pensamiento” 
Pero ese mundo no solo es nuestro sino también de los demás. Y es que, como enuncia Michel Montaigne, la palabra no es tan solo nuestra sino que también forma parte del que escucha porque a partir de ella se establece una relación.
Dentro de esas palabras quedan ocultas emociones o sentimientos que ofrecen poder a las palabras. Todos sabemos perfectamente que las palabras despiertan emociones en nosotros. Véase la idea de Dale Carnegie de que las personas no somos criaturas de lógica, sino más bien criaturas de emociones.
Existen palabras vacías que no llegan a nadie, en conversaciones sin sentido. También hay palabras con las que podemos ayudar a sonreír a los demás, a que se sientan mejor, a que puedan imaginar o soñar. Pero desgraciadamente tenemos la capacidad de herir a los demás con insultos, burlas, ofensas, etc. En nosotros cae la responsabilidad de usar la palabra como “algodón” o como “arma violenta”.
Pero ¡cuidado!, las palabras no solo dañan y ayudan a los demás. Nuestras propias palabras pueden causar grandes estragos en nosotros mismos, tanto en nuestras emociones como en nuestra personalidad. “No voy a aprobar el examen”, “Que feo soy”, son algunos de los ejemplos que desembocan en que no nos sintamos bien con nosotros mismos y que hacen que nuestras palabras tampoco ayuden a los demás. Confucio ya decía que las buenas personas son aquellas que se fortalecen incesantemente a si mismo, en definitiva, quererse a si mismo.
Somos seres vivos, si. Somos animales, como la cabra, el oso o el mono, si. Pero tenemos habilidades que nos hacen diferentes, especiales. Es el caso de nuestra capacidad de comunicarnos a partir de palabras pero a veces caemos en la trampa de utilizar las palabras de mala manera como una bestia, como un animal.
Podemos decir mucho más con nuestras palabras de lo que creemos. Por ello, creo que como futuros maestros, padres o simplemente personas, debemos enseñar a los demás el poder que tienen las buenas palabras, lo bueno que es embellecer las palabras en una simple conversación entre amigos o incluso en una creación poética. Enseñar, además, que con esas buenas palabras podemos tocar los “botones buenos”, como si de un mando del televisor se tratará, de cada uno de nosotros que simbolizan las emociones, como la felicidad, la alegría, el gozo...
En definitiva, me gustaría enseñar a los demás que las palabras deberían ser sonrisas con tan solo un destinatario: el mundo.

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