martes, 11 de noviembre de 2014

¿Qué he hecho hoy?


A- ¿Me has llamado?
B- Si, te estaba buscando.
A- ¿A mí?
B- Si.
A- ¿Por qué?
B- Porque te olvidaste de esto al salir de casa.
A- Me había olvidado por completo de ese juguete. ¿Cómo se usaba?
B- Si no lo sabes tú, ¿cómo lo voy a saber yo?
A- Es que hoy madrugué muy temprano, justo con la salida del sol, ¿sabe? Y estoy un poco cansado.
B- Si, lo sé. Te vi al despertar. Pero entre el ir y venir a casa, te perdí un poco.
A- La mañana ha sido una locura para mí. ¿Sabes que con cada regreso mío, había aprendido algo?
B- ¿Como qué?
A- A ver, déjame que recuerde...Es tan tarde...
B- Tranquilo, piensa sin prisa. Tenemos tiempo.
A- Recuerdo letras, números, planetas, canciones, cuadros, deportes...
B- Ah, si, algo creo que me comentó alguien el otro día.
A- Fue divertido. Pero han pasado ya tantas y tantas horas, que no recuerdo mucho más.
B- Eso es bueno, parece que ha sido un día muy entretenido para ti.
A- Si, mucho. Una de las cosas más increíbles me ocurrió a la hora del almuerzo.
B- ¿En serio? Cuéntame.
A- Conocí a una chica. Muy guapa, muy divertida, muy cariñosa...Su nombre era Julía.
B- Suena muy bien.
A- Si, la verdad es que si. Ojalá la hubiera podido conocer usted. Cuando era la hora de comer, nos fuimos a la universidad. Ella estudiaba medicina y yo historia. En la comida se notaba ya la pasión por nuestras carreras.
B- ¿Flechazo? ¿Amor a primera vista?
A- Es posible. ¿Usted cree en eso?
B- No lo sé, ya ni recuerdo que se sentía al amar a alguien, pero muchos me lo han mencionado.
A- Bueno, te sigo contando...A la hora del café, llamaron a mi trabajo. Mis padres habían fallecido.
B- Lo siento mucho.
A- Gracias.
B- Si quieres, cuéntame otra cosa de tu día.
A- Mmm... A ver... Ah si, recuerdo que a la hora de la merienda, tuve que dar de comer a mi hijo porque mi mujer me había abandonado. Según ella, necesitaba su tiempo, que debía encontrarse a si misma...o algo así.
B- Lo siento de nuevo.
A- Qué se le va a hacer. A veces los días se tuercen, incluso, a veces, tienen altibajos como el de hoy a la hora de cenar. Mi hijo aún no sabía que carrera escoger. Periodismo o Filología. Sea lo que fuera, para mí era una alegría verle tomar una decisión así. Al final, Periodismo.
B- Todo padre quiere que su hijo encamine su vida sin problemas, ni preocupaciones por delante, ¿no?
A- Así es. A las diez me dijo: "Papá, me marcho". Se ha independizado con su novia y tiene preparado un futuro trabajo. No puedo estar más feliz.
B- Pero, ¿y Julía?
A- Me llamó sobre las diez y media de la noche.
B- ¿Y qué te dijo?
A- Que tenía que verme porque algo le había ocurrido...
B- ¿El qué?
A- De eso me enteré sobre las once. Estaba enferma y quería contarme lo que había descubierto durante su retiro.
B- ¿Qué fue?
A- No se lo puedo decir, señor. Es un secreto. Solo le diré que, a pesar de que se muriera a las once y cuarto, yo la sigo amando.
B- Pero, ¿es un poco triste tu final del día, no?
A- ¡Qué va!
B- Pues yo diría que si.
A- Eso es porque no te he contado lo que me pasó a las once y media.
B- ¿Qué pasó?
A- ¡Vinieron mis nietos a visitarme! Son unas criaturas preciosas. Han devuelto la ternura y la alegría a la familia.
B- Me alegro por ti.
A- Desearía tener la ocasión de presentárselos.
B- Ojalá, si, ojalá. Pero no me dirás que no has tenido un día muy ajetreado.
A- Si, se me ha pasado volando. Pero sin duda, me ha pasado de todo. He aprendido, he llorado, he reído, he amado, he cuidado, he sentido, he sufrido...HE VIVIDO.
B- Nadie podrá negártelo.
A- No, nadie. Por cierto, ¿qué hora tiene?
B- Falta un minuto para las doce de la noche.
A- Vaya, que tarde se ha hecho y yo aquí tan solo...
B- ¿Quieres venirte conmigo esta noche? Así puedes contarme más cosas de tu increíble día.
A- ¿A dónde?
B- No lo sé. Sería cuestión de dejarse llevar.
A- De acuerdo, será un placer seguir contándole cómo viví tan feliz.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Mi amiga



Levanto la mirada y ahí me espera otra cuesta más. La bicicleta empieza a temblar. Mis piernas no sostienen el equilibrio. Dejé de contar las cuestas cuando superé la número diez, aquella en la que vi bajar a un grupo de ciclistas algo asustados. La altura iba abandonando a los árboles poco a poco y la dificultad se intensificaba.

Pero esta cuesta parece ser la última porque no logro ver más allá del camino, solo el cielo azulado. Un cielo que parece caer sobre mis hombros a cada pedalada que doy. ¿Es que no quiere que llegue hoy?

Mi cuerpo pesa. Mi cuello recibe pinchazos de enemigos invisibles. Es hora de cambiar de postura, así que me levanto del sillín y doy nuevamente pedaladas,

Ya está, he llegado a la ci...¡No puede ser! Una larga llanura me separa de la verdadera cima por lo que tendré que detenerme un momento en el frágil banco de madera que veo cerca de mí. Con un barranco ante mis pies, dejo mi bicicleta apoyada en el banco y decido retomar el aliento.



La cara comienza a recibir el viento de cara, lo cual me reconforta. Mi respiración se calma y mis latidos vuelven a la normalidad. No pueden decir lo mismo mis piernas porque no dejan de temblar. Supongo que con un par de minutos bastará.

Durante ese tiempo mantengo mis ojos sobre el camino que me separa de mi destino. Y, aunque no lo parezca, mi cuerpo me habla de vez en cuando en forma de temblores. No quiere seguir, quiere volver por donde he venido, cuesta abajo y regresar a casa. Si, es un camino fácil. Demasiado, añadiría yo.

El viento me ataca con especial violencia. Es un viento frío, muy frío. Es un aviso, tengo que marchar. Es hora de pedalear...pero, ¿hacia mi casa o hacia la cima?

1...2...3. Mi corazón ha hablado. Seguimos adelante.

Me subo a la bicicleta, bebo un trago de agua y comienza de nuevo el pedaleo. Sin mucha dificultad, alcanzo una gran velocidad. Me acompaña el calor soportable del sol en un paisaje llano. No tardaré en llegar a la falda de la nueva cima, así que disfruto del camino y de la brisa fresca.

Mis piernas están disfrutando...¡Qué ilusas!

Si, he llegado al comienzo de la cuesta. La última. Calculo que será un kilómetro con el mismo desnivel, un rompe piernas.



Ya empiezo a tener miedo. Ya empiezo a maldecirme a mi mismo. ¿Por qué lo estoy haciendo?

Hay muchas razones pero las estoy olvidando por la intensidad.

Subo sin mirar hacia delante. Solo miro al suelo, mientras canturreo alguna melodía de la que ni recuerdo el nombre del cantante. Que mas da, solo quiero distraerme.

El sonido de mi respiración suena como si fuera una tormenta. Aparto una mano del manillar para tocar mi cuello y conocer el número de pulsaciones. Son demasiadas para hacer la cuenta. Tengo que bajar la intensidad de las pedaladas porque los piñones y los platos no se pueden cambiar más.

Las ruedas de la bici aprietan con fuerza el suelo pedregoso. Las piedras van saltando por el aire a mi paso.

Me limpio el sudor de la cabeza. El silencio de mi alrededor me atormenta.

No puedo más, no siento ningún ápice de mi cuerpo. Solo mi corazón y mi cabeza son los encargados de desplazar las dos ruedas. Todas mis extremidades desean bajar de la bicicleta. Cierro los ojos y cae la primera lágrima...

Abro los ojos y miro hacia atrás, hasta lo más bajo del camino recorrido. Mi boca sonríe a pesar de las lágrimas. Veo el principio tan lejos que me siento liviano, muy ligero. Si he sido capaz de superarlo, ¿cómo no voy a ser capaz de llegar  a la cima?



Miro hacia delante. No queda mucho, solo tengo que mantener la calma y seguir pedaleando. Así de simple y con lo que me encanta la sencillez de las cosas, esto va a ser pan comido.

Estoy a punto de conseguirlo:

Cinco pedaladas
Cuatro pedaladas
Tres pedaladas
Dos pedaladas
Una pedalada

Mis ojos estallan por la alegría de vivir este momento. Tiemblo de emoción. Soy feliz

Cero pedaladas
Lo he conseguido

Lanzo la bicicleta al suelo y me quedo de pie ante las extensas vistas que ven mis ojos. Atrás queda dolor y sufrimiento. Aquí estoy feliz porque ahora recuerdo la razón por la que estoy aquí.

Doy media vuelta y descubro un pequeño camino escondido. Es un camino muy largo cuyo final se pierde entre las nubes. ¿Una nueva cima? Es posible, pero está anocheciendo. Es hora de volver a casa y disfrutar de lo que he conseguido.



Quizá la próxima semana vuelva y llegue a esa cima. Puede que así siga cumpliendo mi deseo pero ese es mi pequeño gran secreto. Que quede entre tú y yo, querida amiga.



lunes, 13 de octubre de 2014

La memoria italiana: prólogo

UNA HISTORIA PARA EL VIENTO

Los primeros rayos de sol de aquel día se dejaban ver por la ciudad italiana. Florencia se despertó risueña de nuevo, sin ningún atisbo de tormenta y el azul pintaba el cielo de un día que había sido esperado por un joven universitario durante mucho tiempo.

Alberto, que así se llamaba, llegó con  la salida del sol a la plaza de Miguel Ángel. Aquella plaza era recomendada para cualquier turista que acabara de llegar a la ciudad. Desde allí se podía ver una majestuosa imagen de Florencia, bañada por el río Arno y en la que destacaba un edificio sobre los demás: la catedral de Santa María del Fiore. Su enorme cúpula naranja era inconfundible.

El chico contempló aquella estampa, cerró los ojos y respiró la brisa matutina. A lo lejos se escuchaban el ir y venir de coches en la ciudad sin destino aparente junto con voces lejanas que se iban perdiendo en el aire. Alberto parecía algo cansado por el largo viaje, así que decidió tomar asiento en uno de los bancos de piedra que rodeaban a una imponente figura en el centro de la plaza. Era una replica de bronce del David de Miguel Ángel que le traía muchos recuerdos a Alberto.

Alberto sacó una botella de agua de la mochila que llevaba a su espalda para hidratarse. Al parecer por los roces, se notaba que esa mochila había viajado más de una vez con él. Hacía mucho calor por lo que también se quitó la gorra para limpiar su sudor y dejó la mochila en el suelo. El chico resopló y miró al cielo. Habían pasado dos años desde aquel viaje…

-Ojalá estuvieras aquí. Te contaría la historia que me cambió para siempre, en la que sentí dolor y tristeza. Ojalá estuvieras aquí, pero para no perder la costumbre, contaré nuestra historia para que el viento lleve mis palabras hasta ti, allá donde estés…

martes, 2 de septiembre de 2014

Ellos viajaban en tren I: Epílogo

-El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

Fue la quinta vez que Leire escuchó esa frase aquella mañana. Su cuerpo estaba totalmente paralizado y las lágrimas le habían estropeado el maquillaje que tanto había preparado para ver a Lucas. Cayó rendida de rodillas al suelo, sollozando sin parar.

Se había marchado lo único que le importaba en la vida, lo único que le hacía sonreír, la razón por la que madrugaba día tras día para encontrar el billete en su mesilla y saber que aún no había despertado del sueño que era su amor por él.

Sus sueños nocturnos habían presagiado su futuro. Su cuerpo empezaba a sentir pinchazos en varias partes conforme iba recordando cada sueño que había tenido. No podía contener las lágrimas, su tristeza era infinita y su tren no volvería a partir.

Ya no importaba su nuevo trabajo en África, ya no importaba escribir, ya no existía nada en su mundo. Su vida se había convertido en una pesadilla.

La gente del andén estaba atónita al ver semejante tristeza. Nadie se acercó hasta que una persona no soportó más la tensión y se aproximó a Leire. Se agachó y le dejó algo que no pudo ser visto por las personas que se encontraban presentes, pero que parecía un especie de papel.

Leire comenzó a dejar de llorar y miró hacia el papel. Era un billete de cinco euros.

-La última vez que te vi llorar fue porque necesitabas un billete de cinco euros.

Los ojos de Leire se abrieron como platos, su corazón se activó al cien por cien y su respiración cambió bruscamente.

-Imbécil, imbécil, imbécil... -murmuró Leire en voz baja mirando hacia el frente.

Se levantó de manera efusiva y dio tal abrazo al chico que los dos cayeron sobre el andén.

-¡Ten cuidado, Leire! ¡Creo que tengo el tobillo medio roto! -dijo Lucas señalando una muleta que había caído tras el abrazo.

-¡Idiota, crees que me importa eso ahora! -gritó Leire.

La joven empezó a dar golpes de impotencia en el pecho de Lucas. Este le abrazó y sintió un temblor en su propio cuerpo provocado por las vibraciones de los llantos de Leire que poco a poco fueron diluyéndose. La chica apartó los brazos de su novio.

-Creía que estabas muerto -dijo Leire aún con alguna lágrima en sus mejillas totalmente rojas. 

-Por un momento, yo también pensé que iba a morir -contestó Lucas secando las mejillas de Leire con la mano-. Me torcí el tobillo y caí a la vía. Escuché la bocina de un tren a toda máquina llegar a la estación, pero en el último instante, cambió de vía.

Lucas hizo una pausa para tomar aire.

-¿Recuerdas al chico grafitero que chocó con nosotros cuando nos vimos en Murcia?

-Si.

-Pues...verás. fue a él al que arrolló el tren. Escapaba de un guardia y...bueno, puedes imaginarte el final.

Leire arrimó su boca a la cara de Lucas y empezó a besarla por todas partes como una abuela a su querido nieto.

-Idiota, no vuelvas a hacer algo así -dijo sin aliento-. ¿Dónde tenías el maldito móvil?

-Lo siento, cariño. Con la discusión que tuvimos, se me olvidó cargar el móvil y he pasado todo el tiempo hasta ahora en el centro de salud tratando mi tobillo. Me enteré de lo que le había ocurrido al grafitero cuando llegó la ambulancia con su cuerpo...Es horrible.

Al ver que Lucas se entristecía, Leire respiró profundamente y le acarició la frente.

-Quedémonos con lo bueno, estás aquí conmigo.

-Si, pero por favor, sentémonos en otro lugar, me estás haciendo polvo la pierna.

Leire levantó a Lucas con cuidado y lo sentó en un banco del andén, igual que la última vez. La gente del pueblo se alejaba de aquella escena para seguir con su rutina.

-Creo que hay una pregunta que aún no has contestado, Leire -dijo Lucas recordando el graffiti que había pintado.

La chica se puso nerviosa. Sus mejillas seguían con el mismo color rosado, pero esta vez era por el rubor de la pregunta. Había sentido tantas sensaciones diferentes, que los nervios afloraban por su piel.

-Si, quiero.

Los dos se besaron dulcemente durante un largo tiempo y se fundieron en un profundo abrazo durante un rato. Leire reposó su cabeza sobre el hombro de Lucas y se quedaron sentados viendo pasar el tiempo. Un tiempo que para ellos se había detenido. Leire estaba de vuelta en su preciado sueño.

-No voy a irme a África, quiero estar contigo, Lucas.

El chico rodeó el cuerpo de Leire con su brazo izquierdo y apoyó su cabeza con la de ella.

-¿Qué te parece si hacemos un largo viaje antes de casarnos?

-Yo encantada. Eso si, no pienso volver a coger un tren en mi vida.

-De acuerdo -dijo Lucas riendo-, daremos la vuelta al mundo en barco.

-¡Me apunto! -sonrió Leire-, pero para ese viaje necesitaremos más de un billete de cinco euros...

FIN

Él viaja en tren I

Me despierto en la cama sin poder respirar, totalmente asustada por otro sueño más. Últimamente estoy teniendo unos sueños muy feos. En todos ellos pierdo a Lucas tras un accidente de tren al intentar salvarme. Enumerar las formas en las que lo he visto morir en sueños no me bastaría con mis dedos de las manos. Con mis propias manos quisiera agarrarle antes de verle cerrar los ojos para siempre en mis sueños. Mi respiración tiende a estabilizarse poco a poco.

Me quedo acostada en la cama. Al sentir que Lucas se ha marchado temprano, como siempre, aprovecho para ocupar toda la cama. Sé que aún quedan unos minutos para que suene el despertador así que aprovecho para pensar en qué decirle para que todo vuelva a ser como antes. Mira que es testarudo, le cuesta ver las cosas. Tengo que ser yo la que tire del carro siempre y una muestra fue que si no llega a ser por mi insistencia, Lucas no habría cumplido su sueño de ir por todo el mundo. Él tenía mucho miedo.

El mismo miedo que le hizo estar tanto tiempo sin llamarme durante los dos años que estuvimos sin vernos, habiéndole dado yo mi número de teléfono. No quiere que le saque el tema nunca más por lo que el muy idiota se quedará sin saber que yo era su mayor fan cuando estaba trabajando en Inglaterra. Compraba todos los periódicos en los que escribía, le escuchaba por la radio e incluso hubo alguna vez que lo pude ver por televisión entrevistando a un jugador. No me perdía una y conforme pasaba el tiempo, más me atraía él. Le veía disfrutar tanto con su sonrisa juguetona a través de la tele, que una amiga me convenció para que fuera a Inglaterra a verle.

Al bajar del avión en el aeropuerto de Oxford, tengo que reconocer que empecé a estar muy nerviosa. ¿Y si no me había llamado porque no le gustaba? ¿Y si lo primero que dijera al verme fuera que yo era una descerebrada? Pero mi amiga insistió para que fuera, aprovechando que ella vivía allí. Cuando terminaba algún partido en Londres, yo le esperaba en la puerta y cuando salía, le seguía. Con el paso de los días, empecé a pensar que él me evitaba. Yo no podía seguir así y necesitaba decirle lo que sentía.

Por eso me encontré con él en el tren yendo a Oxford. Era mi última oportunidad. O me quería o me iba, era simple y duro a la vez. Pero el estúpido...mi estúpido, no había leído el papel que le entregué. Decidí esperarle sentada en el banco de la estación, como hice la última vez,  pensando que esa vez si leería la nota, pero él no vino. Me enfadé tanto que no quise volver a hablar con él. Apagué el móvil.

Mi hermano fue mi único refugio cuando regresé a Murcia. Me animó todos los días e hizo que sonriera porque siempre me decía que alguien me encontraría algún día y que mientras tanto fuera feliz por vivir. No fue fácil, en estas condiciones siempre es sencillo hablar, pero hacerlo es otra cosa. "Alguien vendrá" decía y a mí sólo me venía Lucas a la cabeza. Y vino. Vino de casualidad, si, pero vino. Mi hermano y yo fuimos a visitar a mi abuela a Cieza y al volver, no me podía creer lo que estaba viendo. Él en el mismo tren que yo. Mi hermano me estuvo animando, me hacía reír durante el viaje, pero yo decidí dormir hasta llegar a nuestra estación. Cuando llegamos, fue mi hermano el que me dijo que no intentara quedarme sentada en el banco esperando a Lucas, que sería una perdida de tiempo. Le dije que se fuera, que me dejara sola porque tenía un presentimiento. Acerté.

No exageraría si dijera que aquel día fue el más feliz de mi vida. Me atraía tanto su personalidad, su mirada penetrante, sus labios. Era perfecto. No quería que ese día acabara...

Suena el despertador y hoy es nuestro aniversario. Cinco añitos ya.

Al quedarme sentada sobre el borde de la cama mirando a la nada, me viene un flash a la mente. ¿Lucas me despertó anoche? No lo recuerdo bien, pero siento un pequeño calor en mi frente. Quizá fuera real.

Miro a mi mesilla y apago el despertador. ¿Una nota?

Hola cariño
                                
Sé que hoy no tienes que nada que hacer, pero quisiera que cogieras estos cinco euros y  montarás en el primer tren de la mañana. Te estaré esperando.

                                                                                                                         Te quiero                                                                                                                        Un beso 
                                                                                                  
Este idiota siempre sabe hacerme sonreír aún sabiendo la que me lío anoche. Estoy totalmente sonrojada y nerviosa. El loco de mi novio es capaz de cualquier cosa, pero más feliz no puedo estar. Cojo nuestros cinco euros y salgo de la habitación a vestirme. Y digo "nuestros" porque ese billete me lo deja cada mañana en mi mesilla para que pague el billete del tren y con él me deja una nota con un "Te quiero", pero hoy se ha superado. Lo que él no sabe es que yo siempre le meto el billete en su cartera y es el mismo desde hace cinco años...

Decido ponerme mi camisa naranja favorita, mis vaqueros azules y mis zapatillas blancas como el primer día que nos conocimos. Cojo mi bolso y me meto el móvil en el bolsillo. Lucas me ha contagiado la pasión por la música y siempre voy con los auriculares de aquí para allá, así podré olvidarme de la discusión de ayer. Estoy segura de que Lucas también la ha olvidado. Entiendo que le preocupa lo que pueda hacer Fernando, pero sé que él confía en mí.

A pesar de que el pueblo murciano en el que vivimos ahora es muy pequeño, las calles están repletas de personas y creo que la gente me mira raro. Será porque llevo una sonrisa que no me cabe en la cara. Casi lloro de la emoción cada vez que recuerdo la nota, y la música me llena de tanta emoción que hace mover mis piernas solas. ¿Qué será lo que tiene preparado para mí? No puedo esperar...

Llego a la estación y lo primero que veo son furgonetas de televisiones autonómicas y nacionales. ¿Qué habrá pasado?

Sigo caminando y llego hasta el andén. En él hay un grupo de periodistas preguntando a alguien, pero no es Lucas.

-¿Has visto cómo ocurrió? -pregunta uno de los periodistas a un hombre entrado en la vejez.

-Por lo que se oye en el pueblo, dicen que un jovenzuelo ha muerto al ser atropellado por un tren sobre las seis de la mañana -dice un hombre que se nota que es de este pueblo de toda la vida-. Hay quien dice que se cayó en la vía cuando corría.

¡Un momento!

No, no puede ser cierto...

-¿Pero cómo es posible que pasará un tren a esa hora cuando el primero tenía previsto que llegara a las 6:30? -pregunta otro periodista.

-Un primo hermano mío me ha dicho esta mañana que algunos trenes tuvieron que ser llevados a la estación para guardarlos de la lluvia.

¡Qué no, qué no! Lucas está bien, lo sé.

-Aún estamos a la espera de las declaraciones de la policía, les mantendremos informados -finaliza un periodista.

Voy a llamarle.

-El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

Tranquila Leire, seguro que está al llegar.

Viene el primer tren de la mañana. Vagón número tres se detiene delante mía y en él un graffiti grandísimo pintado.

¿Quieres casarte conmigo?

Por favor, Lucas. Dime que lo has pintado tú y que aparecerás al lado mío. Por favor.

Miro alrededor, pero Lucas no aparece. Miro por las ventanas del tren, en la fila número seis, nuestra fila...No, no está. Esto tiene que tener una explicación lógica, pero mis pulmones no piensan  lo mismo. Me vuelve a costar respirar y mis ojos empiezan a humedecerse. Lloro desconsolada.

Por favor, Lucas. Ven, por favor.

-El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

-El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

-El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

-El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento.

......





lunes, 1 de septiembre de 2014

Ella viaja en tren IX

Mi móvil comienza a vibrar en la mesa del salón. Ha sido una noche muy complicada y mi espalda está totalmente destrozada tras dormir en el sofá muy pocas horas. Bueno, dormir lo que se dice dormir no he podido. Mi cabeza daba vueltas y vueltas a la discusión de Leire, yo no sabía porqué había sido tan estúpido durante nuestro encuentro.

Me levanto del sofá y apago la alarma del móvil. Son las cuatro de la mañana, hora de empezar mi plan.

Llego a mi despacho. Todo está en silencio, no logro escuchar el respiro de Leire en la habitación contigua. Sólo me acompaña el goteo agresivo de la lluvia que se oye fuera. Me acerco a la ventana y si, está diluviando, pero no hay vuelta atrás, mi plan sigue en pie. Recojo una mochila que tenía guardada en mi armario desde hace meses y escribo una nota para Leire.

Había pensado en este momento desde el día que nos vimos en Murcia por segunda vez, momento en el que empezamos a salir juntos. Recuerdo que tras esa noche, decidí comprar un anillo para ella porque sabía que ella era la única para mí. Cuando se lo enseñé a mis amigos, empezaron a reírse de mí, decían que estaba loco por hacer esa temeridad. Quizá lo estaba un poco... 

Supongo que cualquiera que pase una noche con Leire, se volvería loco...loco por ella. Aquella primera noche fue la mejor que he pasado en toda mi vida. No paramos ningún momento de reír, cada segundo con ella pasaba rapidísimo y hablamos como si nos conociéramos de toda la vida, habíamos conectado del todo. Atrás dejamos nuestros nervios en los primeros encuentros y nuestros deseos no correspondidos; los arrojamos por la borda porque nuestro barco deseaba zarpar sin lastre alguno. Ese era mi deseo en ese momento, ese era NUESTRO deseo.

Termino de escribir la nota para Leire y decido entrar a nuestro dormitorio. La lluvia sigue cayendo, aunque mi mente se haya ido al pasado durante un tiempo. Le dejo la nota sobre la mesilla y un billete de cinco euros como siempre hacía cada mañana antes de irme. Leire suele despertarse con cualquier ruido, pero esta noche se nota que tiene un sueño profundo así que me siento en el suelo para escucharle respirar, aún tengo tiempo de sobra.

Las cuatro y media de la mañana, tengo que salir ya. Me inclino hacia ella y le beso en la frente, pero repentinamente, ella despierta desorientada.

-¡Lucas! -me dice en voz baja somnolienta.

-Tranquila, ya me voy -le digo mientras me incorporo.

-No, no te vayas, por favor. He soñado contigo...

A veces, Leire tiene sueños extraños en los cuales nos ve sufrir a los dos, lo pasa muy mal de noche al ver imágenes tan nefastas sueños. Me vuelvo hasta ella y le acaricio el pelo.

-Duérmete, Leire. Solo ha sido un sueño. Hasta mañana.

Le sigo acariciando hasta que queda totalmente relajada y acaba cerrando los ojos.

No hay tiempo que perder. Me levanto lentamente y me quedo mirándola una última vez desde la puerta. Creo que no existe mejor imagen que la que estoy viendo ahora mismo...

Busco rápidamente el paraguas, pero no lo encuentro por ninguna parte. No estaba pensado en el plan por lo que tengo que mojarme si o si. Me pongo mi mochila en la espalda y salgo de casa. La lluvia empieza a azotarme con fuerza, razón que hace que empiece a correr sin parar. Las calles están desiertas y algunas incluso a oscuras por culpa de algún apagón, supongo. La verdad es que el sonido de la lluvia sonando sobre el suelo en un tremendo silencio de la calle me encanta. El poder de la naturaleza...

Bueno, sigo mi camino hasta mi destino: la estación. Tras tantas noches paseando por aquí, sé por dónde actuar y cómo actuar. Llego a un andén, habitado por un solo tren. Al habernos mudado a un pueblo tan pequeño de Murcia, no hay error alguno en saber que este tren será el único en partir de aquí por la mañana.

Camino hasta la pared del vagón número tres y me agacho para sacar de la mochila el material que necesito: unos sprays y una linterna. Desde que vi a aquel chico chocar contra nosotros en la estación, se me ocurrió este plan. Enciendo la luz de la linterna y comienzo a pintar. ¡Qué peste! Aunque tampoco me puedo quejar, menos mal que el tren está bajo una enorme marquesina porque si llega a estar al aire libre con este tiempo, no sé que hubiera sido de mí, ni del graffiti. 

Termino de pintar lo que quería pero...estoy tan cansado que los ojos se me cierran solos.

...

-¡Lucas, despierta! -me digo en sueños.

Abro los ojos al escuchar un ruido tras el vagón, miro mi reloj: ¡Son las 5:55! Me levanto rápidamente y voy hacia el ruido que había escuchado.

¡No puede ser! Es el chico que chocó con nosotros aquel día, está pintando la pared opuesta a la mía.

-Eh, ¿tú otra vez, miserable? -grita un guardia al chico. La linterna nos alumbra a los dos, pero en el último momento me escondo para que no me vea. 

El chico lanza los sprays al suelo y sale corriendo. Tras él sale corriendo el guardia, un poco anciano el pobre pero me sorprende su velocidad...¿Qué estoy pensando? Tengo que dejarme de tonterías y salir corriendo al lado opuesto sin que me vea nadie.

-¡Vamos Lucas! -me digo a mí mismo-, ¡vamos!

Ha dejado de llover al fin y el guardia se ha alejado lo suficiente, ya puedo detenerme, pero al mirar atrás, tropiezo con una de las vías del tren. ¡Me he torcido el tobillo! Calma, no saldrá ningún tren hasta las 6:30, tengo tiempo para levantarme y quitarme de la vía.

No, no puede ser real lo que estoy escuchando. ¡No!

La bocina de un tren se oye a lo lejos, viene muy deprisa.

Me duele demasiado la pierna para poder levantarme...

Continuará...

Ella viaja en tren VIII

Vagón número tres, fila número seis. Durante los tres años siguientes, estos fueron los números que nos siguieron por todo el mundo. Conseguí un trabajo que me hizo recorrer el planeta entero buscando historias del fútbol, las más inusuales posibles. Un pequeño barrio japones donde los niños se reunían todas las tardes, una tribu del amazonas que sólo conocían el fútbol desde hace un mes, un equipo de directivos que jugaba en Australia cada jueves. Cada historia era aún más apasionante que la anterior y todas esas historias eran contadas gracias a mis viajes en tren junto a ella.

Leire me seguía en cada viaje. No fue muy difícil convencerla, cada lugar que visitábamos era un lugar que aparecería en su libro. Yo siempre le decía que sería un best seller, pero ella simplemente me decía que era un iluso, que cómo era posible que alguien como ella lograra algo así. Además, me contaba que la única razón por la que escribía su historia era por hacer real mi sueño de viajar por todo el mundo viendo el fútbol desde diferentes perspectivas. Ella me seguía con la ilusión de verme feliz porque decía que mi sonrisa de felicidad era lo único que le llenaba en la vida. Sinceramente, yo no sonreía por mi trabajo, había algo mucho más importante por lo que sonreír; perdón, había alguien más importante por lo que sonreír. Yo había tenido la fortuna de haberla visto despertar en el amanecer de París, en el amanecer de Nueva Zelanda, en el amanecer de Brasil y en otros tantos amaneceres. Un amanecer podía ser diferente; lluvioso, soleado, nublado, pero ella hacía que todos los amaneceres fueran igual de especiales, hacía que cada día para mí estuviera bajo control.

-¿Algún día dejarás de darme esos sustos? -me decía siempre que abría los ojos al despertar. La verdad es que tenía que ser algo extraño despertar y ver a alguien embobado viendo cómo duermes.

-Si me lo permites, pienso asustarte siempre -le decía tras darle un beso.

Los meses pasaban rápido. Todo nos iba genial. Madrugábamos, cogíamos el tren y en la ciudad en la que me tocará escribir alguna crónica, ella se separaba e intentaba recopilar la información que necesitaba. Al atardecer, nos encontrábamos en la estación y volvíamos al hotel en el vagón número tres, fila número seis...

Llegó la publicación de su libro "Historias de un tren viajero" y en él contaba la historia de un anciano que tras perder a toda su familia en un accidente, decidió recorrer el mundo en tren para cumplir una promesa de su hijo. En las primeras semanas tras su publicación, fue un éxito internacional. Y es que Leire tenía una cualidad: ser muy extrovertida, encantadora, afectuosa y aventurera. Era un cocktail perfecto para introducirse dentro de un pueblo, conocer sus gentes y descubrir sus costumbres. Durante nuestros viajes, en cada cena me contaba todo lo que había aprendido del lugar y siempre acababa haciendo nuevos amigos y amigas. Había sido capaz de empaparse de tantas tradiciones diferentes y de plasmarlas en su libro, que fue sencillo que en tantos lugares se sintieran identificados en el libro.

Estábamos muy felices y todo nos iba sobre ruedas, pero un día antes de nuestro aniversario, es decir, hoy, han llamado a Leire de la editorial. Le han dado luz verde al libro que desea escribir y esta vez solamente estará centrado en un lugar perdido de África, cuyo nombre no recuerdo. Nos tendremos que alejar durante cinco meses.

Los dos nunca habíamos estado tanto tiempo alejados tras empezar a salir juntos, lo cual ha hecho que llevemos discutiendo todo el día.

-¿Pero cómo es posible que tengas que irte tanto tiempo a África? -pregunto acaloradamente-, ¿estás loca?

-Creí que estarías a mi lado en cada decisión -me dice sollozando-. Es un libro muy importante para mí y necesito ir a muchos lugares, me lo ha dicho Fernando.

-¿Otra vez Fernando? -pregunto totalmente enfadado-. Sale muy a menudo en nuestras conversaciones. Ah, claro, que te ha pedido que te vayas con él los próximos meses porque es muy buen guía...

-¡Serás idiota, Lucas! ¡Él no significa nada para mí! ¿Cuántas veces tengo que decirte que tú eres el único en mi vida?

-Si tan importante soy para ti, no te vayas.

Empiezo a desear que esta discusión se acabe...

-Lo siento, Lucas. No puedo, es mi sueño.

La veo tan mal que mis latidos se calman. No puedo verla así más y todo por ser yo tan egoísta. Ella vino conmigo para que yo cumpliera mi sueño, ¿por qué no podía hacer yo lo mismo?

Me pongo delante de ella, abro mis brazos y le abrazo, pero ella no responde, sus brazos están caídos y sus ojos están perdidos en la oscuridad de la habitación. No siento nada, no me transmite nada. 

-Déjame en paz, Lucas -me dice al oído.

Continuará...


sábado, 30 de agosto de 2014

Ella viaja en tren VII

Me voy acercando a ella lentamente mientras los pasajeros del tren pasan a mi lado. La cara de Leire casi ni se inmuta, ¿me estaba esperando?

-¿Cuánto tiempo, verdad? -pregunto con una sonrisa nerviosa. Estoy temblando totalmente.

-Si, han pasado casi dos años.

Al final llego ante Leire resguardada por la marquesina enorme que hay sobre el banco. Me quedo de pie porque aún no tengo la confianza suficiente como para sentarme junto a ella.

-Parece que te has echado novio -me sale una sonrisa falsa.

-No, él no es mi novio, es mi hermano.

"Hermano". Nunca una palabra me había hecho tan feliz en mi vida. ¡Es su hermano! La alegría que estoy sintiendo en mi interior me llena de tanta energía que hace que todos mis temblores desaparezcan.

-¿Qué haces aquí entonces?

-Te estaba esperando, Lucas -me dice muy seria e inclinando su cuerpo hacia mí-. Se podría decir que llevo esperándote aquí dos años.

Me equivocaba, esto si que me lleva al séptimo cielo. No sé que decir, llevo esperando mucho tiempo este momento y no quiero fastidiarlo bajo ningún concepto.

-¿Dos años? -pregunto sorprendido-. ¿Cómo es posible?

-¿Tienes aún el papel que te di cuando nos vimos por primera vez?

Asiento con la cabeza. Como para no tenerlo, lo tengo guardado a buen recaudo en un pequeño bolsillo de mi cartera.

-Aquí está -se lo voy a entregar, pero me detiene con la mano.

-Nunca lo leíste, ¿verdad?

Si que lo leí, te llamé varias veces -digo desconcertado.

-No, Lucas, no me refiero al número de teléfono -me dice antes casi de que yo acabase de responder- Dale la vuelta al papel.

                                Te espero en el primer banco que veas en el andén.
                                                                
                                                                                                          Leire

-Por eso me dijiste que mirara el papel aquel día, ¿verdad?

-Así es, Lucas -me dice asintiendo con la cabeza.

Me llevo mi mano derecha a la boca y mis ojos empiezan a humedecerse en el mismo momento que niego con la cabeza por mi incredulidad. No puede ser que esto esté pasando realmente, seguro que ahora suena el despertador y me despierto como otras tantas veces.

Pero no, esto es muy real, tanto como las lágrimas de emoción que veo caer por la cara de Leire.

-Entonces, ¿hemos perdido dos años de vida? -pregunto aguantando toda la emoción que siento.

-Algo así, si -contesta emocionada.

Ya me atrevo a pensar que los dos sentimos lo mismo a pesar de que no nos conocemos el uno al otro muy a fondo. Hemos perdido toda la posibilidad de conocernos durante los dos últimos años, todo por mi culpa.

-Tengo una idea -digo rápidamente mientras me siento en el banco. Ella me mira anonadada con los ojos brillando. Jamás me ha mirado así alguien antes-. ¿Edad?

-¿Cómo? -me pregunta extrañada.

-Hemos perdido dos años para conocernos -le digo un poco más calmado-, ¿por qué no nos preguntamos lo que no pudimos?

Me muestra la mejor sonrisa y asiente con la cabeza. Ha dejado de llorar.

-26, ¿y tú?

-Yo 27. Te toca a ti preguntar.

Leire se pone a pensar detenidamente...

-¿Cual es tu película favorita?

-Esa es una pregunta muy difícil, pero me atrevería a decir El padrino, me encantan las películas de mafiosos -contesto tranquilamente-. ¿Cuál es la tuya?

-La mía es...No vale reírse eh -me dice sonrojada-, la mía es Desayuno con diamantes de Audrey Hepburn.

-No conozco esa película -digo algo cortado-, ¿debo verla?

-¿Cómo que no la has visto? -me dice dándome un pequeño manotazo en mi brazo-. ¡Debes verla!

Empiezo a reír. La situación coge ya un tono más distendido. Parece que hayamos hablado toda la vida y ella me hace sentir como si no hubiera nada a nuestro alrededor, el tiempo pasa volando.

-De acuerdo, la veré. Ahora me toca preguntarte a ti. La pregunta que tengo en mente no valdría porque yo te dije a qué me dedico, pero tú no.

-Es verdad, yo no te dije nada. Cuando nos vimos por primera vez estaba trabajando en una tienda de alimentación de mi familia, pero en realidad soy escritora y por eso viajo tanto. Para escribir necesito mucha información de los lugares, por eso voy de tren en tren.

-¡Qué buen trabajo, ver tantos lugares y escribir algo que te gusta!

-Si, no está mal, pero da poco trabajo...

-Espero que algún día me dejas leerte -digo con curiosidad-. Bueno, pregúntame algo ahora.

-Déjame que piense...

-Ya que necesitas tiempo, pásame el turno de pregunta-digo decidido, es el momento.

-Vale.

-¿Quieres salir conmigo?

Me mira sonrojada, sonriendo y con los ojos bien abiertos, brillando.

-Si, por favor.

Me levanto y le ofrezco la mano para que me acompañe. Estoy empezando a temblar de nuevom pero esta vez no es por miedo. Me coge de la mano, su piel es suave, muy suave. Ha sido tocarla y desaparecer cualquier temblor. La miro y ella se aparta los cabellos de la cara y me sonríe. 

Estoy feliz, por fin.

De repente, un chico joven se choca con nosotros. Venía corriendo y al chocar, se le caen unos botes de sprays para hacer graffitis. Él sigue corriendo y seguidamente, vemos pasar a la policía tras él, pero eso no nos importaba a Leire y a mí, nosotros teníamos una cita.

Continuará...

lunes, 25 de agosto de 2014

Ella viaja en tren VI

-¿La llamaste? -me preguntó mi abuela.

-Si, varias veces.

-¿Y qué te dijo?

-No logré hablar con ella, abuela. Su móvil estaba apagado -contesté.

-Dale unos día, hijo mío. Las mujeres necesitamos nuestro tiempo para pensar.

Aquellas llamadas las hice en noviembre, el mes en el que todo acabó. Recuerdo el consejo de mi abuela: "que le diera unos días porque seguro que me llamaría". Mis amigos tampoco iban desencaminados, todos decían que esperara unos días para volverla a llamar. Así lo hice pero la respuesta a la llamada fue clara: "El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos.

Tras su marcha, todo fue muy complicado. En el trabajo sentía las ganas de llamarla constantemente, pero no lo hice. Como consecuencia de estar siempre desconcentrado, estuve a punto de perder mi trabajo porque siempre tardaba en entregar las crónicas y las entrevistas de los partidos. Mi jefe me dio una oportunidad y decidí olvidarme de ella para centrarme en mi trabajo.

Conseguí mantener el trabajo durante una temporada más, pero no logré olvidarme de ella. No llegaba a entender cómo era posible que por dos días que nos viéramos, yo fuera capaz de sentir tanto. Llegué a tener la sensación de que ella había sido colocada en ese tren de Murcia por una razón del destino, idea que hacia reír a mis amigos.

A pesar de esos "días" que me dijeron tantos y tantos, pasó un año y medio desde aquella despedida (si se puede llamar así) hasta llegar al día de hoy, un día de verano propio de mi tierra murciana. Se nota el calor sólo por lo que se ve a través de la ventana del tren. Seguro que me sentarán muy bien unos días de vacaciones con mis amigos en Cartagena.

El tren se detiene en la estación de Cieza. Unos pasajeros bajan y otros suben, aunque no parecen muchos. La puerta de nuestro vagón se abre y aparece ella riendo. Esta vez no está sola, le sigue un chico que parece un poco más joven que ella.

Me mira fugazmente y su sonrisa se desvanece, ella hace caso omiso de la situación y decide sentarse junto al chico en la primera fila. Si mi cabeza empezaba a estar tranquila antes de entrar a la región, ahora empieza a temblar. A pesar del tiempo pasado, vuelvo a estar igual de nervioso que aquella vez camino de Londres.

He tenido suerte porque al estar tan lejos, apenas puedo oírla, pero la veo mientras hace carantoñas a ese chico, incluso se acerca a él y se queda dormida sobre su hombro...

Ya he visto suficiente, sacaré mis auriculares del bolsillo y me quedaré embobado mirando por la ventana al mismo tiempo que escucho música, como siempre.

Ah, es imposible, no puedo dejar de mirar hacia su asiento entre canción y canción. Sigue aún recostada sobre el hombro de ese chico. Tras la siguiente canción, se reincorpora sobre su asiento porque estamos llegando a Murcia. Recoge sus cosas y sale del vagón, sin mirarme.

Necesito hablar con ella, necesito contarle todo lo que ocurrió y no pienso dejar que pase lo de la última vez, así que decido coger mi mochila y corro sin mirar a mi alrededor, me da igual. Me dan igual incluso mis amigos que me esperan en la estación de Cartagena, estoy seguro de que lo entenderán.

Atravieso la zona de bancos del andén y ya estoy llegando al aparcamiento, seguro que está allí.

-¡Lucas!

Detengo mis piernas y miro hacia atrás. Está sentada en un banco del andén, se ve que al pasar tan rápido, no me he dado cuenta de que ella estaba allí.

-¡Leire!

Continuará...

domingo, 24 de agosto de 2014

Ella viaja en tren V

-Los cinco euros son míos -me dice ella.

Miro hacia delante y ahí está. Camisa de color naranja, unos vaqueros, zapatillas blancas, pelo ondulado, pendientes con perlas, su mirada...No hay duda, es ella y estoy empezando a temblar como un niño viendo una película de terror.

-Hola Lucas -dice alegremente.

-Hola -digo casi sin aliento quitándome los auriculares, no me lo puedo creer, ¿qué hace ella aquí?

-Ha sido una bonita casualidad -dice mientras se acerca por el pasillo del vagón-. Te he visto llegar mientras esperaba al tren y te he escuchado en la taquilla diciendo que ibas a coger el mismo que yo y me he adelantado para dejarte el billete.

-Gracias, no tenías por qué hacerlo.

Mi respiración es intensa, los latidos aumentan y el sudor está empezando a aparecer. Nos damos dos besos, lo cual me rompe por completo al tocar sus mejillas. Estoy totalmente bloqueado y noto que mis palabras van a salir forzadas.

-Como no creo que nadie vaya a sentarse aquí, ¿te importa si me siento a tu lado? -me dice amablemente.

-Si, siéntate aquí -contesto muy frío.

Nos sentamos a la vez. No quiero mirar a sus ojos, no quiero escuchar su voz pero me temo que no tengo más remedio. ¿Qué se dice en estos momentos? No sé si estar en un silencio incomodo puede ser mejor que hablar. Lo mejor será que respire y sobre todo, que sea ella la que hable primero.

-¿Qué tal te va por Londres? -me dice inclinando su cabeza mientras me vuelve a sonreír.

-No tengo razones para quejarme. La vida es muy diferente a la de Murcia. La gente, el tiempo, la comida, pero en el momento que te acostumbras, es coser y cantar.

-¿De verdad? -me pregunta sorprendida-. Yo sólo llevo aquí unos días y me estoy volviendo paranoica. ¡Necesito el calor de España!

Los dos empezamos a reír a carcajadas. Razón no le falta, yo también prefiero España. Comer la tortilla de patatas de mi abuela, poder ir a la playa con mis amigos; son razones de peso para decantarme por la opción de mis raíces. Lo más parecido que he hecho aquí ha sido comer "fish and chips", pero bañarse en la playa es muy difícil. Ha estado lloviendo durante muchos días y el frío es insoportable.

-¿Qué haces aquí? -pregunto sin pensar-. Creo que este tren no te deja en tu casa de Murcia.

-¿Es que has llegado al final del trayecto de este tren? -me pregunta sacándome la lengua-. Con un bono especial se llega a Murcia, ¿no lo sabes?

Volvemos a reír y mis temblores del cuerpo se calman. Quizás sea la primera vez desde que llegué a Inglaterra que logro conectar con alguien, ser yo mismo y que no sea hablando de fútbol.

-No, no lo sabía -le sigo la corriente-. ¿Cómo es posible que no haya conocido ese bono tras varios meses aquí? ¡Qué cabeza la mía!

Me sonríe.

-La verdad es que he venido a visitar a una antigua amiga que vive en Birmingham. La echaba de menos, eramos íntimas amigas, pero desde que se fue de Murcia, nuestra amistad se fue rompiendo. Tras estos días, creo que volveremos a ser grandes amigas.

-Me alegro por ti -sonrío.

-Gracias -me dice emocionada-, pero esta noche vuelvo a España. Saldré desde el aeropuerto de Oxford.

-¡Qué poco tiempo has disfrutado de Inglaterra!

-Si, es una pena, pero mi amiga empezaba los exámenes de la universidad y ya no tengo ninguna razón para quedarme en Inglaterra. -me dice mirando hacia el pasillo del vagón.

Otro silencio incomodo...

-¿Qué tal se encuentra tu madre? -cambio de tema para que se anime.

-Murió.

Perfecto, he escogido el tema menos indicado. Estúpida boca la mía...

-Lo siento mucho -digo al ver como agacha la cabeza.

-¡Es broma, tonto! -me vuelve a sacar la lengua mientras ríe-. ¡Qué fácil es tomarte el pelo!

Empiezo a reír, negando la cabeza por el asombro del control que tiene sobre mí. De repente, nos quedamos en silencio. Solo escuchamos el traqueteo de los vagones sobre las vías y por las ventanas apenas logro ver alguna luz en la oscuridad. La miro de reojo y veo que se pone seria.

-¿Guardaste mi número en tu móvil? -me pregunta.

Si antes pensaba que empezaba a estar a gusto hablando con alguien, ahora es todo lo contrario. El temblor vuelve a mi cuerpo.

-Si, pero no pude llamarte.

-¿Y nada?

Esta pregunta me desconcierta. ¿A qué viene? No lo sé, pero no me gusta su tono.

-No, nada.

-Vale -me dice, dando un pequeño silencio-, me tengo que ir. La próxima estación es la mía.

Se levanta con la misma cara seria y se dispone a recoger su maleta que estaba en el asiento que realmente le correspondía.

-Me alegro de haberte visto de nuevo -me dice con indiferencia-. Adiós, Lucas.

Abre la puerta del vagón...

-¡Oye Lei...!

Pero es demasiado tarde, ha cerrado la puerta. Algo en mi interior quiere salir corriendo tras ella pero mis piernas están bloqueadas, no sé que hacer. Tengo unos pocos segundos para arreglar esto mientras el tren está detenido.

Mi cabeza no para de girar, aparecen en ella miles de palabras que decir y miles de momentos que vivir. No me queda otra, voy a hablar con ella. Me levanto decidido, cojo la mochila y salgo corriendo del vagón, pero al llegar a la puerta de salida, se cierra ante mis narices. Miro a través de la ventana de la puerta y allí está ella sentada en un banco del andén mirándome seriamente. Agacha la cabeza y se marcha sin hacer ningún gesto de agrado.

¿Tan difícil era haberme decidido un segundo antes? Solo un maldito segundo...

Continuará...

miércoles, 20 de agosto de 2014

Ella viaja en tren IV

Ya han pasado dos meses de aquel 14 de septiembre, día en el que tuve que hacer las maletas para marcharme a Londres. Los primeros días fueron muy complicados al tener que hospedarme en un hotel mientras buscaba piso. No tenía teléfono móvil para poder contactar con mi familia, y la personalidad de los londinenses era mucho más fría que la de los murcianos. Solo el wi-fi (o "wai fai" como aquí le dicen) me mantenía en contacto con mis amigos y con la empresa para la que ahora trabajo.

Mi dominio del inglés y mi pasión por el fútbol hacen que mi labor sea mucho más llevadera. Yo solo tengo que entrevistar a los jugadores españoles que me pedía mi jefe. Me divierte mucho cada partido del equipo local porque aquí el fútbol se vive de manera diferente. Los estadios se llenan de gente y el griterío siempre acaba ensordeciendo mis oídos. En definitiva, es como si fuera otro planeta futbolístico.

-Si, abuela, vivo en un piso junto a un compañero de trabajo -le digo para que se calme-, puedes estar tranquila porque no pasara nada, es muy buena persona.

Es la segunda vez que hablo con mi abuela. Estaba preocupada por estar tanto tiempo sin hablar conmigo. He estado tan ocupado estas últimas semanas con los partidos, que apenas he tenido ocasión de llamarla y esta vez le he mentido. Yo vivo solo, como solo, escribo solo y duermo solo. El resto de compañeros de la empresa están diseminados por toda Inglaterra, así que es difícil poder estar con ellos salvo cuando jugaban mi equipo y el de alguno de ellos.

-¿La has llamado? -mi abuela hace la pregunta que no deseaba que hiciera. Cuando dejé el tren aquel día, no llame a Lei...a esa chica. Al verme tan mal ese viernes, mi abuela me insistió para que le contara qué me ocurría y se lo conté todo.

-No, abuela, no. Ya te dije que no quería saber nada de ella -le contesto de manera tajante-. Abuela, tengo que colgar, mi compañero me necesita.

Tres, tres mentiras en una llamada. Ni mi compañero me necesita, ni he dejado de pensar en ella. El primer pensamiento que aparece en mi cabeza al despertarme es ella, al comer, aparece ella, al dormirme, ella de nuevo. Parece que es la única cosa que existe para mí. Tal es la obsesión que tengo, que en la última semana me ha parecido verla con su larga melena castaña en cada calle que paseaba. Cada vez que la veía, daba media vuelta.

No, no quiero verla ni en el tren que voy a coger ahora. Y como hacía en Murcia, siempre me siento en el mismo asiento entrada ya la noche inglesa. Es tarde y el tren está casi vacío.

Por fin voy a tener dos horas para olvidarme de Lei...de ella, como siempre. Me pongo mis auriculares con el volumen de la música al máximo, dejo la maleta en el maletero y ya solo queda sentarme...

¿Qué hace un billete de cinco euros en mi asiento?

Continuará...

domingo, 17 de agosto de 2014

Ella viaja en tren III

¿Veinte minutos al lado de ella hasta llegar a su estación? Va a ser una ardua tarea. Menos mal que ya ha dejado de agradecerme que le diera el dinero del ticket, se estaba volviendo un poco pesada. Bueno, va, un poco de tranquilidad, disfrutaré de las vistas.

-Se te ve muy elegante -me dice ella-, ¿a qué te dedicas?

¿Por qué tendrá esa voz tan dulce y dañina para mí?

-Gracias, soy periodista. Trabajo para un periódico de Murcia. Vengo de entrevistar a un famoso jugador de fútbol pero no puedo decir quién es, es una exclusiva.-le cuento a ella con mi tono profesional, algo pedante.

Pero, ¿por qué le contaré estas cosas?

-¿En serio? ¿Tú, periodista? -empieza a reír, lo cual me hace sonreír.

-Si, ¿por qué te sorprende? -pregunto con curiosidad.

-No sé, nunca había hablado con un periodista -me contesta.

Ya está, ya me sale mi vena inmadura y me pongo serio.

-¿Ah, si? -pregunto haciéndome el interesante-, ¿y cómo te los imaginas?

-Mmm, déjame que piense -me dice. Si es que hasta pensando se pone guapa-. Pues más alto, con ojos azules, rubio...

Vaya golpe más bajo, ¿pero qué se cree esta? Vaya boquita tiene para tirar dardos. Un momento, pero si se está riendo. ¡Me la ha metido doblada! Bueno, da igual, voy a seguirle el rollo.

-Creo que has visto muchas películas, Brad Pitt es actor, no periodista...

-Lo sé, es una pena, ¿verdad? -me dice sonriente.

Será mejor que cambie de tema, no estoy seguro de querer saber por qué ha empezado a hablar de mí.

-Antes he oído que tu madre tiene problemas, ¿qué le ocurre?

-No, no le ocurre nada. Era una mentirijilla piadosa. Soy muy patosa y siempre olvido cosas: las llaves de mi casa, el dinero; fíjate si soy tan patosa que una vez me presenté en la calle en pijama -se empieza a reír sola.

Un momento, entonces me la ha vuelto a colar. Como un tonto voy y le doy cinco euros, seré idiota.

-Pero no te preocupes -continua diciendo-, que la próxima vez que nos encontremos, te devolveré los cinco euros. Tengo un nuevo trabajo y empezaré a coger este tren todos los días.

-Es un bonito gesto por tu parte, pero no voy a poder montar en este tren a partir de mañana. Me trasladan la semana que viene a Londres.

¿De verdad? -me pregunta sorprendida.

-Si, la empresa en la que trabajo ha sido vendida y a mí me trasladan a Londres para seguir la liga inglesa de fútbol.

Los dos nos callamos de repente. Ella mira hacia delante pensativa. No sé en qué está pensando, pero me pone nervioso. Ahora parece que coge un trozo de papel de su bolsillo y apunta algo.

-Ten, mi número de teléfono. Llámame cuando estés libre este fin de semana y así te daré los cinco euros. Podemos quedar donde quieras.

Al final va a parecer maja y todo esta chica. Pero no, no debo llamarla. Ahora no es el momento de llamarla y encapricharme, ya bastante mal me lo hizo pasar Andrea, mi antigua novia. Lo mejor será que coja su número y me lo guarde sin más.

-¿No lo vas a mirar? -me dice al ver que me guardo su papel rápidamente-. A ver si te he vuelto a engañar y el papel está en blanco...

-Algo me dice que me fíe de ti -digo sonrojado.

El tren empieza a bajar la velocidad y si no recuerdo mal, esta es su parada, así que por fin toca despedirse.

-Bueno, esta es mi parada...emm -me dice con un gesto dando a entender que le diga mi nombre.

-Lucas, mi nombre es Lucas -le digo casi evitando su mirada, no la quiero mirar más.

-Ha sido un placer, Lucas -me vuelve a decir con una sonrisa amplia-. Mi nombre es Leire, espero tu llamada.

Leire...

Me gusta su nombre, una lástima que no lo volveré a mencionar jamás.

Continuará...en Londres.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Dichosa luna



Suena esa canción que siempre te gustaba escuchar mientras preparabas la cama para dormir. Era la canción que cerraba tus ojos de color café cuando su sonido ponía punto y final. Tecla a tecla la melodía se expandía por toda la habitación. Nos mirábamos intrigados, como si fuera la primera vez que nos conocíamos. Ambos teníamos una sonrisa que parecía querer perdurar en nuestras caras para siempre. Tus labios querían decir algo, pero créeme, ninguna palabra es necesaria cuando una sonrisa aparece. Ningún verbo, ningún nombre, ningún adjetivo; solo tu mirada era el mejor de los mensajes; el mejor de los libros de aventuras. ¿Y sabes qué? Siempre odiaba ese momento por una sencilla razón...Tenía que esperar toda una noche para volver a ver cómo me mirabas de nuevo. Sólo podía quedarme viéndote con una sonrisa perdida mientras soñabas. Espero que al menos soñaras conmigo...

La melodía sonaba y sonaba. Descorrí la cortina para que solo la luz de la luna nos acompañara. ¿Acaso necesitábamos a alguien más? No, solos tú, yo, la luna y nuestra canción. 

Aquella noche llevabas se camisón verde, mi preferido, y también los pendientes que te compré en Florencia. Miré embobado tus largos cabellos de color castaño, como tus ojos. Sí, podré decir que durante todas esas noches yo estuve en el cielo acompañado de mi ángel de la guarda. 

Llegaron las últimas pinceladas sobre el piano. Sabías cuál era la nota exacta para apagar la luz, acostarte sobre mi pecho y mirar a la luna. Entonces daba comienzo el baile de nuestras caricias. La melodía aumentaba de sonoridad, pero nuestra respiración se calmaba cuando te acariciaba. Los latidos se sincronizaban y éramos uno solo sintiendo el fluir del teclado de aquel piano que años atrás había sido tocado con el único fin de cerrar nuestros ojos.

Las notas se alejaban, la noche acababa, tus ojos dormían y, como siempre, tus labios ya tramaban un plan para despertarte con esa sonrisa que tanto me gustaba. Lentamente, dejé tu cabeza reposar en aquella cálida almohada, me levanté y apagué nuestra radio. Sólo me quedaba despedir a la luna y pedirle que al día siguiente me regalara otra noche junto a ti. Pero por desgracia no siempre los deseos se cumplen. Desde que del cielo te pidieron tu regreso, las teclas de piano no han vuelto a sonar, ni tampoco he vuelto a bailar. Dichosa luna...