Al
cabo de un día las personas podemos llegar a decir unas diez mil
palabras e incluso dieciséis mil. De entre esas diez mil palabras
solemos utilizar unas trescientas palabras diferentes.
Esas
palabras son nuestro vehículo transmisor de ideas que dan forma a
nuestra realidad pudiendo simbolizar cada momento que vamos viviendo
a lo largo de nuestra vida. Esa creación de la realidad es fruto de
nuestro desahogo externo emocional y por tanto, como Einstein decía:
"Nuestro lenguaje forma nuestras vidas y hechiza nuestro
pensamiento”
Pero
ese mundo no solo es nuestro sino también de los demás. Y es que,
como enuncia Michel Montaigne, la palabra no es tan solo nuestra sino
que también forma parte del que escucha porque a partir de ella se
establece una relación.
Dentro
de esas palabras quedan ocultas emociones o sentimientos que ofrecen
poder a las palabras. Todos sabemos perfectamente que las palabras
despiertan emociones en nosotros. Véase la idea de Dale Carnegie de
que las personas no somos criaturas de lógica, sino más bien
criaturas de emociones.
Existen
palabras vacías que no llegan a nadie, en conversaciones sin
sentido. También hay palabras con las que podemos ayudar a sonreír
a los demás, a que se sientan mejor, a que puedan imaginar o soñar.
Pero desgraciadamente tenemos la capacidad de herir a los demás con
insultos, burlas, ofensas, etc. En nosotros cae la responsabilidad de
usar la palabra como “algodón” o como “arma violenta”.
Pero
¡cuidado!, las palabras no solo dañan y ayudan a los demás.
Nuestras propias palabras pueden causar grandes estragos en nosotros
mismos, tanto en nuestras emociones como en nuestra personalidad. “No
voy a aprobar el examen”, “Que feo soy”, son algunos de los
ejemplos que desembocan en que no nos sintamos bien con nosotros
mismos y que hacen que nuestras palabras tampoco ayuden a los demás.
Confucio ya decía que las buenas personas son aquellas que se
fortalecen incesantemente a si mismo, en definitiva, quererse a si
mismo.
Somos
seres vivos, si. Somos animales, como la cabra, el oso o el mono, si.
Pero tenemos habilidades que nos hacen diferentes, especiales. Es el
caso de nuestra capacidad de comunicarnos a partir de palabras pero a
veces caemos en la trampa de utilizar las palabras de mala manera
como una bestia, como un animal.
Podemos
decir mucho más con nuestras palabras de lo que creemos. Por ello,
creo que como futuros maestros, padres o simplemente personas,
debemos enseñar a los demás el poder que tienen las buenas
palabras, lo bueno que es embellecer las palabras en una simple
conversación entre amigos o incluso en una creación poética.
Enseñar, además, que con esas buenas palabras podemos tocar los
“botones buenos”, como si de un mando del televisor se tratará,
de cada uno de nosotros que simbolizan las emociones, como la
felicidad, la alegría, el gozo...
En
definitiva, me gustaría enseñar a los demás que las palabras
deberían ser sonrisas con tan solo un destinatario: el mundo.
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