Hay momentos en la
vida donde el viaje hacia la cima de la montaña comienza a ser un arduo
esfuerzo. El dolor de piernas hace que nos sentemos y tomemos aire ante un
paisaje gris en el que las nubes pintan de tristeza tu alrededor. La lluvia
empieza a caer y las gotas empiezan a acariciar tu piel pero lamentablemente no
hay tiempo para la relajación. La tormenta ha comenzado.
En ese preciso
instante, por arte de magia o porque el destino así lo tiene decidido, aparecen
grandes corazones portados por el cariño que les nutre. Esos corazones son
capaces de ofrecerte calor en la fría tempestad, de resguardarte de la lluvia,
de agarrarte del abismo y devolverte al camino, de hacer caminar tus piernas
aunque no puedas, de limpiar tu sudor y de ofrecerte comida, e incluso son
capaces de darte a conocer nuevos caminos.
Si te encuentras con
uno de esos corazones los reconocerás fácilmente. No obstante, yo te ofrezco
una pista, querido viajero. La mejor medicina que te pueden aportar es el
abrazo. Te pueden abrazar de tres maneras: con sus brazos, con sus sonrisas o
con sus palabras. Así que te aconsejo que aproveches esos abrazos porque harán
tu camino más llevadero. Esa es la misión oculta de esos corazones. Ese es su
cometido en esta vida porque te quieren, porque, a fin de cuentas, los amigos
valen más que mil mapas.
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