sábado, 12 de enero de 2013

Odisea en busca del regreso de la ilusión

Érase una vez la historia de una familia feliz que vivía en un país lejano. El país estaba lleno de grandes campos verdes con preciosas flores que iluminaban el día a día del pequeño pueblo de Alegría, bañada por una larga costa de agua cristalina Esta familia estaba formada por tres integrantes: un padre llamado Alberto que trabajaba en unas pequeñas tierras cercanas a una casa, una madre llamada Ainoa que era maestra en el colegio del pueblo y una niña de seis años llamada Sara que empezó a ir a la escuela ese año.
La gente del pueblo eran muy buenas personas. Recibían bastante bien a los visitantes con una amplia sonrisa y gran alegría. Quienes iban al pueblo volvían de nuevo para disfrutar de la hospitalidad que allí se vivía. Los niños correteaban por las grandes estepas verdes bañados por los rayos del sol jugando como si no hubiera mañana.
Un día llegó el padre de la familia muy contento a casa:
-Familia, tengo grandes noticias- dijo exultante dejando todos los materiales de trabajo en el salón.
-Cuéntanos- dijo la madre asombrada- ¿Qué ha ocurrido?
-Resulta que han encontrado oro en las grandes canteras de las montañas. Y van a venir del pueblo Avaricia a ayudarnos a sacar el oro. ¡Seremos ricos!
Los tres de la casa lo celebraron por todo lo alto. Llegada la noche llamaron a todos sus vecinos para celebrar la gran noticia. Largas bandejas de comida poblaban parte de la mesa del salón, griteríos de alegría y música sonaban a lo largo de la casa. Era una gran noticia para este pueblo tan humilde y tenían que celebrarlo.
La mañana llegó y una comitiva de grandes dirigentes del pueblo Avaricia apareció ante las puertas del ayuntamiento del pueblo. La gente había preparado un pequeño recibimiento en la plaza del ayuntamiento que ahora era ocupada por toda la multitud. Cánticos sonaban acompañados de grandes aplausos. Del primer coche de la comitiva apareció el alcalde del pueblo.
Tras horas y horas de reunión entre los dos alcaldes de los pueblos salieron al balcón del ayuntamiento y anunciaron que por la noche se comenzaría a extraer el oro. Los vecinos, al escuchar tal noticia, se presentaron voluntarios para llevar a cabo la extracción, entre ellos el padre de nuestra familia protagonista.
Alberto se despidió por la tarde de su mujer e hija y fue hacia las montañas. Para llegar hasta allí tenía que atravesar un pequeño bosque. Había un gran silencio en él. Los pájaros no piaban y las ardillas no saltaban de árbol a árbol. Algo ocurría y Alberto lo sabía.
De repente, un gran sonido se escuchó tras unos árboles. Eran hombres vestidos de soldado, En su brazo llevaban un escudo de la bandera del pueblo de Avaricia:
-¿Está todo preparado para la operación?-dijo en voz baja uno de los soldados.
-Si, mi capitán-contestó el otro soldado- Todo preparado para el saqueo del pueblo.
-Preparad el fuego. Vamos a arrasar el pueblo ahora mismo-mandó por walkie talkie el soldado de mayor rango.
Alberto se quedó atónito al escuchar aquellas palabras y comenzó a correr por el camino que le había llevado hasta allí. Era consciente de que tenía que avisar a todo el pueblo. Pero al llegar, la luna ya se alzaba en lo alto y el pueblo estaba vacío excepto su casa y la de su vecino. Alertó a Ainoa y a Sara y avisaron a su vecina y su hija.
No había tiempo que perder así que cogieron varias reservas de comida y agua y partieron rumbo a la costa, a la casa de los padres de Alberto. El marido de Ainoa tenía la esperanza de que ellos le ayudarían
Llegaron a una pequeña casa pesquera al borde de la costa, escondida por una zona escarpada. A lo lejos se escuchaban grandes bombardeos que procedían del pueblo. Parecía que la conquista de los soldados ya había comenzado:
-¡Papá!-dijo Sara al llegar a la puerta de casa de sus abuelos- ¿Qué ocurre?
-Verás hija, el abuelo nos ha invitado a cenar esta noche- mintió el padre.
-Pero, ¿qué está pasando en el pueblo?- preguntó de nuevo la niña
-Eso son las máquinas de la minería, nada más- contestó el padre al momento de que el abuelo abrió la puerta.
Entraron a aquella casa y se instalaron rápidamente en el salón. Mientras Sara y la hija de la vecina se quedaron jugando en una pequeña habitación, los mayores se quedaron hablando en la cocina:
-No tenemos dinero para poder ir todos a otra ciudad- dijo Alberto.
-Entonces uno de nosotros tendrá que ir a Salvación- dijo el abuelo- Ese pueblo no está muy lejos y quizá alguien pueda conseguir trabajo.
-Vale, iré yo- dijo Alberto con valor- Cogeré la barca de mi tío e iré hasta allí.
-¿Estás seguro hijo?- preguntó la abuela de Alberto- Es un camino largo.
-Estoy totalmente seguro, mama. Solo quiero que cuidéis de mi familia y mis vecinos, nada más. Volveré pronto, cuando consiga el dinero.
A la mañana siguiente, Alberto se despidió de su mujer y su hija, y partió en un pequeño barco en dirección a la ciudad Salvación. El agua estaba en calma pero el viento rápidamente le encaminó. Caído el sol, Alberto desembarcaba en el puerto de Salvación. La noche hacía fúnebre las calles de la ciudad. La neblina ocupaba gran parte de ellas mientras leves luces iluminaban las calles de un color azul blanquecino. El hombre no sabía dónde ir pero pronto encontró un pequeño hostal:
-Disculpe señor recepcionista- dijo Alberto- ¿Tendría alguna habitación libre para mi?
-Solo me queda una habitación-contestó levemente- Aquí tiene la llave.
Alberto tan solo llevaba una pequeña mochila donde llevaba lo fundamental para su supervivencia. Llegó a su habitación y fue directamente a su cama. Solo quería cerrar los ojos e intentar despertarse en otro lugar. Pero ni logró pegar ojo, ni logró estar en otro lugar.
La mañana había llegado. Alberto salió del hostal sabiendo que tenía que encontrar un trabajo porque no le quedaba apenas céntimo alguno. Recorrió todos los puestos de trabajo de la ciudad pero no consiguió ningún trabajo. Los periódicos volaban en manos de una gente que iba de un lugar a otro. Del suelo consiguió recoger Alberto un periódico donde aparecía una noticia triste para él:
El pueblo vecino de Alegría ha sido ocupado por las tropas de Avaricia. El saqueo llevado a cabo la noche anterior ha destrozado parte de las casas de los vecinos alegrianos. No les queda nada a éstos y son obligados a trabajar de sol a sol en las canteras para sacar oro de las minas. Ahora el pueblo es llamado Tristeza. El alcalde ha declarado que….
Alberto dejó de leer. Sus lágrimas deseaban caer pero las evitó. No había tiempo que perder. Debía seguir buscando trabajo hasta el final. Pero no tenía ningún lugar al que ir. La luna ya brillaba en lo alto y las calles se vaciaban. La soledad cayó sobre Alberto como si de una piedra se tratará, tanto que le hizo caer al suelo de rodillas sin saber que hacer.
Una pequeña carreta tirada por un burro se acercaba a lo lejos. Alberto sorprendido, quiso apartarse pero la carreta se detuvo. Un anciano bajó de la carreta y se acercó al pobre Alberto:
-¿Le ocurre algo señor?- preguntó el anciano.
-He perdido todo. No tengo nada que hacer, ni a donde ir- contestó Alberto.
-Suba buen hombre. Le llevaré a mi casa- le pidió a Alberto
Alberto se levantó levemente y se subió a la carreta. El camino fue largo y suntuoso. Llegaron a una pequeña casa situada en lo alto de un acantilado cercano al mar. Las olas rompían bajo sus pies mientras su sonido llegaba a los oídos del adormilado Alberto.
Cuando entraron a la casa, el anciano le ofreció una taza de té y le preguntó qué le ocurría a Alberto. Éste le contó toda la historia desde dónde venía hasta cuál era su intención. El anciano sorprendido, decidió ofrecerle un trabajo cuidando los animales de su pequeña granja. Alberto aceptó y al fin se le esbozó una sonrisa en su rostro y pudo dormir tranquilo.
Bien temprano, a la mañana siguiente el anciano llamó a la puerta de su habitación. Llevaba con él una pequeña paloma:
-Toma. Esta paloma es mágica y cualquier lugar que tu le digas hasta allí irá- dijo amablemente el anciano.
-Muchas gracias, señor- sonrió Alberto- Disculpe, no le he preguntado su nombre.
-Me llamo Fé y la paloma se llama Esperanza, espero que le sea de ayuda.
Alberto cogió un lápiz y papel, y empezó a escribir una nota que sería llevada por la paloma hasta su familia:
Hola familia
Soy Alberto. He llegado hasta la ciudad de Salvación. Me ha recibido un anciano llamado Fe que es muy amable y me ha ofrecido trabajo. En pocas semanas habré recibido el dinero que necesitamos para comenzar de nuevo otra vida en un nuevo pueblo.
Espero que todos estéis bien y que no os haya pasado nada. Pronto os volveré a abrazar.
Un fuerte beso y un abrazo.
PD: esta paloma es mágica. Decidle que llegue hasta mí y llegará.
Fé se volvió a presentar en la habitación y le ordenó a Alberto todo lo que tenía que hacer durante las siguientes semanas. Y las semanas siguieron y todos los días llegaba esperanza con una carta mientras Fé le proporcionaba la comida a Alberto.
Llegó el último día y Alberto llegó a casa con la emoción de ver llegar a su familia. Llegaron todos al atardecer y se unieron en un gran abrazo de sonrisas y risas. Estaban de nuevo juntos y era hora de comenzar una nueva vida. Esa nueva vida la empezarían en la ciudad de Ilusión. Pero a pesar de que dejaron a Fé en su casa, él les visitaba de vez en cuando e incluso Esperanza revoloteaba de vez en cuando en la nueva casa de Alberto a la espera de que fuera requerida de nuevo.


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